Por Dupré

24/7/07 Guardado en Pensado |

James Milton McIntosh había nacido en el seno de una familia de clase media en Aberdeen, poco después de que el punto de ebullición de la Revolución Industrial quedara atrás. Su padre siempre quiso que estudiara leyes, pero desde pequeño tiró más hacia las ciencias. Amó la psicología y la biología y abandonó las Islas Británicas para empaparse de la vida francesa cuando el siglo XIX se instalaba en la vejez. Cuando llegó a París, su primera ocupación fue en la obra de construcción de la Torre Eiffel.

La torre Eiffel en 1888

McIntosh era un gran lector, y las noches que no pasaba cortejando torpemente a mademoiselle Dupré las ocupaba en deglutir tomos y tomos de enciclopedias, libros de viajes o revistas científicas. En uno de sus frecuentes sueños, a raíz de una indigesta cena a base de picante, el formidable escocés visitó a una tribu perdida en las selvas de Papua, donde los hombres eran sordos y las mujeres mudas a causa de la endogamia galopante que era norma desde tiempos inmemoriales. Los Womee, pues así los bautizó McIntosh al día siguiente, no utilizaban lenguaje sonoro alguno, y toda su capacidad comunicativa se ceñía al prodigioso movimiento de la zona supraocular de su rostro. Con ella, y en menor parte con otros mecanismos como la sonrisa, el llanto, la exhibición de la lengua, el ladeo de la cabeza, los guiños y decenas de trucos más, los Womee lograban enfadarse, pelearse, reírse, censurarse, sorprenderse… y, en última instancia, quizá enamorarse.

El caso es que durante el día que siguió al sueño, tras repasar mentalmente una y otra vez los usos comunicativos de los Womee, McIntosh inventó las cejas.

Como era de esperar, la noticia corrió a toda velocidad por Francia entera, y por medio mundo, y, en pocos días, quien más quien menos tenía su par de cejas de fabricación casera. Nuestro escocés se frotaba las manos, y no por los grandes beneficios de la patente que ya estaba cursada en la pertinente oficina, sino porque ahora podría expresar con la capacidad y energía merecidas su amor a mademoiselle Dupré.

Lástima que unos días después el Comité prohibiera el uso de las cejas y decidiera deportar a McIntosh, quien por otro lado no tuvo problema legal alguno de vuelta a las Islas. Allí, simplemente, no interesaba un invento como las cejas. McIntosh falleció víctima de la pena. A su muerte, el uso de las cejas empezó a normalizarse y no ha hecho sino crecer hasta nuestros días.

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