Lágrimas a ras de suelo

13 de Septiembre
2007

- Un chico salió de casa para dar una vuelta, y pasó por delante de un escaparate que enseñaba un par de zapatos preciosos. Se los llevó. Eran unos zapatos ideales, completamente ideales, y le hacían feliz. Pero un día pegó un estirón y, de repente, se le quedaron pequeños. Tuvo que dejar de ponérselos. No estaban rotos, no habían dejado de gustarle, simplemente no le encajaban. Tuvo que dejar de ponérselos… A veces, el amor es así, ideal hasta que alguien pega un estirón. Y lo más triste de todo es que en esos casos hay que quitarse los zapatos antes de que empiecen a hacer mucho daño…

- Entiendo. Y supongo que en estos casos lloran tanto los pies como los zapatos…

Ada P. / Cien ovejas y un lucero

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