21 de Septiembre
2007
Me encanta la música. Es más, necesito la música. Uno de los muchos motivos porque me gusta es porque no me provoca envidia sana. Me explico… Es altamente improbable que algún día logre domar mis dedos hasta el punto de hacer que toquen, con coherencia, un instrumento. Así que vivo la música desde el punto de vista del espectador, cómodo. El problema, por ejemplo, es la literatura. Me encanta leer, pero me gusta escribir, así que muchas veces, cuando leo, comparo. Uno aspira a escribir algún día algo bueno, siendo bueno todo aquello que no provoque sonrojo cuando es leído semanas después, y no puede sino deprimirse cuando lee algo realmente bueno. Pensaréis que es un planteamiento estúpido, porque hasta a mí me lo parece… Eso sí, esa envidia sana no me quita de disfrutar de cosas como ésta:
Todo el mundo sabe que la Tierra está separada de los otros astros por una cantidad variable de años luz. Lo que pocos saben (en realidad, solamente yo) es que Margarita está separada de mí por una cantidad considerable de años caracol. Al principio pensé que se trataba de años tortuga, pero he tenido que abandonar esa unidad de medida demasiado halagadora. Por poco que camine una tortuga, yo hubiera terminado por llegar a Margarita, pero en cambio Osvaldo, mi caracol preferido, no me deja la menor esperanza. Vaya a saber cuándo se inició la marcha que lo fue distanciando imperceptiblemente de mi zapato izquierdo, luego que lo hube orientado con extrema precisión hacia el rumbo que lo llevaría a Margarita. Repleto de lechuga fresca, cuidado y atendido amorosamente, su primer avance fue promisorio, y me dije desesperanzadamente que antes que el pino del patio sobrepasara la altura del tejado, los plateados cuernos de Osvaldo entrarían en el campo visual de Margarita para llevarle mi mensaje simpático; entre tanto, desde aquí podía ser feliz imaginando su alegría al verlo llegar, la agitación de sus trenzas y sus brazos. Tal vez los años luz son todos iguales, pero no los años caracol, y Osvaldo ha cesado de merecer mi confianza. No es que se detenga, pues me ha sido posible verificar por su huella argentada que prosigue su marcha y que mantiene la buena dirección, aunque esto suponga para él subir y bajar incontables paredes o atravesar íntegramente una fábrica de fideos. Pero más me cuesta a mí comprobar esa meritoria exactitud, y dos veces he sido arrestado por guardianes enfurecidos a quienes he tenido que decir las peores mentiras puesto que la verdad me hubiera valido una lluvia de trompadas. Lo cierto es que Margarita, sentada en su sillón de terciopelo rosa, me espera al otro lado de la ciudad. Si en vez de Osvaldo yo me hubiera servido de los años luz, ya tendríamos nietos; pero cuando se ama larga y dulcemente, cuando se quiere llegar al término de una paulatina esperanza, es lógico que se elijan los años caracol. Es tan difícil, después de todo, decidir cuáles son las ventajas y cuáles los inconvenientes de estas opciones.
Lucas, sus largas marchas (Julio Cortázar, Un tal Lucas)
Impresionante…
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22/9/07 a las 23:28
yo sé que nunca podré escribir un libro. Guille, mi amigo que jugaba a basquet (que es periodista y siempre digo que te lo tengo que presentar) dice que para escribir un gran libro, o pintar un gran cuadro o dejar para la posteridad cualquier obra de arte, se tiene que ser un desgraciado en vida. Ya sea enfermedad crónica, muerte traumática del cónyuge e hijos, desgraciado solemne en el amor, alcoholico, etc. Sólo así serás reconocido como artista. Y pienso que tiene razón. Si uno es medianamente feliz, es muy poco probable que escribas una obra maestra.
Ahora me dirás que Gabriel Garcia Márquez se considera feliz y escribió el mejor libro del mundo, o Saramago… Pero creo que esto deben ser excepciones.
He dicho.
23/9/07 a las 13:07
Mmm, creo que sí es cierto eso de que desde el dolor, se es más artista, se crea más fácilmente… Pero bueno, si para poder escribir algo con cara y ojos hay que vivir dramones cada poco tiempo, paso…