Corazón

Un día, algo hace click. Es curioso, porque, años después, raramente recordarás el porqué o el cuándo de ese momento. Sólo sabes que algo ha dejado de existir de una manera y ha pasado a ser de otra. Sólo sabes que lo que era una persona más, ahora es más que una persona. El mecanismo es tramposo: ni se puede provocar, ni se puede detener. Si se pudiera manipular, estarían en el paro todos los escritores del mundo y algún psicólogo. Y centenares de amigos… Otro rasgo que identifica al click es que nadie lo oye. Ni siquiera tú, que tardarás quizá un tiempo en darte cuenta de lo que está pasando. Tampoco el resto del mundo. Y mucho menos, por supuesto, quien lo ha causado. Si eso no fuera así, si el click fuera audible, el mundo sería un lugar más sencillo, pero de nuevo tendríamos varios gremios en el paro. Quizá estas consideraciones solidarias sobre las profesiones sean tan estúpidas como afirmar que no deberíamos derrotar el cáncer por respeto a los oncólogos, pero cuando hablamos de clicks se hacen difíciles las comparativas. Así pues, ese click que has vivido desde la ignorancia pero que empieza a reverberar en tu interior con el paso ya de los primeros segundos se irá haciendo, poco a poco, con el control de tu mundo. Y no, no podrás gobernarlo, porque a un click sólo lo apaga otro, y aún así no es tan simple, porque el segundo click debe ser tan parecido al primero en intensidad y frecuencia que únicamente los más afortunados son capaces de sentir como chocan y se neutralizan. Así que por fortuna, los clicks también mueren. Porque de lo contrario deberíamos ir jubilando a oncólogos, escritores y aún más profesionales para meterlos a psicólogos.

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