Un día se nos acabarán las migas de pan, o quizá dejemos de tirarlas nosotros. El camino quedará huérfano de huellas y posiblemente no habrá forma de deshacer los pasos, seguramente tampoco de cruzarnos al azar. De alguna manera, sin embargo, seremos mutuamente conscientes de nuestra presencia en el mundo. Y no se trata de magia, sino de la naturalidad de un caldo cocido con paciencia. Quedarán migas, en forma de cifras, palabras y melodías, pero serán migas huérfanas, migas de los márgenes, migas de pan ya duro. Quién sabe si mañana, en nuestra ruta por los caminos, habremos de encontrar unos paralelos, unos firmes y sanos, unos en que la barra del funámbulo sea herramienta de equilibrio. Unos, los que queremos, los que buscamos…