xerop

Tú me recibes hablando con los ojos
Yo te escucho sin dejar ver que me derramo
Tú sonríes como antaño
Yo me obceco en controlar las distancias
Tú me robas la bicicleta con cara de niña mala
Yo…
Escrito el 25.7.2008
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La caverna, de Jose Saramago

Ayer, por fin, acabé de leer La caverna. No es el mejor libro de Saramago, pero eso ya lo asumí hace tiempo. Creo que desde que cerré Ensayo sobre la ceguera supe que para leer algo tan grande tendría que volver a abrirlo. Pero La caverna no es un mal libro, ni mucho menos. Tiene todas las bondades y carencias de Saramago, lo cual ya justifica una lectura de casi 450 páginas.

Yo defenderé siempre a Saramago. Se puede decir, y se dice, que lo que cuenta en cuatro centenares de páginas lo puede contar en la mitad, y es cierto. Pero yo pienso que prefiero 200 hojas de paja, de buena paja saramaguiana, con sus refranes y sus reflexiones, que una historia directa. No es un escritor de acción, al fin y al cabo.

Se puede decir, y se dice, que sus personajes son demasiado sabios, y es cierto. Cipriano Algor, su hija Marta, Isaura Madruga, hasta el más gris Marcial Gacho o incluso el perro Encontrado son personajes absolutamente sabios. Saramago trata especialmente bien a sus mujeres, dotándolas de cualidades supremas como la inteligencia, la paciencia, la bondad… las dos de La caverna, Marta e Isaura, son claros ejemplos. ¿Personajes poco creíbles? No menos que cualquiera de casi cualquier otro libro. Lo de Saramago y sus criaturas es casi realismo mágico al nivel de la saga Buendía en Cien años de soledad, ese negro lunar en mi bibliografía…

Se puede decir, y se dice, que algunas obras del Nobel portugués son demasiado irregulares, inconstantes, y es cierto. La caverna alarga la introducción, aplazando el clímax del nudo hasta donde apenas nos queda sitio para el desenlace. Pero también es muy propio de Saramago, y muy respetable, dejar a sus personajes colgando. A los ciegos los dejamos con un mundo en reconstrucción que nunca sabremos cómo acaba; al club de la balsa de piedra los abandonamos cuando menos ganas teníamos; y lo mismo con esta peculiar familia de alfareros. También clama al cielo todo el espacio dedicado a describir las famosas seis figuras (juro haberlas visto ante mí, a veces en casa, a veces en el autobús… qué miedo el asirio de las barbas, leñe…), cuyo papel es equívoco; o el mismo perro Encontrado, cuya aparición parecía prometer más de lo que luego fue.

Se podrían lanzar muchas críticas, y probablemente estaría de acuerdo con todas. Pero leeré de nuevo La caverna dentro de algunos años, lo sé, y recomendaré leer a Saramago siempre. Me consuela saber que no todo es una buena historia, que la literatura no es un reloj suizo donde todo encaja milimétricamente, que una idea contada con mimo puede acariciar más los sentidos que decenas de giros y torceduras de guión.

Afortunadamente existen los libros. Podemos tenerlos olvidados en una estantería o en un baúl, dejarlos entregados al polvo o a las polillas, abandonarlos en la oscuridad de los sótanos, podemos no pasarles la vista por encima ni tocarlos durante años y años, pero a ellos no les importa, esperan tranquilamente, cerrados sobre sí mismos para que nada de lo que tienen dentro se pierda, el momento que siempre llega, ese día en el que nos preguntamos, Dónde estará aquel libro

Página 234 (de mi edición)

La caverna, de Jose Saramago

Escrito el 23.7.2008
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Anoche tuve un sueño. Paseando por la calle me cruzaba con un niño. Se llamaba de alguna manera que, extrañamente, no soy capaz de recordar. En realidad no estoy seguro al cien por cien de que fuera un niño, quizá fuera una niña. El caso que es estaba quieto, mirando, un poco a la derecha y un poco a la izquierda. No pude reprimir la necesidad de preguntarle cosas, y a medida que esas preguntas se colocaban en los huecos de mi cabeza, mi memoria intentaba rescatar las respuestas de algún lugar lejano, como si yo mismo pudiera recordarlas. Empecé queriendo saber por qué estaba solo; después seguí: dónde vivía, quiénes eran sus padres, dónde había nacido… No recuerdo si me respondía o no, sólo sé que a través de sus ojos me transmitía una sensación de sometimiento a la tristeza que espantaba. De cerca, su cara me resultaba familiar… Resultó ser que tenía siete años, recién cumplidos, y estaba buscando su fiesta de cumpleaños. Yo, no sé cómo, supe en el acto que el niño, o la niña, no iba a tener esa fiesta… Y entonces, sin mediar palabra, ambos empezamos a caminar en direcciones opuestas. Mis pies me llevaron a una playa de arena blanca y olas espumosas, absolutamente vacía. Me senté en un roca y pensé en el niño, o la niña, durante horas. Me había parecido un niño sano, listo como el hambre, lleno de paz y con esa inocente sabiduría que destilan algunos mocosos cuando apenas levantas dos palmos del suelo. Y sin embargo, un niño del que, en definitiva, nadie se quiso hacer cargo, dejado de lado en las calles de una gran ciudad, condenado a cumplir años sine díe, como el resto de los humanos, pero sin derecho a celebrarlos, como si de un amor imposible se tratase…
Escrito el 20.7.2008
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Tú negocias hábilmente media hora de paseo al sol
Yo escapo hacia la letra impresa
Tú entras en tu reino de mi mano
Yo contemplo mi felicidad en los ojos ajenos
Tú te apiadas de mi y te levantas previo beso
Yo recojo las toallas
Tú…
Escrito el 18.7.2008
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Pitos y flautas varias me han tenido lejos de mi blog. Ay, qué peniiiiita, que dirían algunos/as… Y hace unos días, resueltos los pitos (me quedan las flautas), prometí volver. Hubo un comentario:

Tener ganas de escribir es bueno, te mantiene ocupado y además, ejercita la mente

Creo que la primera parte de la afirmación es bastante correcta, la segunda es evidente, y la tercera es brillante. Ejercita la mente mucho. Y es que hace un par de días que trato de coger el ritmo de escritura y no lo logro. Me falta pillarle el tono al blog, qué cosas… Y mientras pienso y pienso en qué escribir, voy ejercitando la mente. El día que hile un par de ideas guays me saldrá humo, en serio… Porque ésa es otra: no escribir desejercita la mente, es decir, que cuanto menos escribes, peor escribes.

En fin… nada irreparable: desempolvaré algunos borradores que están criando telarañas y, hala, a pillar carrerilla. Siempre y cuando, claro, que el tiempo me lo permita. Ésas son las flautas. No sabéis lo que se llega a procastrinar todo durante el primer verano de emancipación…

Escrito el 17.7.2008
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Unas cuantas semanas después, este blog pretende arrancar de nuevo. Podría decir que ha sido una penitencia, pero no negaré que ha habido un cierto componente de desidia. Lo importante, en cualquier caso, es que la cabecita tiene ganas de escribir y a ello nos pondremos en cuanto el diseño esté cerrado. ¡Hasta la semana que viene!

Escrito el 4.7.2008
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