Sales de trabajar y te veo desde la otra orilla. La nariz te brilla a kilómetros, así que eres un blanco fácil entre la marea gris. Acaba de llover y te empeñas en respirar ese olor que dices que tiene Barcelona cuando las nubes han dejado de funcionar, cuando el sol las estropea a ritmo de arco iris. No quieres llegar a casa, lo sé, ni yo tampoco, porque sé que dedicaría la tarde a vagar por el pasillo y suspirar, dejando que mis dedos cobrasen vida para escribir tu nombre aprovechando el polvo de la mesa, del armario, del espejo donde aún no te has visto. Así que nos vamos al mar, a que nos meza desde la orilla con su incansable indecisión, ahora vengo, ahora me retiro, ahora vuelvo… Y lloramos por lo que nos separa. Y reímos después, porque al fin y al cabo somos tan iguales…