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Hay libros que desaparecen. No digo los que pierdes, los que dejas y nunca vuelven (la gente que no devuelve libros no tiene corazón), los que colocas debajo de la mesa para que no baile (supongo que hay gente que lo hace, y tienen aún menos corazón que los que no devuelven…), los que olvidas en el metro, los que se te mojan por descuido y mezclan sus palabras, quizá formando otro libro aún mejor. No, me refiero a libros que desaparecen, literalmente. Yo tenía unos cuantos libros que no tengo, y sospecho que se han ido. Han huido. No soy el único: el otro día una amiga detectó, demasiado tarde, la fuga de El Principito. Quizá esté en algún lugar de su casa, sí, pero también es posible que ande en busca de otros libros que le hagan compañía. Quizá un atlas universal que le ayude a hallar su planeta, quizá un cuento de hadas en que encontrar una princesa para su reino…

Reconozco que lo mío es aún más grave: he sido yo quien ha huido de sus libros. Siguen en mi antigua habitación. Seguro que unos pocos, pongamos por ejemplo los de Saramago, son conscientes del abandono y sus motivos, y lo llevan con ejemplar conducta; otros, los de Agatha Christie, seguramente, haya acabado deduciendo lo sucedido; los de Cortázar es posible que tarden más en echarme de menos, pero cuando lo hagan seguro que inventan un precioso cuento con que digerir la realidad; finalmente, la inmensa mayoría vivirá ajena a mi huida. Los iré recuperando poco a poco, deseando que el día de mañana no sean ellos los que hagan las maletas.

Recordad a los libros huidizos, y atadlos en corto. Si huyen los corazones, ¿por qué no iban a hacerlo los libros?

Escrito el 28.1.2009
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Ese día puede que hayas tenido un mal día. No hace falta que se te cruce un drama: un cúmulo de pequeñas cosas se pueden transformar en un mal, mal día… Quizá sea porque en el trabajo has oído alguna frase que tira por tierra eso que tanto has peleado. Luego en casa, donde te has gritado por alguna tontería con tu madre, o tu hermano, o quien sea. Después en la calle, a la hora de coger el bus, cuando el conductor no ha querido abrirte la puerta a dos metros de la parada. Más tarde en el súper, cuando han cerrado la caja en la que estabas a punto de pagar.

Puedes haber perdido esa foto que tanto hueco llenaba en tu cartera, haber olvidado grabar esa canción en tu mp3 (la necesitabas hoy, maldita sea…), haber leído un estado en Facebook que hubieras preferido obviar, haber esperado una risa que no llegó, haberte ido a la cama sin ver el sol, haber… ese día, sí, puede que hayas tenido un mal día. Pero es casi seguro que antes de cerrar los ojos podrás escuchar estas notas y, entonces sí, soñar con un mañana mejor.

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Pachelbel – Canon

Escrito el 21.1.2009
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No es tan raro que te sientes en ese banco del aeropuerto, siempre en ése, pues desde él lo controlas todo. No es tan raro que te sientas como en casa cuando en él te acomodas, y que cada vez más a menudo dejes tu mente volar. No es tan raro que allí te pasara lo que te paso aquel día… Aunque casi has borrado de tu mente a la persona que fuiste, alojando nuevas formas de hacer, a veces aquella persona pasa como un destello: en una palabra (siempre mágica…), en una risa, en un gesto. O, claro, en una mirada. Ella conoce el camino de regreso, pero tú pasas pacientemente la planta del pie por la arena que cubre sus márgenes, desdibujándolo… Y, sin embargo, aquel día, en aquel banco, saliste a volar. Descuidaste el camino. Y ella lo vio. El de regreso. Y cuando volviste y la viste con los ojos humedecidos por una sonrisa te enfadaste. Gritaste. Y borraste, de nuevo, el camino de regreso… Lo harás siempre, pues así son las cosas en el mundo que nos ha tocado vivir.

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Ismael Serrano – El camino de regreso

Escrito el 14.1.2009
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