Adiós, Islandia

29 de Agosto
2009

Último post islandés, el del adiós a la gran isla.

Iceland: su nombre no es gratuito

Noveno amanecer en Islandia. Hoy es 29 de agosto y nos toca visitar, esta vez en serio, Reykjavík, que hemos dejado para el final. Será un día de compras y de relax, porque la experiencia de Mývatn nos ha convencido de que debemos probar el Blue Lagoon. Así que de buena mañana nuestro Grand Vitara se para ante el primer y último peaje que abonaremos al gobierno islandés, justo a las puertas de la capital. No repetiré las dimensiones de Reykjavík, ya sabemos que es una ciudad pequeña. En busca de souvenirs damos con la principal calle comercial, Laugavegur, que desemboca al oeste cerca de un pequeño lago, el Tjörnin. A su alrededor están algunas universidades, el ayuntamiento y, un poco más allá, el parlamento nacional. En Laugavegur compramos y comemos, dejando luego atrás Reykjavík rumbo al Blue Lagoon con la sensación de que es una ciudad maja. Nos queda una asignatura pendiente: probar su afamada vida nocturna. Queda como deberes para otro viaje…

El lago Tjörnin

A media tarde llegamos al Blue Lagoon, un Mývatn a gran escala. Como todo lo enorme, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Pierde encanto, pero gana en servicios. Nos quedamos extasiados con la pasta blanca que se encuentra en varios cubos repartidos por la orilla de lago y que, a cucharadas, nos aplicamos en la cara. Curiosamente, no hay rastro fotográfico de ese momento… Tras un par de horas a remojo nos damos por vencidos y ponemos rumbo a Sandgerði, la pequeña localidad del suroeste donde ya hicimos nuestra primera noche. Sí, repetimos alojamiento: Þóroddsstaðir, donde nos espera nuestro anfitrión Ingimar Sumarliðason, todo un personaje. Y es que justo entrando al pueblo le llamamos por teléfono para quedar con él y que nos dé las llaves. Su respuesta: “Están en la puerta”. Efectivamente, puestas en la cerradura están las llaves de casa, y allí mismo las dejaremos al día siguiente cuando nos vayamos. No creo que haya muchos robos en la zona…

Sandgerði nos recibe de fiesta. Una curiosa fiesta que tiene al pueblo dividido en cuatro zonas, cada cual con su color: azul, amarillo, verde y rojo. Los vecinos han decorado sus casas, jardines y coches con el color correspondiente, y ahora desfilan por el pueblo disfrazados con lo que haga falta, mientras sea del color que toca. Debemos ser los únicos forasteros. Algunos cantan, y casi todos parecen inmunes al frío y al viento que a nosotros nos tienen agarrotados.

Fiesta islandesa

La marea humana nos lleva a la zona del puerto, donde hay un escenario en el que se suceden los discursos, las canciones y las actuaciones. Nueve días aquí no nos han dado para aprender más islandés que takk fyrir (gracias), así que no pillamos nada de lo que cuentan los showmans. Cenamos la última pizza de agosto y al coche, a buscar Þóroddsstaðir, tarea que entre la falta de luz y lo breve de las indicaciones de que disponemos no se presenta fácil… Por suerte, la amabilidad local sale a escena, y una pareja a la que preguntamos acaba casi escoltándonos hasta casa. Ya sólo nos queda hacer la maleta y preparar el despertador para poder estar puntuales a las seis de la mañana en el aeropuerto, donde cambiaremos el fiel Grand Vitara por un avión de vuelta.

Islandia

Guardado en: Vivido
Tags: ,
3 comentarios »

Islandia, día ocho

28 de Agosto
2009

Penúltimo día completo en Islandia, que se inicia con un empacho de coche. Casi seis horas de Grand Vitara que nos llevan desde la parte central del norte (Akureyri) hasta el medio oeste, en la península de Snæfellsnes. Una zona dominada por Snæfellsjökull, volcán y glaciar protagonista de la novela de Julio Verne Viaje al centro de la Tierra. En ella, un profesor alemán, guiado por las escrituras del sabio islandés del siglo XII Arne Saknussemm, se aventura a adentrarse en el volcán islandés acompañado de su sobrino y de un guía local, en busca del centro de la Tierra.

Empacho de coche

Pasado el mediodía y una breve pausa para comer llegamos a destino: Langaholt, un hotelito a orillas de la Faxaflói (bahía de Faxa) en el que dejamos rápidamente los trastos para seguir, aún más al oeste, nuestra ruta hacia el Snæfellsjökull. El recepcionista del hotel, que chapurrea un castellano tan rupestre como gracioso, nos recomienda visitar el extremo más occidental de la península, un lugar que él describe como el fin del mundo. Pues vale, allí que nos vamos, sólo para descubrir que… bueno, si has estado en Asturias (y supongo que Galicia encaja también perfectamente, incluso Escocia; en general, cualquier sitio donde toquen la gaita) tampoco impacta mucho este fin del mundo islandés. Praderas verdes y acantilados que ponen los pelos de punta, pero nada insólito como sí es, y mucho, Snæfellsjökull. De todas maneras, aprovechamos el terreno para practicar un poco más el noble arte de hacer volteretas y croquetas varias.

El fin del mundo

Ahora sí, turno para Snæfellsjökull. Un gigante de casi 1500 metros (lo más alto que puedes subir en Islandia son los 2100 metros del Hvannadalshnúkur) que parece realmente una puerta ideal para adentrarse en el centro de la Tierra. Más bien en el infierno… Julio Verne tuvo bastante buen ojo, la verdad. Es una mole de grava con lagunas de nieve y hielo, cubierta por la niebla y abofeteada sin piedad por el viento. Tres grados de temperatura a finales de agosto, y son las seis de la tarde. No me gustaría estar aquí en invierno…

Frío...

Lo más increíble de nuestra visita al Snæfellsjökull es no cruzarnos con un sólo coche en ningún momento, cosa que dispara todavía más la sensación de territorio inhóspito. Subir hasta la cima está desaconsejado tanto por nuestras guías como por nuestro simpático recepcionista, de modo que allí donde el coche no da más de sí nos damos media vuelta. Lástima, porque Snæfellsjökull tiene toda la literatura necesaria para que apetezca una ruta a pie. Sí, sería genial, pero el viento es perfectamente capaz de tirarte a un cráter sin ni siquiera emplearse muy a fondo. Súmale bastante niebla y tendrás el lugar perfecto para perderte intensamente.

Snæfellsjökull

Cansados de tanto viento y de tanto coche nos vamos en busca de un bar. Damos con uno que sí resulta estar en el fin del mundo, casi al final de una pequeña carretera, a punto de caerse al mar. Uno se pregunta cómo es posible hacer negocio en sitios como éste, tan aislado del mundo en un país ya de por sí bastante aislado. Nuestros cafés en el bar del fin del mundo saben a gloria, y nos devuelven el tono al cuerpo antes de volver al hotel, donde volvemos a romper el tópico de la mala comida local. Una cena a base de pescados nos confirma que a poco que aflojes mínimamente la cartera no cuesta nada complacer al estómago. Y, de paso, probar el pez gato…

* * *

Máxima: 13º
Mínima: 3º

Guardado en: Vivido
Tags: ,
Sin comentarios »

Islandia, día siete

27 de Agosto
2009

Con Goðafoss tan cerca, la primera cosa tras desayunar está clara: visitar la cascada de los dioses. Cuenta la leyenda que en el año 1000 el lögsögumaður (una especie de cargo relacionado con el mundo del derecho) Þorgeirr Ljósvetningagoði decidió que Islandia debía abandonar los ritos paganos escandinavos y convertirse al cristianismo. Como muestra, lanzó sus estatuas con las figuras de los dioses nórdicos cascada abajo, y de ahí el nombre. Nosotros no hemos lanzado nada: visita corta con una de las pocas fotos de equipo… y rumbo a Mývatn.

Goðafoss

El nombre de esta región tampoco es gratuito. En islandés, significa mosca, y vatn quiere decir lago. Ni os imagináis la cantidad de insectos que rondan la zona, y lo pesados que son… El lago en sí es quizá lo menos atractivo de Mývatn; sus alrededores nos han servido para dar un paseo por una especie de parque con forma de laberinto que casi logra su objetivo, aunque al final hemos conseguido salir y volver al coche para ir a una de las zonas más espectaculares de la isla: Krafla.

Si la luna tuviera un infierno sería bastante parecido a Krafla. Desértico, pero con la constante amenaza de que algo bajo el suelo reviente. Krafla, al fin y al cabo, es una de las áreas de la isla que conservan actividad volcánica. Entre 1975 y 1984 hubo una media de una erupción volcánica al año, y aún hoy en día es perfectamente visible que algo se mueve ahí abajo. De todos los minivolcanes que pueblan la explanada nosotros hemos subido al Hverfell, una breve ascensión en la que cada uno ha marcado su propio ritmo…

Hverfell

Y, ahora sí, quizá dos de los momentos más espectaculares de este viaje. El primero ha sido bastante casual, ya que yendo en coche hemos empezado a ver unas pequeñas columnas de humo saliendo del suelo. Al bajarnos para chafardear hemos comprobado que se trataba de vapor, muy caliente, saliendo desde las abundantes grietas que rompen el suelo de la zona. La sensación es muy curiosa: un frío matador aún a pleno sol del día y, acercándose a medio metro de las grietas, clima mediterráneo al calor del vapor. Con la experiencia de sentirnos mejillones por unos momentos nos hemos puesto en ruta hacia Hverir.

Hverir

Hablando en plata, y perdonad la franqueza, Hverir es un campo de mierda y barro. En realidad mierda no hay, pero el olor que flota en el ambiente casi hace desear que la haya. Hverir es una especie de congreso de bombas fétidas, un festival de la peste, un sitio donde agradeces llevar bufanda… para taparte la cara. Los sulfuros y alguna sustancia más de las que, literalmente, hierven en charcos como el de más arriba son las responsables del hedor a huevos podridos que reina en todo momento. Más allá de esto, la verdad es que es muy impresionante contemplar que la Tierra está viva, que bajo nuestros pies tenemos una fina capa firme pero debajo hay un movimiento constante, y los minilagos de barro de Hverir son ventanitas a ese mundo subterráneo. Por cierto: ojito si visitáis la zona porque es peligrosa, no seríais el primer turista que sufre quemaduras graves por hacer el tonto y acercarse demasiado a estas calderas. Ah, atentos al siguiente vídeo y a las onomatopeyas de los guiris…

Después de medio día de caminatas, subiendo y bajando, ha llegado el turno del relax en los Mývatn Nature Bath, unas bañeras naturales al aire libre con agua a casi 40 grados. Claro que Mývatn no iba a dejar tranquilas a nuestras narices tan fácilmente: el olor ambiente es bastante similar al de Hverir. Bueno, en realidad es mucho menos intenso, pero a mí me dan arcadas por momentos… El agua es de un azul turquesa intenso, y justo al lado hay una sauna para ir combinando un rato de remojo con otro de sudor.

Mývatn Nature Bath

Los baños de Mývatn no son los más importantes del país: los del Blue Lagoon, a tiro de piedra de Reykjavík, no sólo son el triple de grandes sino que además se les considera como la principal atracción turística de la isla. Y, por tanto, la más masificada. Por eso nosotros elegimos en su día venir a Mývatn en lugar de al Blue Lagoon, aunque la experiencia ha sido tan genial que planeamos repetir en la capital.

El estado de relax en el que dejamos los baños nos acompaña hasta Akureyri, la segunda ciudad más importante de Islandia. Allí seguimos llenando la bolsa de los souvenirs, probando capuccinos y chocolates calientes y decidiendo qué seríamos cada uno si en lugar de humanos fuésemos frutas, animales o colores. Hacemos noche, muy cerca del núcleo urbano de Akureyri, en un super-cottage con barbacoa, hot tub y un salón enorme. Hay tiempo para un rato de lectura y para una partida de Uno con regalo incluido: fregar los platos.

El tiempo islandés se agota…

* * *

Máxima: 13º
Mínima: 8º

Guardado en: Vivido
Tags: ,
1 comentario »

Islandia, día seis

26 de Agosto
2009

Dettifoss

¿Desayuno islandés? Cascadas. Ración doble con Hafragilsfoss y Dettifoss. Esta última es quizá la más espectacular de todas las que hay en el país (en realidad cada una tiene un la más que la hace especial). Dettifoss es fuerza bruta, agua sucia… explicar lo que transmite es complicado, una mezcla de estímulos para la vista y el oído difícil muy especiales. Con los datos en la mano, Dettifoss es la cascada más caudalosa de Europa. No es especialmente alta (44 metros), pero sí ancha (100), arrastrando una media de 200 metros cúbicos por segundo, con picos de hasta 500 en épocas de deshielo. La espuma que levanta, dicen, se puede ver a un kilómetro de distancia. Hafragilsfoss es más discreta, pero mucho más accesible. Casi como un tobogán gigante.

Hafragilsfoss

Tras las cascadas, nueva caminata. Esta vez por la zona de Hólmatungur, un paisaje bastante diferente al que llevamos viendo en los últimos días. Tres kilómetros y medio de paseo por unos caminos con mucha vegetación, una vegetación más convencional para nuestros ojos. Eso sí, ni un alma en el camino. Sin duda, una de las grandes virtudes de este país es que estás tranquilo en cualquier lugar, ya sea en medio de la nada o en la ciudad más poblada. Se respira calma siempre. Como el clima nos sigue respetando y con la tontería ya llevamos unos cuantos kilómetros en las piernas, la mullida hierba de Hólmatungur nos sirve para aprovechar el solete y tumbarnos a la bartola, por una vez sin hacer el mono. De fondo, el sonido del agua de un riachuelo nos arrulla… Siempre tendrás agua a mano en Islandia.

Y llegamos a Húsavík, que con sus poco más de dos mil habitantes es una de las ciudades más importantes del norte de la isla. Presume de ser la capital de las ballenas. Matiz: del avistamiento de ballenas. Sí, porque si se te ocurre ir a la oficina de turismo para preguntar por algún restaurante en el que degustar su carne es probable que no se lo tomen demasiado bien. El señor a cargo, que chapurrea un castellano de lo más gracioso, nos hace notar que aquí se ven ballenas, no se cocinan. Aunque si no te importa hacerlo tú mismo, es tan sencillo como ir al supermercado y comprar la carne, que venderla la venden.

El puerto de Húsavík

Efectivamente, si quieres pagarte una excursión en busca de ballenas, Húsavík es tu sitio. Nosotros no hemos querido, pese a que las compañías aseguran un alto porcentaje de avistamientos e incluso ofrecen un segundo viaje gratis en caso de que el primero haya sido estéril. A cambio, preferimos buscar un bar donde seguir probando suerte con las cervezas locales, y damos con uno bastante majo que se llama, apropiadamente, Moby Dick. A la hora de cenar nos damos cuenta de que más allá de la coqueta iglesia y su pequeño puerto, Húsavík tiene tres restaurantes. Tres quiere decir tres, ni uno más. En el escogido hemos podido probar la carne de puffin: aceptable.

Y a dormir a Fosshóll, en el valle de Bárðardalur, donde el viento o la belleza del paisaje o algo debe reblandecer los sesos humanos. Al menos los del encargado del alojamiento. Para empezar, nos ha dado las llaves de un apartamento ocupado, con tan mala suerte que la pareja inquilina ya estaba en la cama, y con todo apagado, cuando hemos querido entrar. Nosotros hemos visto ropa y maletas, y hemos ido a por el susodicho encargado; al volver, la pareja estaba levantada, vestida y con una cara de susto que daba penica. El encargado, eso sí, de lo más tranquilo. Luego han venido los problemas con nuestra calefacción, todo ello salpimentado con su inglés totalmente incomprensible… en fin. A todo esto, el entorno de esta noche es absolutamente espectacular. Está presidido por Goðafoss, cascada que visitaremos mañana, pero que rompe a solo unos metros de nuestras habitaciones.

* * *

Máxima: 16º
Mínima: 8º

Guardado en: Vivido
Tags: ,
3 comentarios »

Islandia, día cinco

25 de Agosto
2009

El hotel de la pasada noche ha resultado bastante flojo, la verdad, pero nos ha permitido consultar el pronóstico del tiempo para lo que nos queda de viaje. Vale, no es para tirar cohetes, pero por lo menos hoy Islandia nos respeta. Así que… tira millas. Nos vamos al lago Lagarfljót (el Ness islandés, con monstruo y todo) y al Hallormsstaðarskógur, aparentemente, la única acumulación de árboles en toda la isla con la suficiente entidad como para ser llamada bosque. Ah, y por supuesto a una cascada: Hengifoss. Sí, estamos en lo de siempre, puede parecer que Islandia es sólo cascadas, y en cierta manera es así (las palabras clave son cascada y oveja), pero nunca te cansas. El lago y el bosque no matan. Acostumbrados a bosques de verdad, a bosques frondosos, Hallormsstaðarskógur es bastante chiste. De hecho, hay uno que dice así: “¿Qué debes hacer si te pierdes en un bosque islandés? Ponerte de pie…” Es una idea bastante aproximada de lo poco que te marcan aquí los bosques. Digamos que Hallormsstadarskógur no es Lothlórien…

Hallormsstadarskógur no es Lothlórien

Hengifoss sí marca. Además de la cascada en sí tenemos una ruta de tres horas absolutamente preciosa. Ovejas, claro, impresionantes gargantas, regulares formas geométricas de basalto, mucha hierba… Al pie de la cascada, dos detalles. El primero es un cilindro de metal clavado en la hierba, con una tapa abatible en la parte superior. ¿Dentro? Un bolígrafo y un bloc. Al igual que en la mayoría de alojamientos que vamos visitando, aquí también encontramos algo donde firmar y donde conocer un poco a la gente que nos ha precedido en el camino. El segundo detalle es una niña (bebé) rubísima que ha llegado hasta aquí en la mochila de sus padres, y ahora pasea pañales y chupete por las rocas que nos separan del agua voladora de Hengifoss. La cultura islandesa es muy dada a procrear mucho y rápido, y a no detenerse por ello, a no considerar a los niños un obstáculo para seguir haciendo cosas. Matizo: mucho y rápido en términos europeos. Según la ONU, Islandia tiene una media de hijos por mujer de 1,99 en el periodo 2000-2005, y crecerá hasta el 2,05 en 2005-2010, en ambos casos las más altas del continente. España baraja unos discretos 1,29 y 1,41, respectivamente; Níger está en 7,45 y 7,19…

Hengifoss

Valþjófsstaður es una iglesia muy próxima a Hengifoss. No es la primera que vemos, pero sí la primera a la que entramos. Vacía, moderna, limpia, pequeña… y con su cementerio al lado. Desde luego, y aunque no creas en la vida después de la muerte o cosas por el estilo, es complicado no querer que te entierren en un sitio así…

Hoy toca dormir en Skipalækur, quizá el alojamiento más… ¿bucólico? al que hemos ido a parar. La anécdota, además, es impresionante: hojeando el libro de visitas de turno, doy con una página escrita en catalán. La leo, y reconozco la inequívoca manera de escribir de un buen amigo que estuvo el verano pasado en Islandia. ¿Será posible? Efectivamente, la firma no deja lugar a dudas… ¡toma casualidad, dar con la misma casa en que el señor Jordi Franco estuvo hace un año!

Skipalækur

Después de la primera comida cocinada por nosotros (basta de pan de molde…) es hora de visitar un fiordo: Seyðisfjörður. Realmente me esperaba más de un fiordo. Supongo que la imagen en mi cabeza era la de un acantilado escarpado, de estrecho pasillo para el mar. No es tan así, por lo menos en este caso. En Seyðisfjörður hemos podido saciar los más básicos instintos del turista: comprar souvenirs. A saber, un gorro de lana blanco que te convierte en leñador al instante, una boina, de lana también, ideal para camuflarse en las calles de París y artesanía local. Después, un bar, el primero en que recalamos estos días. La cerveza no es lo mejor que tiene esta isla, pero tampoco nos quejaremos: podría haber sido peor. ¿Por qué? Un poco de historia divertida sobre Islandia y la cerveza…

Por algún extraño motivo, Islandia celebró en 1908 un referendum para decidir si se prohibían las bebidas alcohólicas (todas) en el país. Triunfó el sí, y siete años después, en 1915 (mamá, cinco minutos más, por favor…), la ley seca entró en vigor. La aplicación severa de la misma duró poco, apenas seis años, gracias a España. Sí, a España, que se negó a comprar pescado a Islandia si los isleños (manda huevos) no importaban vinos españoles. Como lo de exportar pescado era una cuestión de supervivencia, Islandia tuvo que tragar, nunca mejor dicho, con los Rioja y compañía. La prohibición se suavizaría de nuevo en 1935 con la legalización de algunos destilados, pero llegados los años 80 la única cerveza comercializable era sin alcohol. Hecha la ley, hecha la trampa, y muchos pubs lo que hacían era mezclar ambas cosas (cerveza sin y destilados legales) para obtener un sustitutivo de la cerveza que los islandeses, ya viajados, sí podían degustar en sus visitas al extranjero. La presión popular pudo y finalmente el parlamento llevó a debate la legalización de la cerveza. Tanto el debate como el posterior voto fueron televisados, con inmejorables datos de audiencia y una decisión en firme: sí a la birra. Todo esto pasaba en 1989; desde entonces, Islandia celebra el Beer Day cada 1 de marzo, para conmemorar que ese día recuperaron el juicio.

Islandia entre la niebla

Vuelta al cottage, donde nos hemos cascado una cena de categoría. Un cordero comprado en el supermercado más cutre (y barato) de la isla (Bónus: nunca perdáis de vista al cerdito borracho) resulta ser excelente, y nos sirve para catar la barbacoa. Hoy no tenemos hot-tub, pero dormir en sacos compensa…

* * *

Máxima: 15º
Mínima: 6º

Guardado en: Vivido
Tags: ,
2 comentarios »

Islandia, día cuatro

24 de Agosto
2009

El clima en Islandia es muy clave. Un viaje con mal tiempo y otro con bueno pueden ser tan diferentes como para acabar odiando o amando la isla. A nosotros el tiempo nos ha tratado de maravilla… hasta hoy. Así que no podemos, o no deberíamos, quejarnos de un día (uno) de lluvia. Pero el caso es que la lluvia nos ha estropeado uno de los planes más importantes: Vatnajökull.

Vatnajökull: 8100 km² de hielo, con un espesor medio de unos 400 metros, llegando a un máximo de mil. Para hacernos una idea más fácilmente: es el trozo de hielo más grande fuera de los polos, tiene tres veces el tamaño de Luxemburgo y pesa unos… tres billones de toneladas. La idea de aproximarnos a un gigante así (de grande y de bonito) es casi más motor que nuestro Vitara. Grand Vitara, perdón…

Vatnajökull

Una vez en Skaftafell, porrazo de realidad. Llueve, y va a seguir lloviendo durante mucho rato. Y probablemente mucha cantidad de agua… Al pie del Skaftafellsjökull hay un poco de decepción: tocar un glaciar o subirse a él no es tan sencillo como parecía. Hay un plan B, muy suculento, que consiste en sobrevolar el Vatnajökull en avioneta. Brutal, sí, y carísimo. Así que descartado. Plan C: acercarse al máximo posible al glaciar, aunque para ello toque hacer el cabra. ¿Sí? Sí. Para allá que nos vamos Sergio y yo…

Camino bastante impracticable entre rocas y más rocas, algunas resbaladizas, y con la amenaza del agua a menos diez mil grados a nuestros pies. Tengo que confesar que hubo un momento que me vi chapoteando allá abajo… pero una mano amiga siempre soluciona una crisis. La vuelta, entre el cansancio y la lluvia, elimina las ganas de iniciar una nueva ruta. Desde el estadio Vatnajökull, minuto 90, resultado final: Clima Islandés 1, Nosotros 0…

* * *

Pero las cosas siempre pueden ir peor. Si el Vatnajökull nos ha ganado por la mínima, Jökulsárlón nos ha goleado. Una lástima, porque todas las referencias eran espectaculares… Siento no poder ser más preciso, pero Jökulsárlón es una página en blanco en nuestro diario islandés. Siempre nos quedará internet para saber más sobre él.

Jökulsárlón, en un día triste

Aunque, al final, Islandia siempre te da lo que te quita. Humarofnin (creo que se llama así…) es nuestra recompensa. Difícil expresar con palabras lo excepcionalmente exquisito que está el marisco en este pequeño restaurante de Höfn (pronúnciese como un hipo). Por si alguna vez vas allí, apunta: trozo de pan, hoja de albahaca, tomate crudo, colita de cigala, higado de cigala con black sauce, pink langostino sauce… y a comer. Atracón impresionante y postre a la altura. ¿Quién dijo que en Islandia se come mal?

* * *

Máxima: 14º
Mínima: 8º

Guardado en: Vivido
Tags: ,
1 comentario »

Islandia, día tres

23 de Agosto
2009

De los 13.058 kilómetros de carreteras que tiene Islandia, sólo 4.397 son asfaltados. En los 8.661 restantes no hay ni rastro de alquitrán. Así que una cosa inevitable, pero interesante a la vez, de un viaje como éste es tener que cambiar los planes sobre la marcha. Improvisar. La idea de hoy era visitar Hekla, pero está demasiado lejos. Así que nos vamos a Laki. En cualquiera de los dos casos toca someterse a los requerimientos de una carretera marcada con una F… y aquí creo que toca hablar un poco del sistema viario islandés.

* * *

Islandia tiene una gran carretera: la Hringvegur. Da la vuelta al país en forma de círculo y es lo más parecido a una autopista de las nuestras, aunque depende mucho de la zona, ya que hay tramos que aquí no pasarían de comarcal… La Hringvegur conecta las ciudades más importantes, y una pequeña red de bifurcaciones da acceso a otras ciudades menos importantes y pueblos. Dato curioso: no existen líneas de ferrocarril en Islandia, pero hay casi un centenar de aeropuertos (la mayoría con pistas sin pavimentar) que colocan al tráfico aéreo como la gran alternativa al coche. Y, a veces, en invierno, como la única manera de llegar a la otra parte del país.

Más allá de la Hringvegur y sus ramales, que forman lo que podríamos llamar carreteras convencionales, hay una gran cantidad de pequeños caminos sin asfaltar a los que los vehículos sin tracción a las cuatro ruedas no tienen permitido el acceso: son las carreteras F. Sabiendo esto iniciamos el viaje a Laki. El camino es un examen (y de los duros) tanto para nuestro coche como para nuestras conciencias. Bueno, para algunas más que para otras… Porque sí, meter al Grand Vitara en caminos de cabras vale, pero cuando de repente tienes un río delante, por pequeño que sea, la cosa cambia. Sobre todo si en el salpicadero tienes un aviso bien grande que pone que está terminantemente prohibido cruzar ríos con un coche de alquiler…

Río camino a Laki

Pero bueno, ¿a qué hemos venido? Cuando nos damos cuenta, Sergio ya está con la primera puesta y si no nos subimos al carro tocará cruzar el río a pie. Después de ese río vendrá otro, y luego otro, y luego… pero claro, ¿en qué momento das media vuelta? Nada, nada, sigamos hasta Laki. La ruta son kilómetros y kilómetros de piedras, los ya mencionados ríos que vadear, ovejas, praderas veeeeeeerdes… y claro, no podía faltar una cascada. Hoy toca Fagrifoss, las más salvajes de cuantas hemos visto.

Fagrifoss

Una caída de agua preciosa, abandonada en medio de la nada y justo pegada a una pradera de musgo islandés, mullido como media docena de colchones, ideal para lanzarse a la piscina o croquetear un rato. El camino a Laki tiene de todo menos civilización, claro. Ni un síntoma de explotación turística, bendito gobierno islandés.

* * *

Dejado el coche, Laki es una pequeña caminata con premio: las vistas en la cumbre. Cráteres por todas partes. Al leer las guías, el entorno asusta. Aquí se juntan unos 130 cráteres que entre 1783 y 1784 emitieron unos 14.000 millones de metro cúbicos de lava, causando la erupción más importante de la que se tiene registro en la Historia Mundial (y lo pongo así en mayúsculas porque acojona más). En Islandia murió una de cada cinco personas, además del 80% de las ovejas y el 50% de los caballos, pero los efectos se sintieron en todo el planeta. Cuenta la leyenda que el pueblo de Kirkjubæjarklaustur, muy amenazado por las coladas de lava, estaba reunido en la iglesia escuchando el eldmessa, el sermón del fuego que el párroco local Jón Steingrímsson predicaba. El río de lava se detuvo justo a las puertas de Kirkjubæjarklaustur…

En la cima, a día de hoy sin rastro de actividad tectónica, una serie de mini-volcanes en fila india nos lleva la vista, de nuevo, al gran glaciar Vatnajökull. Realmente es casi imposible levantar la cabeza en esta zona de la isla sin toparse con esta bestia de hielo.

Laki, con el Vatnajökull de fondo

De vuelta a nuestra base, la zona de Skeidararsandur (Mordor para los amigos) sigue tan desértica como siempre, pero con el añadido del viento. Que se lo digan a la caravana que ha volcado y que encontramos custodiada por la policía… ¡qué inhóspita puede ser esta tierra! Suerte que el progreso nos permite cerrar el día con una deliciosa trucha (tercer día y primer rastro de pescado) y una sesión de hot tub y sauna. Buenas noches. Mañana, Vatnajökull…

* * *

Máxima: 15º
Mínima: 6º

Guardado en: Vivido
Tags: ,
Sin comentarios »