Me compré una Moleskine. La he llenado con unas 500 líneas de texto y media docena larga de partidas de Uno. Son todo ideas sobre Islandia, y desde Islandia. Islandia es el país más bonito que he visitado nunca. Tiene unos paisajes espectaculares, muy variados, con mucho verde y con mucho desierto volcánico, con litros y litros de agua en costas, ríos, géisers, baños, piscinas y cascadas, con ovejas y caballos… Islandia es naturaleza en la palma de la mano, sin peajes, vallas, cobros, chiringuitos, controles, aglomeraciones, esperas. Un país amable y cómodo, y aunque su clima no deja de ser complicado, es muy tolerable en verano. Me ha gustado casi todo lo que he visto y espero volver dentro de diez años o así. Me sobran los motivos.
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Mi primera toma de contacto real con Islandia no podía ser otra: un periódico. Fréttablaðið, gratuito, el diario con más difusión del país. La única colección que hago (tuve una de pins, más o menos por aquella época en que todo el mundo, o al menos toda Barcelona, coleccionaba pins, y luego empecé con tarjetas telefónicas, durante los pocos años en que se pusieron de moda) es precisamente de eso, de periódicos. Periódicos de cualquier sitio. Si viajáis por ahí, ya sabéis… En fin, que me desvío. Primera toma de contacto, Fréttablaðið. Siempre me ha divertido leer periódicos en idiomas que no conozco, pero es que el islandés ni tan siquiera se intuye. Da lo mismo, al saco. La segunda (la segunda toma de contacto) es la claridad. Una de las cosas que más atraen de Islandia cuando te planteas visitarla es la opción de vivir en un día casi perpetuo. A finales de agosto, por desgracia, la cosa ya flaquea y las horas de luz son, hora arriba, hora abajo, las mismas que en Barcelona. Desde la ventana del vuelo de Iceland Air podemos ver al fondo una penumbra prometedora. Me gustaría pasar un año allí (aún es allí, aún estamos volando por encima de la superficie del Atlántico… brrr, me aterra sobrevolar océanos, mucho más que sobrevolar tierra firme; creo que pocas cosas me darían más miedo que caerme en medio del mar, a kilómetros de la costa). Me gustaría pasar un año allí y probar los efectos del exceso y defecto de sol. Veranos con sol de medianoche, inviernos de luz apagada… Digo un año porque no creo que pudiera aguantar más, me considero bastante fan de la regularidad. Así que aquí estamos, a bordo de un avión lleno de azafatas vikingas, camino a la luz, Laura, Naiara, Sergio y yo.
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Islandia nos ha recibido con una señora bofetada. No sólo hace frío o mucho frío, o mucho-mucho frío: hace viento. Viento polar. Gélido. Toda una experiencia salir de la terminal y cruzar el aparcamiento con uno de los mayores fríos de nuestras vidas antes de meternos en el calor del Grand Vitara que nos servirá de segundo hogar durante los próximos diez días. Y toda una experiencia llamar por teléfono a un señor mayor, que nos sale a buscar a bordo de su ranchera blanca en medio de la nada y nos lleva hasta casa, cuatro tímidas paredes de madera que, sin embargo, están perfectamente equipadas para las noches islandesas. Al menos las de verano, claro… Y fuera, en el porche, una especie de piscina (más bien un jacuzzi sin los chorros) que invita al baño, por mucho que sean casi las doce y bufe un viento impresionante. Hace exactamente doce horas que subíamos al taxi dirección El Prat… no está mal. Hora de dormir, arrullados por el viento, que parece decirnos algo así como soplaré, soplaré y tu casa tiraré. Tenemos un fabuloso coche, tenemos coronas, tenemos los mejores nórdicos del mundo y un gran plan para mañana. ¡Sí!
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Máxima: 6º
Mínima: 6º