Suelo saltarme los semáforos cuando voy en bicicleta, pero ahora decido disciplinarme y me quedo en la línea de ruedas que espera el verde. No es civismo, es que acabo de ver una melena que bien podría ser la suya, asoma por debajo de un casco negro, negro con negro, y acaba casi en el asiento de esa moto negra, más negro, que ya ha arrancado, verde ahora, que ya se va. La sigo, claro que la sigo, aunque tenga que atravesar de derecha a izquierda la calle la sigo. La sigo cuando gira Balmes abajo, la veo entrar en Pelayo, la pierdo al llegar a Ramblas, pero intuyo que ha bajado de nuevo, que va hacia Colón, y así es, porque un semáforo me la acerca, y aunque sigo sin saber si es ella no paro de pedalear, y me subo a la acera, libre de semáforos y de buses rojos y de taxis antófilos y de otras motos que no son negras pero que también me dan miedo. Ya estamos en Colón, ya hemos dejado atrás Colón, ya llegamos a la Barceloneta, ya vuelvo a la calzada, ya se espesa el tráfico, ya serpenteamos entre los coches, ya me levanto en la bici para ponerme a su altura, ya me salto el ámbar, ya se escapa, ya me quedo en el suelo, ya sale el conductor del Ford con las manos en la cabeza, ya se oye la ambulancia. Y horas después, lo que se oye es silencio de hospital; y días después, lo que se ve es la luz del sol desde la quinta planta; y semanas después, lo que se huele es la rabia de la sala de rehabilitación; y un mes después, por fin, lo que se toca es el aire de Barcelona con la palma de la mano abierta. Mañana me compraré una moto. Porque ella tiene una bici, y quizá no tanta suerte como yo…