El hotel de la pasada noche ha resultado bastante flojo, la verdad, pero nos ha permitido consultar el pronóstico del tiempo para lo que nos queda de viaje. Vale, no es para tirar cohetes, pero por lo menos hoy Islandia nos respeta. Así que… tira millas. Nos vamos al lago Lagarfljót (el Ness islandés, con monstruo y todo) y al Hallormsstaðarskógur, aparentemente, la única acumulación de árboles en toda la isla con la suficiente entidad como para ser llamada bosque. Ah, y por supuesto a una cascada: Hengifoss. Sí, estamos en lo de siempre, puede parecer que Islandia es sólo cascadas, y en cierta manera es así (las palabras clave son cascada y oveja), pero nunca te cansas. El lago y el bosque no matan. Acostumbrados a bosques de verdad, a bosques frondosos, Hallormsstaðarskógur es bastante chiste. De hecho, hay uno que dice así: “¿Qué debes hacer si te pierdes en un bosque islandés? Ponerte de pie…” Es una idea bastante aproximada de lo poco que te marcan aquí los bosques. Digamos que Hallormsstadarskógur no es Lothlórien…

Hengifoss sí marca. Además de la cascada en sí tenemos una ruta de tres horas absolutamente preciosa. Ovejas, claro, impresionantes gargantas, regulares formas geométricas de basalto, mucha hierba… Al pie de la cascada, dos detalles. El primero es un cilindro de metal clavado en la hierba, con una tapa abatible en la parte superior. ¿Dentro? Un bolígrafo y un bloc. Al igual que en la mayoría de alojamientos que vamos visitando, aquí también encontramos algo donde firmar y donde conocer un poco a la gente que nos ha precedido en el camino. El segundo detalle es una niña (bebé) rubísima que ha llegado hasta aquí en la mochila de sus padres, y ahora pasea pañales y chupete por las rocas que nos separan del agua voladora de Hengifoss. La cultura islandesa es muy dada a procrear mucho y rápido, y a no detenerse por ello, a no considerar a los niños un obstáculo para seguir haciendo cosas. Matizo: mucho y rápido en términos europeos. Según la ONU, Islandia tiene una media de hijos por mujer de 1,99 en el periodo 2000-2005, y crecerá hasta el 2,05 en 2005-2010, en ambos casos las más altas del continente. España baraja unos discretos 1,29 y 1,41, respectivamente; Níger está en 7,45 y 7,19…

Valþjófsstaður es una iglesia muy próxima a Hengifoss. No es la primera que vemos, pero sí la primera a la que entramos. Vacía, moderna, limpia, pequeña… y con su cementerio al lado. Desde luego, y aunque no creas en la vida después de la muerte o cosas por el estilo, es complicado no querer que te entierren en un sitio así…
Hoy toca dormir en Skipalækur, quizá el alojamiento más… ¿bucólico? al que hemos ido a parar. La anécdota, además, es impresionante: hojeando el libro de visitas de turno, doy con una página escrita en catalán. La leo, y reconozco la inequívoca manera de escribir de un buen amigo que estuvo el verano pasado en Islandia. ¿Será posible? Efectivamente, la firma no deja lugar a dudas… ¡toma casualidad, dar con la misma casa en que el señor Jordi Franco estuvo hace un año!

Después de la primera comida cocinada por nosotros (basta de pan de molde…) es hora de visitar un fiordo: Seyðisfjörður. Realmente me esperaba más de un fiordo. Supongo que la imagen en mi cabeza era la de un acantilado escarpado, de estrecho pasillo para el mar. No es tan así, por lo menos en este caso. En Seyðisfjörður hemos podido saciar los más básicos instintos del turista: comprar souvenirs. A saber, un gorro de lana blanco que te convierte en leñador al instante, una boina, de lana también, ideal para camuflarse en las calles de París y artesanía local. Después, un bar, el primero en que recalamos estos días. La cerveza no es lo mejor que tiene esta isla, pero tampoco nos quejaremos: podría haber sido peor. ¿Por qué? Un poco de historia divertida sobre Islandia y la cerveza…
Por algún extraño motivo, Islandia celebró en 1908 un referendum para decidir si se prohibían las bebidas alcohólicas (todas) en el país. Triunfó el sí, y siete años después, en 1915 (mamá, cinco minutos más, por favor…), la ley seca entró en vigor. La aplicación severa de la misma duró poco, apenas seis años, gracias a España. Sí, a España, que se negó a comprar pescado a Islandia si los isleños (manda huevos) no importaban vinos españoles. Como lo de exportar pescado era una cuestión de supervivencia, Islandia tuvo que tragar, nunca mejor dicho, con los Rioja y compañía. La prohibición se suavizaría de nuevo en 1935 con la legalización de algunos destilados, pero llegados los años 80 la única cerveza comercializable era sin alcohol. Hecha la ley, hecha la trampa, y muchos pubs lo que hacían era mezclar ambas cosas (cerveza sin y destilados legales) para obtener un sustitutivo de la cerveza que los islandeses, ya viajados, sí podían degustar en sus visitas al extranjero. La presión popular pudo y finalmente el parlamento llevó a debate la legalización de la cerveza. Tanto el debate como el posterior voto fueron televisados, con inmejorables datos de audiencia y una decisión en firme: sí a la birra. Todo esto pasaba en 1989; desde entonces, Islandia celebra el Beer Day cada 1 de marzo, para conmemorar que ese día recuperaron el juicio.

Vuelta al cottage, donde nos hemos cascado una cena de categoría. Un cordero comprado en el supermercado más cutre (y barato) de la isla (Bónus: nunca perdáis de vista al cerdito borracho) resulta ser excelente, y nos sirve para catar la barbacoa. Hoy no tenemos hot-tub, pero dormir en sacos compensa…
Máxima: 15º
Mínima: 6º
Pero Dani!!! Tienes que explicar que me dejaste tu saco. Seguramente el mejor cambio que he hecho en mi vida!!!
¡Podrías explicarlo tú en tu blog! Así lo resucitas…