Penúltimo día completo en Islandia, que se inicia con un empacho de coche. Casi seis horas de Grand Vitara que nos llevan desde la parte central del norte (Akureyri) hasta el medio oeste, en la península de Snæfellsnes. Una zona dominada por Snæfellsjökull, volcán y glaciar protagonista de la novela de Julio Verne Viaje al centro de la Tierra. En ella, un profesor alemán, guiado por las escrituras del sabio islandés del siglo XII Arne Saknussemm, se aventura a adentrarse en el volcán islandés acompañado de su sobrino y de un guía local, en busca del centro de la Tierra.

Pasado el mediodía y una breve pausa para comer llegamos a destino: Langaholt, un hotelito a orillas de la Faxaflói (bahía de Faxa) en el que dejamos rápidamente los trastos para seguir, aún más al oeste, nuestra ruta hacia el Snæfellsjökull. El recepcionista del hotel, que chapurrea un castellano tan rupestre como gracioso, nos recomienda visitar el extremo más occidental de la península, un lugar que él describe como el fin del mundo. Pues vale, allí que nos vamos, sólo para descubrir que… bueno, si has estado en Asturias (y supongo que Galicia encaja también perfectamente, incluso Escocia; en general, cualquier sitio donde toquen la gaita) tampoco impacta mucho este fin del mundo islandés. Praderas verdes y acantilados que ponen los pelos de punta, pero nada insólito como sí es, y mucho, Snæfellsjökull. De todas maneras, aprovechamos el terreno para practicar un poco más el noble arte de hacer volteretas y croquetas varias.

Ahora sí, turno para Snæfellsjökull. Un gigante de casi 1500 metros (lo más alto que puedes subir en Islandia son los 2100 metros del Hvannadalshnúkur) que parece realmente una puerta ideal para adentrarse en el centro de la Tierra. Más bien en el infierno… Julio Verne tuvo bastante buen ojo, la verdad. Es una mole de grava con lagunas de nieve y hielo, cubierta por la niebla y abofeteada sin piedad por el viento. Tres grados de temperatura a finales de agosto, y son las seis de la tarde. No me gustaría estar aquí en invierno…

Lo más increíble de nuestra visita al Snæfellsjökull es no cruzarnos con un sólo coche en ningún momento, cosa que dispara todavía más la sensación de territorio inhóspito. Subir hasta la cima está desaconsejado tanto por nuestras guías como por nuestro simpático recepcionista, de modo que allí donde el coche no da más de sí nos damos media vuelta. Lástima, porque Snæfellsjökull tiene toda la literatura necesaria para que apetezca una ruta a pie. Sí, sería genial, pero el viento es perfectamente capaz de tirarte a un cráter sin ni siquiera emplearse muy a fondo. Súmale bastante niebla y tendrás el lugar perfecto para perderte intensamente.

Cansados de tanto viento y de tanto coche nos vamos en busca de un bar. Damos con uno que sí resulta estar en el fin del mundo, casi al final de una pequeña carretera, a punto de caerse al mar. Uno se pregunta cómo es posible hacer negocio en sitios como éste, tan aislado del mundo en un país ya de por sí bastante aislado. Nuestros cafés en el bar del fin del mundo saben a gloria, y nos devuelven el tono al cuerpo antes de volver al hotel, donde volvemos a romper el tópico de la mala comida local. Una cena a base de pescados nos confirma que a poco que aflojes mínimamente la cartera no cuesta nada complacer al estómago. Y, de paso, probar el pez gato…
Máxima: 13º
Mínima: 3º