Último post islandés, el del adiós a la gran isla.

Iceland: su nombre no es gratuito

Noveno amanecer en Islandia. Hoy es 29 de agosto y nos toca visitar, esta vez en serio, Reykjavík, que hemos dejado para el final. Será un día de compras y de relax, porque la experiencia de Mývatn nos ha convencido de que debemos probar el Blue Lagoon. Así que de buena mañana nuestro Grand Vitara se para ante el primer y último peaje que abonaremos al gobierno islandés, justo a las puertas de la capital. No repetiré las dimensiones de Reykjavík, ya sabemos que es una ciudad pequeña. En busca de souvenirs damos con la principal calle comercial, Laugavegur, que desemboca al oeste cerca de un pequeño lago, el Tjörnin. A su alrededor están algunas universidades, el ayuntamiento y, un poco más allá, el parlamento nacional. En Laugavegur compramos y comemos, dejando luego atrás Reykjavík rumbo al Blue Lagoon con la sensación de que es una ciudad maja. Nos queda una asignatura pendiente: probar su afamada vida nocturna. Queda como deberes para otro viaje…

El lago Tjörnin

A media tarde llegamos al Blue Lagoon, un Mývatn a gran escala. Como todo lo enorme, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Pierde encanto, pero gana en servicios. Nos quedamos extasiados con la pasta blanca que se encuentra en varios cubos repartidos por la orilla de lago y que, a cucharadas, nos aplicamos en la cara. Curiosamente, no hay rastro fotográfico de ese momento… Tras un par de horas a remojo nos damos por vencidos y ponemos rumbo a Sandgerði, la pequeña localidad del suroeste donde ya hicimos nuestra primera noche. Sí, repetimos alojamiento: Þóroddsstaðir, donde nos espera nuestro anfitrión Ingimar Sumarliðason, todo un personaje. Y es que justo entrando al pueblo le llamamos por teléfono para quedar con él y que nos dé las llaves. Su respuesta: “Están en la puerta”. Efectivamente, puestas en la cerradura están las llaves de casa, y allí mismo las dejaremos al día siguiente cuando nos vayamos. No creo que haya muchos robos en la zona…

Sandgerði nos recibe de fiesta. Una curiosa fiesta que tiene al pueblo dividido en cuatro zonas, cada cual con su color: azul, amarillo, verde y rojo. Los vecinos han decorado sus casas, jardines y coches con el color correspondiente, y ahora desfilan por el pueblo disfrazados con lo que haga falta, mientras sea del color que toca. Debemos ser los únicos forasteros. Algunos cantan, y casi todos parecen inmunes al frío y al viento que a nosotros nos tienen agarrotados.

Fiesta islandesa

La marea humana nos lleva a la zona del puerto, donde hay un escenario en el que se suceden los discursos, las canciones y las actuaciones. Nueve días aquí no nos han dado para aprender más islandés que takk fyrir (gracias), así que no pillamos nada de lo que cuentan los showmans. Cenamos la última pizza de agosto y al coche, a buscar Þóroddsstaðir, tarea que entre la falta de luz y lo breve de las indicaciones de que disponemos no se presenta fácil… Por suerte, la amabilidad local sale a escena, y una pareja a la que preguntamos acaba casi escoltándonos hasta casa. Ya sólo nos queda hacer la maleta y preparar el despertador para poder estar puntuales a las seis de la mañana en el aeropuerto, donde cambiaremos el fiel Grand Vitara por un avión de vuelta.

Islandia