…y es el olor de tu pijama, que aún flota por la cama, lo que me sube otra vez arriba, después de oír esa historia que nadie debería contar en primera persona, esa historia que en el fondo siempre es la misma, y que nosotros nunca haremos nuestra porque no nos gusta, así de sencillos somos, así de lógicos y básicos y primarios, no nos gusta y no la queremos porque nos pone plomos en la cintura y nos manda al fondo, y subo otra vez arriba, estaba diciendo, algo achispado por las estrellas, las de la noche y las otras dos, subo ahora que el viaje va a empezar y que no sabemos dónde anda la pista de aterrizaje, ni nos interesa, porque ya vendrá, porque lo único que queremos es flotar en el aire para ver las cosas desde el cielo, o en el agua para verlas desde el fondo, pero siempre lejos del ruido del suelo que nos tiñe de gris, que nos envenena, que nos desespera.
Se me ha olvidado cómo era tener miedo a volar, o el vértigo a las alturas. Cómo era mirar las estrellas desde abajo y no flotando a su alrededor. Quizá fue el despegue, tan maravilloso como el mismo vuelo, o quizá es la tranquilidad de saber que llevamos combustible suficiente como para no tener que aterrizar nunca a repostar. Me gusta el cielo, me gusta porque no tiene límites y siempre permite ascender más. De momento, sólo son 8 metros de altura (unas 6 Chenoas y media) pero, miro hacia abajo y no siento miedo.