
La religión, querido Marx, ya no es el opio del pueblo. El pueblo abandonó las iglesias, al menos en Occidente, para lanzarse en masa a los estadios deportivos. En el caso de España, léase de fútbol y solo de fútbol. El pan y circo se organizaba entorno a 23 señores en pantalón corto, y el aficionado blasfemaba ahora con total impunidad cosas que en sagrado debía callar. El llamado deporte rey era un narcótico ideal, lo fue durante años. Años que ahora parecen felices y lejanos, porque hoy el fútbol ya no es eso sino todo lo contrario. El fútbol tiende a lo anfetamínico. Ya no seda: revoluciona. Instalados en el duopolio, con algunos medios como incansable fuelle que han convertido a un deporte en una cuestión de vida o muerte, los españolitos de a pie hemos entrado de cabeza en una piscina de mierda. La prensa deportiva, dice el gran Enric González, solo busca masturbar al lector, por lo que la mejor aproximación escrita al fútbol la dan medios no deportivos. En la televisión la cosa está aún peor, porque es allí donde más se ha hinchado la burbuja. Algún día explotará, y entonces habrá contertulios que se darán cuenta, quizá sin horror alguno, que llevaban cinco años hablando de nada.
El showtime (que me perdonen los Lakers) televisivo que se practica ahora mismo en España antes, durante y después de cada partido es aberrante. Y la imagen de arriba lo ilustra de maravilla. Partamos de la base de que la entrega del Balón de Oro a Leo Messi no debería ser tan noticia: la noticia sería que se lo dieran a otro. Pero bien, es una de esas inevitables fiestas de fútbol. Un show engordado desde dentro que, al parecer, bien merece un programa. Entero. Un sarao en el que gracias a Piqué viene a cuento meter a Shakira y sacarla a bailar con Blatter. Y claro, la chispa televisiva de hoy en este país se cortaría una mano antes que quedarse ahí, así que se encomienda al savoir faire del forofo Roncero, que adquiere tintes de guiñol (cuando no es él es otro, no es nada personal) en su baile y en su verbo. Es solo un ejemplo, pero no uno cualquiera; estamos hablando de agenda periodística.
Lo peor de todo, no obstante, vive debajo. Esa banda sobreimpresionada en la que habitualmente se da voz sin filtro a cambio de unos cochinos céntimos se supera a sí misma y se convierte en una guía absurda: como si alguien fuera ajeno a ello, nos informa de lo que hace Roncero. Una oda a la neurona desenchufada. Una más.





