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Ismael Serrano – El camino de regreso
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Ismael Serrano – El camino de regreso

Durante la última semana, o los últimos quince días, ha habido un tema de conversación recurrente en varios de mis círculos de amistades: Facebook. Sobre todo, en lo referente a la privacidad, pero también en lo tocante a la usabilidad. Para rematarlo, hoy he leído dos interesantes posts sobre el tema y he vivido un curioso caso de uso de Facebook.
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Jorge Drexler y Paulinho Moska – Dos colores
En un punto se amontona
algo así como un torrente
dibujito sonriente
¿pinta de broma?
qué mala gente…
Pero nada de farol, todo probado
que sabiendo transformar
esto es coser y cantar
y del rizo está colgado
de su cuello bienoliente
del saberse parodiar
Quítame la ropa
vísteme de ti
de tu risa, abrazada a mi camisa
y a dormir
a una vida pero a un metro
Buenaventura gitana
dime si sí
ven vida sana
que me dicen que ya es hora
de malcribir Varcelona…
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Joaquín Sabina – Esta boca es mía

Esta noche he visto un cachito de Algo pasa con Mary, la peli de los Farrelly en la que tres o cuatro tíos se pelean por conquistar a Mary, esto es, a Cameron Diaz. Al final se la lleva el prota, claro… El caso es que él, Ted, la había intentado llevar al baile de graduación cuando eran jóvenes y ahora, más de diez años después, ella vuelve a su vida.
El argumento (Ted reencuentra a Mary a través de un detective privado) me ha hecho pensar en los mecanismos que tenemos hoy en día para recuperar viejas amistades, quizá incluso viejos amores, historias que no cuajaron, o por las que nunca nos atrevimos a apostar. Antes la cosa era realmente fruto del esfuerzo (aunque contratar a un detective privado quizá es demasiado vehemente) o de la casualidad; ahora basta un golpe de click… Allí puedes descubrir a esa persona que creías estancada en la edad que la dejaste, y que evidentemente ha evolucionado tanto o más que tú. Te preguntas qué hace, cómo viste, si sigue hablando igual, si se ríe de las mismas cosas, si mantiene los mismos hobbies, si seguiría bajando la mirada por los pasillos. Te preguntas, claro, qué ha pasado en su vida desde el día en que os visteis por última vez, si se ha enamorado, si le gusta su trabajo, si respeta a la persona que era, si cierra los ojos al besar… y qué es lo que le hace llorar, y qué planes de futuro tiene, y qué viajes tiene en la cabeza, y cuáles ha hecho ya, y dónde te guarda, y cuánto tiempo se pararía en la calle contigo, y quién duerme en su cama…
Preguntas todas ellas que jamás tendrán respuesta. Cuestión de protocolo…
Recuerdo nítidamente una sensación que tenía hace muchos años, cuando iba a la escuela: escuchar a los mayores quejarse de lo poco que da de sí un día. No me entraba en la cabeza que pudieran echar de menos horas, porque mi mundo se regía perfectamente con las 24. Mis obligaciones y devociones cabían en un día, sin más.
Ahora me río de aquel niño. Cuando me suena el despertador, por la mañana, no tengo tiempo de despertarme comme il faut. Me salto el desayuno (no es lo mismo sin mi hermana…) y tiro recto a la ducha. En el trabajo, raro es el día que me voy sin la sensación de haber dejado cosas pendientes. Las tardes se vacían entre clases de inglés o partidos de fútbol, actividades tan voluntarias como necesarias. La vida social y familiar, el imperdonable momento de derrochar un rato ante la pantalla (maldito Facebook…), ciertas series o una encarnizada partida a Mario Kart Wii hacen el resto. El día acabó, quedan pocas horas de sueño por delante antes de volver a saltarme un desayuno.
¿Dónde está mi gramática francesa? ¿Dónde está mi Proyecto Adán? ¿Dónde la prometida actividad física? ¿Dónde mis libros? ¿Y tú, dónde estarás?