El camino de regreso

No es tan raro que te sientes en ese banco del aeropuerto, siempre en ése, pues desde él lo controlas todo. No es tan raro que te sientas como en casa cuando en él te acomodas, y que cada vez más a menudo dejes tu mente volar. No es tan raro que allí te pasara lo que te paso aquel día… Aunque casi has borrado de tu mente a la persona que fuiste, alojando nuevas formas de hacer, a veces aquella persona pasa como un destello: en una palabra (siempre mágica…), en una risa, en un gesto. O, claro, en una mirada. Ella conoce el camino de regreso, pero tú pasas pacientemente la planta del pie por la arena que cubre sus márgenes, desdibujándolo… Y, sin embargo, aquel día, en aquel banco, saliste a volar. Descuidaste el camino. Y ella lo vio. El de regreso. Y cuando volviste y la viste con los ojos humedecidos por una sonrisa te enfadaste. Gritaste. Y borraste, de nuevo, el camino de regreso… Lo harás siempre, pues así son las cosas en el mundo que nos ha tocado vivir.

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Ismael Serrano – El camino de regreso

En la ciudad

Cuadro

Llevo ya rato despierto, y no es por la luz que se filtra por la ventana, no… llevo ya rato despierto, pellizcándome mentalmente, porque no me lo creo. Pero sí, la luz se filtra por la ventana y es la luz de la cuidad de la luz. Luz mortecina, de mañana de otoño. Tú sí duermes, quién sabe con qué sueñas. Quizá sólo estés mirando por la ventana, que es un sueño en sí mismo, con sus adoquines, sus charcos, sus rótulos tan trabajados, sus cúpulas… ¿Qué hacemos aquí? Me gusta pensar en nuestra huida, en haber venido a encontrarnos y no a perdernos. Me gusta pensar que la ciudad nos abraza, cubriendo las carencias de sus gentes nos abraza. Nos llueve, nos contamina, nos hiere a veces los oídos, nos retrasa y nos asusta, nos cuida sin que nos demos cuenta, nos alecciona, nos relaciona, nos corrige, nos desespera, nos hace llorar y reír, gritar y suspirar. Nos enamora. En la ciudad, que no es nuestra ni lo será. En la ciudad del pintor que cada día, desde su atalaya de barrio, nos dibuja. En alguna ciudad…

Facebook

Durante la última semana, o los últimos quince días, ha habido un tema de conversación recurrente en varios de mis círculos de amistades: Facebook. Sobre todo, en lo referente a la privacidad, pero también en lo tocante a la usabilidad. Para rematarlo, hoy he leído dos interesantes posts sobre el tema y he vivido un curioso caso de uso de Facebook.

  • Privacidad
    ¿Tiene Facebook un problema con la privacidad? No me he parado a leer, ni lo haré, los términos del servicio. Se comenta, se dice, se rumorea, que toooodo lo que subes a Facebook pasa a ser propiedad de Facebook, blablabla. Bien, vale, de acuerdo. No creo que sea lo que más preocupa a la gente. Ésta está más preocupada por saber quién ve las fotos del pasado sábado (dios, ¿por qué me dejé?) o qué está haciendo ahora su ex. Y con razón, porque partiendo de la base de que Facebook es una herramienta de cotilleo (puede serlo en un diez o en un noventa por ciento, pero es una herramienta de cotilleo), lo normal es eso. Facebook es información, a veces mucha información, y no es raro que quieras que esa persona no vea eso. Y a veces, hasta te arrepientes de haber añadido gente. Por suerte, todo se arregla, y basta con desetiquetar una foto. Eso sí, antes de que sea demasiado tarde…
  • Usabilidad
    En opinión de una de las personas que conozco que más sabe de webs, Facebook es poco usable. Mmm… Opinión también compartida, más o menos, por dos blogs de renombre de la blogocosa hispana: blogoff y Genbeta. Si pincháis podréis leer los respectivos posts, en los que ambos blogs se posicionan en favor de Tuenti. Yo tengo cuenta en ambos servicios y únicamente uso Facebook, por una sencilla cuestión: menos de diez amigos en uno, casi doscientos en otro. Pero más allá de esta lógica aplastante, me parece un poco tramposo decir que Tuenti es mejor porque Facebook está muy lleno de cosas. Internet está lleno de cosas y la tele no, ¿cuál usas para entretenerte? Yo lo tengo claro… Claro que Facebook tiene cosas inútiles. Claro que tiene mucha información. ¿Dónde está tu capacidad para filtrarla y quedarte con lo que te interesa? Estoy de acuerdo es que se puede pulir, empezando por una barra superior donde los accesos directos están duplicados: Facebook – Inicio, Perfil y mi nombre… Otro debate totalmente diferente sería determinar la utilidad real de Facebook, pero eso nos llevaría horas. Y tampoco la tengo tan clara…

Veo

Y te vi. En sueños, claro. O no, espera… no, mejor retrocedo: te vi despierto. Tras la barrera primero, luego teñida de azul, de azul magia, y morí, ya lo dije, de una foto al corazón. El pelo reposando en los hombros, los ojos disparando decibelios y la boca a punto de impartir una lección de sonrisas. Pero vamos a los sueños, a los primeros que he tenido con ojitos sanos, los primeros sin dioptrías deformantes. Estabas tú, morena. Tanto tiempo después de la última vez que te vi moverte, vez que, claro, no recuerdo. Estabas y estábamos, porque yo te llevaba de la mano a algún rincón de mi memoria. No recuerdo mucho cómo te soñé, apenas guardo la imagen de tu coleta… Pero sí sé que maldije lo más preciado que tenemos todos, que es despertarnos cada mañana. Lo maldije porque rompió el único espacio que compartimos, el de los sueños. La vida nos separa. En la vida eres azul, en los sueños… blanco y negro.

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Jorge Drexler y Paulinho Moska – Dos colores

Esta boca es mía

En un punto se amontona
algo así como un torrente
dibujito sonriente
¿pinta de broma?
qué mala gente…

Pero nada de farol, todo probado
que sabiendo transformar
esto es coser y cantar
y del rizo está colgado
de su cuello bienoliente
del saberse parodiar

Quítame la ropa
vísteme de ti
de tu risa, abrazada a mi camisa
y a dormir
a una vida pero a un metro

Buenaventura gitana
dime si sí
ven vida sana
que me dicen que ya es hora
de malcribir Varcelona…

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Joaquín Sabina – Esta boca es mía

Algo pasa

Esta noche he visto un cachito de Algo pasa con Mary, la peli de los Farrelly en la que tres o cuatro tíos se pelean por conquistar a Mary, esto es, a Cameron Diaz. Al final se la lleva el prota, claro… El caso es que él, Ted, la había intentado llevar al baile de graduación cuando eran jóvenes y ahora, más de diez años después, ella vuelve a su vida.

El argumento (Ted reencuentra a Mary a través de un detective privado) me ha hecho pensar en los mecanismos que tenemos hoy en día para recuperar viejas amistades, quizá incluso viejos amores, historias que no cuajaron, o por las que nunca nos atrevimos a apostar. Antes la cosa era realmente fruto del esfuerzo (aunque contratar a un detective privado quizá es demasiado vehemente) o de la casualidad; ahora basta un golpe de click… Allí puedes descubrir a esa persona que creías estancada en la edad que la dejaste, y que evidentemente ha evolucionado tanto o más que tú. Te preguntas qué hace, cómo viste, si sigue hablando igual, si se ríe de las mismas cosas, si mantiene los mismos hobbies, si seguiría bajando la mirada por los pasillos. Te preguntas, claro, qué ha pasado en su vida desde el día en que os visteis por última vez, si se ha enamorado, si le gusta su trabajo, si respeta a la persona que era, si cierra los ojos al besar… y qué es lo que le hace llorar, y qué planes de futuro tiene, y qué viajes tiene en la cabeza, y cuáles ha hecho ya, y dónde te guarda, y cuánto tiempo se pararía en la calle contigo, y quién duerme en su cama…

Preguntas todas ellas que jamás tendrán respuesta. Cuestión de protocolo…

Once segundos

…sin entender muy bien lo que dices (tic) pero atento a los ruidos que te envuelven porque (tac) en ellos está la clave de mi próximo paso, irreflexivo (tic), consistente en levantar la cabeza del papel y (tac) hacer como que no soy yo, como que no (tic) te espero, como que la casualidad nos ha juntado (tac), y bostezo de oírme, y me (tic) tiraría de los pelos si no tuviera (tac) las manos ocupadas en quitarme (tic) pájaros de la cabeza, (tac) malditos pájaros de la cabeza (tic)…

Tempus fugit

Recuerdo nítidamente una sensación que tenía hace muchos años, cuando iba a la escuela: escuchar a los mayores quejarse de lo poco que da de sí un día. No me entraba en la cabeza que pudieran echar de menos horas, porque mi mundo se regía perfectamente con las 24. Mis obligaciones y devociones cabían en un día, sin más.

Ahora me río de aquel niño. Cuando me suena el despertador, por la mañana, no tengo tiempo de despertarme comme il faut. Me salto el desayuno (no es lo mismo sin mi hermana…) y tiro recto a la ducha. En el trabajo, raro es el día que me voy sin la sensación de haber dejado cosas pendientes. Las tardes se vacían entre clases de inglés o partidos de fútbol, actividades tan voluntarias como necesarias. La vida social y familiar, el imperdonable momento de derrochar un rato ante la pantalla (maldito Facebook…), ciertas series o una encarnizada partida a Mario Kart Wii hacen el resto. El día acabó, quedan pocas horas de sueño por delante antes de volver a saltarme un desayuno.

¿Dónde está mi gramática francesa? ¿Dónde está mi Proyecto Adán? ¿Dónde la prometida actividad física? ¿Dónde mis libros? ¿Y tú, dónde estarás?