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Bill Watterson creó a Calvin y a Hobbes en 1985, y dejó de dibujarlos diez años después. La última de las más de 3000 tiras salió publicada el 31 de diciembre de 1995. Era un punto final perfecto. Desde entonces, Watterson ha estado completamente alejado de la vida pública, sin conceder entrevista alguna. Ahora ha roto ese silencio para The Plain Dealer, el periódico de su ciudad, Cleveland. Ha dicho algunas cosas tan interesantes como éstas:

  • El secreto del éxito: Intenté escribir lo más honestamente posible, crear un pequeño mundo divertido de contemplar, para que la gente se tomase su tiempo leyéndolo. Ésas eran mis preocupaciones. Muy de vez en cuando, si mezclas un montón de ingredientes surge química. No puedo explicar porque la tira cautivó de la manera que lo hizo, y no creo que pudiese volver a repetirlo. Hay muchas cosas que tienen que funcionar a la vez para lograrlo.
  • Parar a tiempo: Dije prácticamente todo lo que vine a decir. Siempre es mejor irse de la fiesta pronto. Si hubiera sucumbido a la popularidad de la tira y me hubiera repetido durante cinco, diez o veinte años más, la gente que ahora sufre por Calvin y Hobbes estaría deseando verme muerto y maldiciendo a los periódicos por publicar tiras aburridas y viejas en lugar de apostar por talento joven y fresco. Y yo estaría de acuerdo con ellos.
  • ¿Cómo te gustaría que la gente recordase a ese niño de seis años y a su tigre? Voto por “Calvin y Hobbes, octava maravilla del mundo”.

Más en The Plain Dealer

Escrito el 13.2.2010
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Hace unos meses me agregó al Facebook un tal Gabriel Ramírez Lozano. Ni idea de quién era, pero chafardeando un poco vi que tenía relación con la literatura, así que acepté. Ahora conozco su blog, que os recomiendo, y he leído cosas como ésta.

El bebé se había dormido y aproveché para sentarme en un banco a leer tranquilamente. No es habitual tener una oportunidad así, había que aprovechar. Casi al mismo tiempo, una mujer mayor (decir que era muy anciana es más exacto) se acomodó a mi derecha. “Qué suerte tienes, hijo, yo hace años que no puedo leer por la dichosa vista”. “Si quiere puedo hacerlo en voz alta”. Asintió, cruzó las manos apoyándolas en el regazo y esperó. Volví a abrir el libro por la primera página. “Enterrar a los muertos” de Ignacio Martínez de Pisón. Narra el asesinato de José Robles (poeta, ilustrador, traductor y profesor republicano) y el intento de aclarar el asunto por parte de John Dos Passos. Excelente obra. El bebé dormía, ella escuchaba, yo leía. Llegamos a la página cincuenta y uno. Guzmán se había despertado demandando algo de atención. Quise regalarle el libro. “Así se lo podrá leer un hijo o algún nieto”. “Vivo sola, guapo. Mis hijos vienen a verme de pascuas a ramos. Vivo más sola que la una”. Salimos juntos del parque. Se agarró de mi brazo y caminamos despacio hasta la puerta de la calle Menéndez Pelayo. Fue un rato estupendo. Me contaba, parando a cada poco, que ella vivía en Madrid cuando sucedió lo que Martínez de Pisón cuenta en su libro. No lo recordaba bien. La memoria apenas alcanzaba para poder rememorar el dolor de tripas cada noche por la falta de una cena abundante, a veces de una cena a secas. Un hermano pequeño, que murió antes de acabar la guerra, se llevaba buena parte de las raciones de los mayores. Once hermanos el año treinta y seis. Cuatro el treinta y nueve. “Ves que fácil es hacer feliz a una persona mayor. Sólo hay que hacer como si existiéramos, dejar que recordemos y escuchar un ratito”. Aunque me puse algo pesado, no dejó que le acompañase hasta su casa. Hemos quedado en vernos los domingos, en el mismo banco, a la misma hora. Quizás el próximo le pregunte su nombre. No estoy seguro de quererlo hacer porque el vínculo será un poco mayor. En casos como este, no se puede fallar. No me lo perdonaría. De todos modos, quiero pensar que este no será el único libro que leamos juntos. Y es que llevo un par de días pensando que los ancianos existen aunque nos hagamos los locos. Y lo peor de todo es que nos estamos perdiendo lo mejor. Eso es seguro.
Escrito el 8.1.2010
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Tristes guerras, si no es amor la empresa
Tristes, tristes…

Tristes armas, si no son las palabras
Tristes, tristes…

Tristes hombres, si no mueren de amor
Tristes, tristes…

Tristes, como aquellas tardes de guerra
Aquellas tristes tardes…

Miguel Hernández
Escrito el 7.1.2010
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T1, aeropuerto de El Prat

Y a vosotros, ¿qué os han traído los Reyes?

Escrito el 6.1.2010
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Ayer por la mañana desayuné viendo la tele. Tanto apagón digital, tanta TDT y resulta que siempre que enchufo al azar el aparato para matar 20 minutos tontos acabo yendo a parar a CNN+, al Canal 24 Horas o al 3/24. Una de las noticias más repetidas era el recrudecimiento de las medidas de seguridad en los aeropuertos que nos esperan este año, especialmente en los vuelos a, o desde, Estados Unidos. Hablaban de una evacuación masiva en Newark, que obligó a cerrar una terminal entera durante seis horas, y a todos los pasajeros de los vuelos afectados a volver a pasar por el control de seguridad. De rebote, polémica por los nuevos sistemas de escáneres corporales, verdugos de la intimidad.

En resumen: (aún) más incomodidades en los aeropuertos.

Habrá quien diga que la seguridad está por encima de todo. Y yo digo que sí, que me parece muy bien que los gobiernos se preocupen por que nuestro avión no estalle por obra y gracia de un terrorista. Aunque luego leas cosas como ésta en Microsiervos:

La probabilidad de ir en un vuelo en el que se produzca un incidente terrorista de este tipo ha sido de 1 entre 10.408.947 en la última década. Comparativamente, la probabilidad de que te caiga un rayo encima en un año cualquiera son de 1 entre 500.000. Esto significa que más o menos podrías embarcarte en unos 20 vuelos al año y todavía sería menos probable que sufrieras en primera persona un ataque terrorista a que te partiera un rayo.

Pero también me angustian los posibles fallos mecánicos y no sé yo si en eso se pone el mismo celo que en despelotar al prójimo bajo el arco de seguridad. Claro, si lo que peta es un motor o lo que sea, se depuran responsabilidades y listos; si lo que peta es una bomba, se pierden elecciones.

Pero quiero volver a lo de las incomodidades. Tengo aún fresco el recuerdo de un viaje a Londres hace mes y medio, a bordo de un vuelo operado por easyJet. Compañía con la que espero no verme más las caras, porque su funcionamiento deja bastante que desear… pero eso ahora no viene a cuento. Lo que quiero decir es que a la maravilla de la low cost (como a la maravilla de la TDT, me temo) se le están acabando las caretas. Cada vez conozco más gente que decide volar con las aerolíneas de bandera, las de toda la vida. Pagar un poco más por sentirse un pasajero digno.

Benditos trenes…

Escrito el 5.1.2010
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Grand piano
Reed-and-pipe organ
Glockenspiel
Bass guitar
Vocal chords
Two slightly sampled electric guitars
The venetian effect
Digital sound processor
and tubular bells

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Un genio…

Escrito el 4.1.2010
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La última viñeta de Calvin & Hobbes

El mundo parece nuevo después de la nieve, parece que todo vuelve a empezar. Se convierte en una hoja en blanco donde escribir cada día un trocito de historia.

Esta noche, una noche como cualquier otra, me gusta pensar que nieva mucho, que el mundo se cubre completamente de nieve. Para todos. Que, a partir de hoy, es un mundo lleno de posibilidades, un mundo mágico.

Explorémoslo…

Escrito el 31.12.2009
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No conocía El reservado hasta hace poco, algo normal si tenemos en cuenta que lo emiten en la televisión regional de Aragón. Se trata de un programa de entrevistas muy sencillo. Sin público, sin vídeos, sin música, sólo el presentador (Luis Alegre) y el invitado (gente del mundo del cine, la música, la televisión, la literatura, etc). Íntimo, como se suele decir en estos casos; yo creo que le pega más la palabra sobrio. Lo descubrí en un facebook ajeno que enlazó la entrevista a Leonor Watling:

En Youtube hay decenas de programas para ver, os recomiendo que le echéis un ojo para buscar algún famosete que os haga gracia porque seguro que la entrevista os encanta. Yo me quedo con las de Joaquín Sabina y Fernando Tejero.

Escrito el 3.11.2009
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Sé poco de El mundo: es un libro de Juan José Millás, y con él ganó el premio Planeta hace dos años. Cuando digo que sé poco quiero decir que sólo lo he leído. Normalmente suelo deglutir mucha información después de leer un libro (o ver una película, o escuchar una canción, o…) que me encante, pero esta vez creo que me quedaré así, sin buscar más referencias ni opiniones. Porque cuando uno acaba de leer El mundo de Millás, cuando uno sale del mundo de Millás, no sabe cuánta realidad y cuanta ficción hay en esa… ¿biografía? Había leído muchos relatos cortos de Millás, y una novela, pero El mundo es otra cosa. Es, en teoría, la historia de su vida, sin demasiadas ataduras cronológicas y con esa aura de irrealidad que siempre desprende Millás.

Cuando alguien escribe siempre se desnuda un poco, todo escritor asume cierto grado de exhibicionismo si somete su texto al ojo público. Da igual de lo que hables, siempre hay algo de ti mismo en todo. En el caso de una biografía, evidentemente, aún más: todo es desnudez. Pero nunca había leído, y creo que nunca leeré, algo tan extremo como lo que hace Millás en su novela. Se desnuda, se quita la piel y se retrata con una intensidad sólo comparable, claro, a la que él ve en su calle cuando la mira desde la casa del Vitaminas.

Es un libro espectacular por lo que cuenta, pero aún lo es más por cómo lo cuenta. El lenguaje de Millás es un átomo, él es el centro y las palabras que escoge son partículas que orbitan a su alrededor, y que se van cruzando en el momento justo, saludándote, dejándote con la boca abierta, porque sabe recuperar y mezclar las expresiones y las imágenes como nadie.

Hay que leer a Millás…

Escrito el 2.10.2009
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Hacer perder las ilusiones, dice la RAE. ¿Tienes presente la última vez que decepcionaste? Hablo de decepcionar en serio, y en concreto a decepcionar a alguien querido. Una de esas cagadas gordas, vamos… Yo tengo presentes, ahora mismo, unas cuantas. En estos días, no sé bien por qué motivo, me gustaría purgar una y no encuentro la manera. A veces las decepciones se quedan tan bajo la piel de la otra persona que no hay manera de recuperarlas… En este caso concreto, una batalla perdida, me gustaría poder sacar esa decepción de debajo de esa piel (estoy seguro que está bajo la piel, podría quizá hasta señalarla con el dedo, trazando un círculo) y llevármela un rato a casa.

Escrito el 2.9.2009
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