El reservado

3 de Noviembre
2009

No conocía El reservado hasta hace poco, algo normal si tenemos en cuenta que lo emiten en la televisión regional de Aragón. Se trata de un programa de entrevistas muy sencillo. Sin público, sin vídeos, sin música, sólo el presentador (Luis Alegre) y el invitado (gente del mundo del cine, la música, la televisión, la literatura, etc). Íntimo, como se suele decir en estos casos; yo creo que le pega más la palabra sobrio. Lo descubrí en un facebook ajeno que enlazó la entrevista a Leonor Watling:

En Youtube hay decenas de programas para ver, os recomiendo que le echéis un ojo para buscar algún famosete que os haga gracia porque seguro que la entrevista os encanta. Yo me quedo con las de Joaquín Sabina y Fernando Tejero.

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El mundo de Millás

2 de Octubre
2009

Sé poco de El mundo: es un libro de Juan José Millás, y con él ganó el premio Planeta hace dos años. Cuando digo que sé poco quiero decir que sólo lo he leído. Normalmente suelo deglutir mucha información después de leer un libro (o ver una película, o escuchar una canción, o…) que me encante, pero esta vez creo que me quedaré así, sin buscar más referencias ni opiniones. Porque cuando uno acaba de leer El mundo de Millás, cuando uno sale del mundo de Millás, no sabe cuánta realidad y cuanta ficción hay en esa… ¿biografía? Había leído muchos relatos cortos de Millás, y una novela, pero El mundo es otra cosa. Es, en teoría, la historia de su vida, sin demasiadas ataduras cronológicas y con esa aura de irrealidad que siempre desprende Millás.

Cuando alguien escribe siempre se desnuda un poco, todo escritor asume cierto grado de exhibicionismo si somete su texto al ojo público. Da igual de lo que hables, siempre hay algo de ti mismo en todo. En el caso de una biografía, evidentemente, aún más: todo es desnudez. Pero nunca había leído, y creo que nunca leeré, algo tan extremo como lo que hace Millás en su novela. Se desnuda, se quita la piel y se retrata con una intensidad sólo comparable, claro, a la que él ve en su calle cuando la mira desde la casa del Vitaminas.

Es un libro espectacular por lo que cuenta, pero aún lo es más por cómo lo cuenta. El lenguaje de Millás es un átomo, él es el centro y las palabras que escoge son partículas que orbitan a su alrededor, y que se van cruzando en el momento justo, saludándote, dejándote con la boca abierta, porque sabe recuperar y mezclar las expresiones y las imágenes como nadie.

Hay que leer a Millás…

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Decepcionar

2 de Septiembre
2009

Hacer perder las ilusiones, dice la RAE. ¿Tienes presente la última vez que decepcionaste? Hablo de decepcionar en serio, y en concreto a decepcionar a alguien querido. Una de esas cagadas gordas, vamos… Yo tengo presentes, ahora mismo, unas cuantas. En estos días, no sé bien por qué motivo, me gustaría purgar una y no encuentro la manera. A veces las decepciones se quedan tan bajo la piel de la otra persona que no hay manera de recuperarlas… En este caso concreto, una batalla perdida, me gustaría poder sacar esa decepción de debajo de esa piel (estoy seguro que está bajo la piel, podría quizá hasta señalarla con el dedo, trazando un círculo) y llevármela un rato a casa.

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Adiós, Islandia

29 de Agosto
2009

Último post islandés, el del adiós a la gran isla.

Iceland: su nombre no es gratuito

Noveno amanecer en Islandia. Hoy es 29 de agosto y nos toca visitar, esta vez en serio, Reykjavík, que hemos dejado para el final. Será un día de compras y de relax, porque la experiencia de Mývatn nos ha convencido de que debemos probar el Blue Lagoon. Así que de buena mañana nuestro Grand Vitara se para ante el primer y último peaje que abonaremos al gobierno islandés, justo a las puertas de la capital. No repetiré las dimensiones de Reykjavík, ya sabemos que es una ciudad pequeña. En busca de souvenirs damos con la principal calle comercial, Laugavegur, que desemboca al oeste cerca de un pequeño lago, el Tjörnin. A su alrededor están algunas universidades, el ayuntamiento y, un poco más allá, el parlamento nacional. En Laugavegur compramos y comemos, dejando luego atrás Reykjavík rumbo al Blue Lagoon con la sensación de que es una ciudad maja. Nos queda una asignatura pendiente: probar su afamada vida nocturna. Queda como deberes para otro viaje…

El lago Tjörnin

A media tarde llegamos al Blue Lagoon, un Mývatn a gran escala. Como todo lo enorme, tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Pierde encanto, pero gana en servicios. Nos quedamos extasiados con la pasta blanca que se encuentra en varios cubos repartidos por la orilla de lago y que, a cucharadas, nos aplicamos en la cara. Curiosamente, no hay rastro fotográfico de ese momento… Tras un par de horas a remojo nos damos por vencidos y ponemos rumbo a Sandgerði, la pequeña localidad del suroeste donde ya hicimos nuestra primera noche. Sí, repetimos alojamiento: Þóroddsstaðir, donde nos espera nuestro anfitrión Ingimar Sumarliðason, todo un personaje. Y es que justo entrando al pueblo le llamamos por teléfono para quedar con él y que nos dé las llaves. Su respuesta: “Están en la puerta”. Efectivamente, puestas en la cerradura están las llaves de casa, y allí mismo las dejaremos al día siguiente cuando nos vayamos. No creo que haya muchos robos en la zona…

Sandgerði nos recibe de fiesta. Una curiosa fiesta que tiene al pueblo dividido en cuatro zonas, cada cual con su color: azul, amarillo, verde y rojo. Los vecinos han decorado sus casas, jardines y coches con el color correspondiente, y ahora desfilan por el pueblo disfrazados con lo que haga falta, mientras sea del color que toca. Debemos ser los únicos forasteros. Algunos cantan, y casi todos parecen inmunes al frío y al viento que a nosotros nos tienen agarrotados.

Fiesta islandesa

La marea humana nos lleva a la zona del puerto, donde hay un escenario en el que se suceden los discursos, las canciones y las actuaciones. Nueve días aquí no nos han dado para aprender más islandés que takk fyrir (gracias), así que no pillamos nada de lo que cuentan los showmans. Cenamos la última pizza de agosto y al coche, a buscar Þóroddsstaðir, tarea que entre la falta de luz y lo breve de las indicaciones de que disponemos no se presenta fácil… Por suerte, la amabilidad local sale a escena, y una pareja a la que preguntamos acaba casi escoltándonos hasta casa. Ya sólo nos queda hacer la maleta y preparar el despertador para poder estar puntuales a las seis de la mañana en el aeropuerto, donde cambiaremos el fiel Grand Vitara por un avión de vuelta.

Islandia

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Islandia, día ocho

28 de Agosto
2009

Penúltimo día completo en Islandia, que se inicia con un empacho de coche. Casi seis horas de Grand Vitara que nos llevan desde la parte central del norte (Akureyri) hasta el medio oeste, en la península de Snæfellsnes. Una zona dominada por Snæfellsjökull, volcán y glaciar protagonista de la novela de Julio Verne Viaje al centro de la Tierra. En ella, un profesor alemán, guiado por las escrituras del sabio islandés del siglo XII Arne Saknussemm, se aventura a adentrarse en el volcán islandés acompañado de su sobrino y de un guía local, en busca del centro de la Tierra.

Empacho de coche

Pasado el mediodía y una breve pausa para comer llegamos a destino: Langaholt, un hotelito a orillas de la Faxaflói (bahía de Faxa) en el que dejamos rápidamente los trastos para seguir, aún más al oeste, nuestra ruta hacia el Snæfellsjökull. El recepcionista del hotel, que chapurrea un castellano tan rupestre como gracioso, nos recomienda visitar el extremo más occidental de la península, un lugar que él describe como el fin del mundo. Pues vale, allí que nos vamos, sólo para descubrir que… bueno, si has estado en Asturias (y supongo que Galicia encaja también perfectamente, incluso Escocia; en general, cualquier sitio donde toquen la gaita) tampoco impacta mucho este fin del mundo islandés. Praderas verdes y acantilados que ponen los pelos de punta, pero nada insólito como sí es, y mucho, Snæfellsjökull. De todas maneras, aprovechamos el terreno para practicar un poco más el noble arte de hacer volteretas y croquetas varias.

El fin del mundo

Ahora sí, turno para Snæfellsjökull. Un gigante de casi 1500 metros (lo más alto que puedes subir en Islandia son los 2100 metros del Hvannadalshnúkur) que parece realmente una puerta ideal para adentrarse en el centro de la Tierra. Más bien en el infierno… Julio Verne tuvo bastante buen ojo, la verdad. Es una mole de grava con lagunas de nieve y hielo, cubierta por la niebla y abofeteada sin piedad por el viento. Tres grados de temperatura a finales de agosto, y son las seis de la tarde. No me gustaría estar aquí en invierno…

Frío...

Lo más increíble de nuestra visita al Snæfellsjökull es no cruzarnos con un sólo coche en ningún momento, cosa que dispara todavía más la sensación de territorio inhóspito. Subir hasta la cima está desaconsejado tanto por nuestras guías como por nuestro simpático recepcionista, de modo que allí donde el coche no da más de sí nos damos media vuelta. Lástima, porque Snæfellsjökull tiene toda la literatura necesaria para que apetezca una ruta a pie. Sí, sería genial, pero el viento es perfectamente capaz de tirarte a un cráter sin ni siquiera emplearse muy a fondo. Súmale bastante niebla y tendrás el lugar perfecto para perderte intensamente.

Snæfellsjökull

Cansados de tanto viento y de tanto coche nos vamos en busca de un bar. Damos con uno que sí resulta estar en el fin del mundo, casi al final de una pequeña carretera, a punto de caerse al mar. Uno se pregunta cómo es posible hacer negocio en sitios como éste, tan aislado del mundo en un país ya de por sí bastante aislado. Nuestros cafés en el bar del fin del mundo saben a gloria, y nos devuelven el tono al cuerpo antes de volver al hotel, donde volvemos a romper el tópico de la mala comida local. Una cena a base de pescados nos confirma que a poco que aflojes mínimamente la cartera no cuesta nada complacer al estómago. Y, de paso, probar el pez gato…

* * *

Máxima: 13º
Mínima: 3º

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Islandia, día siete

27 de Agosto
2009

Con Goðafoss tan cerca, la primera cosa tras desayunar está clara: visitar la cascada de los dioses. Cuenta la leyenda que en el año 1000 el lögsögumaður (una especie de cargo relacionado con el mundo del derecho) Þorgeirr Ljósvetningagoði decidió que Islandia debía abandonar los ritos paganos escandinavos y convertirse al cristianismo. Como muestra, lanzó sus estatuas con las figuras de los dioses nórdicos cascada abajo, y de ahí el nombre. Nosotros no hemos lanzado nada: visita corta con una de las pocas fotos de equipo… y rumbo a Mývatn.

Goðafoss

El nombre de esta región tampoco es gratuito. En islandés, significa mosca, y vatn quiere decir lago. Ni os imagináis la cantidad de insectos que rondan la zona, y lo pesados que son… El lago en sí es quizá lo menos atractivo de Mývatn; sus alrededores nos han servido para dar un paseo por una especie de parque con forma de laberinto que casi logra su objetivo, aunque al final hemos conseguido salir y volver al coche para ir a una de las zonas más espectaculares de la isla: Krafla.

Si la luna tuviera un infierno sería bastante parecido a Krafla. Desértico, pero con la constante amenaza de que algo bajo el suelo reviente. Krafla, al fin y al cabo, es una de las áreas de la isla que conservan actividad volcánica. Entre 1975 y 1984 hubo una media de una erupción volcánica al año, y aún hoy en día es perfectamente visible que algo se mueve ahí abajo. De todos los minivolcanes que pueblan la explanada nosotros hemos subido al Hverfell, una breve ascensión en la que cada uno ha marcado su propio ritmo…

Hverfell

Y, ahora sí, quizá dos de los momentos más espectaculares de este viaje. El primero ha sido bastante casual, ya que yendo en coche hemos empezado a ver unas pequeñas columnas de humo saliendo del suelo. Al bajarnos para chafardear hemos comprobado que se trataba de vapor, muy caliente, saliendo desde las abundantes grietas que rompen el suelo de la zona. La sensación es muy curiosa: un frío matador aún a pleno sol del día y, acercándose a medio metro de las grietas, clima mediterráneo al calor del vapor. Con la experiencia de sentirnos mejillones por unos momentos nos hemos puesto en ruta hacia Hverir.

Hverir

Hablando en plata, y perdonad la franqueza, Hverir es un campo de mierda y barro. En realidad mierda no hay, pero el olor que flota en el ambiente casi hace desear que la haya. Hverir es una especie de congreso de bombas fétidas, un festival de la peste, un sitio donde agradeces llevar bufanda… para taparte la cara. Los sulfuros y alguna sustancia más de las que, literalmente, hierven en charcos como el de más arriba son las responsables del hedor a huevos podridos que reina en todo momento. Más allá de esto, la verdad es que es muy impresionante contemplar que la Tierra está viva, que bajo nuestros pies tenemos una fina capa firme pero debajo hay un movimiento constante, y los minilagos de barro de Hverir son ventanitas a ese mundo subterráneo. Por cierto: ojito si visitáis la zona porque es peligrosa, no seríais el primer turista que sufre quemaduras graves por hacer el tonto y acercarse demasiado a estas calderas. Ah, atentos al siguiente vídeo y a las onomatopeyas de los guiris…

Después de medio día de caminatas, subiendo y bajando, ha llegado el turno del relax en los Mývatn Nature Bath, unas bañeras naturales al aire libre con agua a casi 40 grados. Claro que Mývatn no iba a dejar tranquilas a nuestras narices tan fácilmente: el olor ambiente es bastante similar al de Hverir. Bueno, en realidad es mucho menos intenso, pero a mí me dan arcadas por momentos… El agua es de un azul turquesa intenso, y justo al lado hay una sauna para ir combinando un rato de remojo con otro de sudor.

Mývatn Nature Bath

Los baños de Mývatn no son los más importantes del país: los del Blue Lagoon, a tiro de piedra de Reykjavík, no sólo son el triple de grandes sino que además se les considera como la principal atracción turística de la isla. Y, por tanto, la más masificada. Por eso nosotros elegimos en su día venir a Mývatn en lugar de al Blue Lagoon, aunque la experiencia ha sido tan genial que planeamos repetir en la capital.

El estado de relax en el que dejamos los baños nos acompaña hasta Akureyri, la segunda ciudad más importante de Islandia. Allí seguimos llenando la bolsa de los souvenirs, probando capuccinos y chocolates calientes y decidiendo qué seríamos cada uno si en lugar de humanos fuésemos frutas, animales o colores. Hacemos noche, muy cerca del núcleo urbano de Akureyri, en un super-cottage con barbacoa, hot tub y un salón enorme. Hay tiempo para un rato de lectura y para una partida de Uno con regalo incluido: fregar los platos.

El tiempo islandés se agota…

* * *

Máxima: 13º
Mínima: 8º

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Islandia, día seis

26 de Agosto
2009

Dettifoss

¿Desayuno islandés? Cascadas. Ración doble con Hafragilsfoss y Dettifoss. Esta última es quizá la más espectacular de todas las que hay en el país (en realidad cada una tiene un la más que la hace especial). Dettifoss es fuerza bruta, agua sucia… explicar lo que transmite es complicado, una mezcla de estímulos para la vista y el oído difícil muy especiales. Con los datos en la mano, Dettifoss es la cascada más caudalosa de Europa. No es especialmente alta (44 metros), pero sí ancha (100), arrastrando una media de 200 metros cúbicos por segundo, con picos de hasta 500 en épocas de deshielo. La espuma que levanta, dicen, se puede ver a un kilómetro de distancia. Hafragilsfoss es más discreta, pero mucho más accesible. Casi como un tobogán gigante.

Hafragilsfoss

Tras las cascadas, nueva caminata. Esta vez por la zona de Hólmatungur, un paisaje bastante diferente al que llevamos viendo en los últimos días. Tres kilómetros y medio de paseo por unos caminos con mucha vegetación, una vegetación más convencional para nuestros ojos. Eso sí, ni un alma en el camino. Sin duda, una de las grandes virtudes de este país es que estás tranquilo en cualquier lugar, ya sea en medio de la nada o en la ciudad más poblada. Se respira calma siempre. Como el clima nos sigue respetando y con la tontería ya llevamos unos cuantos kilómetros en las piernas, la mullida hierba de Hólmatungur nos sirve para aprovechar el solete y tumbarnos a la bartola, por una vez sin hacer el mono. De fondo, el sonido del agua de un riachuelo nos arrulla… Siempre tendrás agua a mano en Islandia.

Y llegamos a Húsavík, que con sus poco más de dos mil habitantes es una de las ciudades más importantes del norte de la isla. Presume de ser la capital de las ballenas. Matiz: del avistamiento de ballenas. Sí, porque si se te ocurre ir a la oficina de turismo para preguntar por algún restaurante en el que degustar su carne es probable que no se lo tomen demasiado bien. El señor a cargo, que chapurrea un castellano de lo más gracioso, nos hace notar que aquí se ven ballenas, no se cocinan. Aunque si no te importa hacerlo tú mismo, es tan sencillo como ir al supermercado y comprar la carne, que venderla la venden.

El puerto de Húsavík

Efectivamente, si quieres pagarte una excursión en busca de ballenas, Húsavík es tu sitio. Nosotros no hemos querido, pese a que las compañías aseguran un alto porcentaje de avistamientos e incluso ofrecen un segundo viaje gratis en caso de que el primero haya sido estéril. A cambio, preferimos buscar un bar donde seguir probando suerte con las cervezas locales, y damos con uno bastante majo que se llama, apropiadamente, Moby Dick. A la hora de cenar nos damos cuenta de que más allá de la coqueta iglesia y su pequeño puerto, Húsavík tiene tres restaurantes. Tres quiere decir tres, ni uno más. En el escogido hemos podido probar la carne de puffin: aceptable.

Y a dormir a Fosshóll, en el valle de Bárðardalur, donde el viento o la belleza del paisaje o algo debe reblandecer los sesos humanos. Al menos los del encargado del alojamiento. Para empezar, nos ha dado las llaves de un apartamento ocupado, con tan mala suerte que la pareja inquilina ya estaba en la cama, y con todo apagado, cuando hemos querido entrar. Nosotros hemos visto ropa y maletas, y hemos ido a por el susodicho encargado; al volver, la pareja estaba levantada, vestida y con una cara de susto que daba penica. El encargado, eso sí, de lo más tranquilo. Luego han venido los problemas con nuestra calefacción, todo ello salpimentado con su inglés totalmente incomprensible… en fin. A todo esto, el entorno de esta noche es absolutamente espectacular. Está presidido por Goðafoss, cascada que visitaremos mañana, pero que rompe a solo unos metros de nuestras habitaciones.

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Máxima: 16º
Mínima: 8º

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