Estaciones
24/10/06
No queda nada para el cambio de hora. Ese momento del mes de octubre en que el otoño, y casi el invierno, cae sobre nuestras cabezas. La oscuridad se comerá un cachito de día durante casi medio año… Ahora, al menos en Barcelona, aún estamos suspendidos en el principio del otoño, una época muy bonita para la vista. Especialmente a cierta hora de la tarde, sobre las siete más o menos, en que el cielo es una maravilla.

Si no hay muchas nubes, mirar hacia arriba es un chute de serenidad para el espíritu. El color del cielo es indefinible (máxime para un daltónico) y te puedes comer fácilmente una farola mientras caminas hipnotizado. Es una imagen rara, y si pillas la hora exacta quizá hasta veas como lucha, alguien contra alguien o algo contra algo, allá arriba. El día, mientras, se pone el pijama ajeno a la tristeza ajena y, peor para el sol, se mete a las siete en la cuna… Esta tarde, cuando caminaba a golpe de música y pensaba esto, me daba la sensación de que tendría mucho más que decir…
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Helo aquí: ‘el piset’. Así ha sido bautizado y así se lo hemos contado. Un trozo de suelo barcelonés situado a la nada desdeñable altura de cuatro pisos (servidor, que tiene vértigo hasta cuando se pone tacones o se sube a una silla, ya ha presentado carta de exención de tender la ropa…) y cuyas paredes encerrarán, esperamos, mucha vida. Ahora mismo el piso está en la fase ‘Ave Fénix’, oséase, renaciendo de sus cenizas: ladrillos, ‘racholas’, lavabos, regatas… el maravilloso mundo de las reformas, amigos. Eso sí, una cosa he aprendido: el próximo piso… ¡¡nuevo a estrenar!! De todas maneras estoy (estamos, vaya) muy contento de haber ido a parar al