A ti, Maga

19/1/08

Llegó el día en que la Maga borró su cara, y eso me dio fuerzas. La Maga tenía el solemne poder de hurgar en los corazones como un niño que descubre la maleabilidad de la plastilina. No se trataba de mala intención, sino de los efectos colaterales de un gran poder. A mí, por ejemplo, la Maga me cambiaba el tamaño de la cama. Suena estúpido, pero era así… Podía disminuir su superficie de tal manera que no me quedaba otra que estirarme recto como una vela y estar quieto, muy quieto, a riesgo de precipitarme por los afilados acantilados (centenares de metros de caída libre) que se habían abierto a cada lado si me movía lo más mínimo. En esas ocasiones la angustia no me dejaba dormir, y únicamente me calmaba mirando al techo e intentando buscar las estrellas que estaban detrás. Otras veces, la Maga era capaz de agrandar la cama, y entonces yo tampoco conciliaba el sueño; aún sabiendo que a la mañana siguiente todo volvería a la normalidad, la vastedad del colchón me apretaba alguna tecla en algún lugar del subconsciente, y aterrado empezaba a gatear en la oscuridad buscando el linde de aquella pesadilla, y siempre acababa exhausto, sediento, hambriento, repitiendo su nombre como si eso me diera más fuerzas… Otras veces, las menos, acortaba la altura de la cama y la rodeaba de siseantes fogatas, poco a poco, forzando mi postura; entonces yo intentaba juntar las rodillas con la barbilla, y me rodeaba las espinillas con los brazos buscando el refugio fetal.

Benditas magas…

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El centro de la Tierra

25/10/07

Era su última visita al centro de la Tierra. En realidad era consciente de que en un futuro muy próximo iba a tener que volver, pero, formalidades aparte, era la última vez que entraría allí con el corazón. Lo sabía.

Contempló los muros desnudos. Contempló la parca tecnología, antítesis del mundo exterior. Contempló las imperfecciones. Contempló las luces y las sombras. Contempló el mutismo que le rodeaba. Contempló las horas que faltaban en cada rincón, y el sudor, los suspiros y las manos que éstos escondían. Contempló el pesadísimo polvo que cubría los objetos no olvidados, pero abandonados. Contempló las arrugas en la cara de algo que no llegó a reconocer. Notó, en la nuca, miles de segundos pasando.

Recogió el corazón. Lo acarició, mal que bien, y le dijo algo inaudible al oído.

Y se fue.

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Hormigas

23/8/07

Hormiga

La hormiga era consciente de su condición. Hormiguita-homiguita, pico y pala, le cantaban. Un día asomó la cabeza por encima de la alambrada, y vio. Otro día se disfrazó de abeja, y picó. ¿Por qué le gustaba si ella era una hormiga, y las hormigas no pican, y además hemos dicho que ella era consciente de su condición?

Otro día se volvió a disfrazar de abeja, y se clavó el aguijón. ¡Ay! Tardó algún tiempo en rescatar el disfraz, y nunca dejó de ser consciente de su condición.

Un día se planteó si el problema era picar, clavarse el aguijón o ser consciente de su condición de hormiga. Se propuso no pensarse más como hormiga y tampoco volver a disfrazarse de abeja. En cuanto acabó de decidirlo, salió a la calle y compró una sonrisa.

Imagen :: marsjuh_DB

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Una canción

13/8/07

Siempre le preocupó el futuro, el mañana.

Asistió a la escuela primaria con miedo al instituto, a crecer, cursó bachillerato con pánico a equivocar sus estudios universitarios e hipotecar su futuro laboral, dio su primer beso con el peso de la inexperiencia a cuestas, en lugar de con la ligereza de la ilusión, entró en la facultad lastrado por la inseguridad, aterrorizado por no encontrar su lugar ni allí ni fuera de allí. Los años se le echaron encima y nunca se paró a disfrutar del presente, de la esposa, los amigos, la salud, el coche de empresa, el sentido del humor, las noches de verano, la lluvia en la cara, los domingos de sol, las carcajadas…

Siempre estaba preocupado por el futuro, por el mañana.

Hasta que un día descubrió qué quería ser: sería una canción.

Y renacería, más o menos guapo, cada vez que el virtuoso o el aprendiz desenfundasen su instrumento. Y reviviría instantes de su vida cada vez que sus notas eternizaran una noche para dos. Y se travestiría cada vez que alguien decidiera versionarle.

Sí, al morir sería una canción. Y así vivió feliz.

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Por Dupré

24/7/07

James Milton McIntosh había nacido en el seno de una familia de clase media en Aberdeen, poco después de que el punto de ebullición de la Revolución Industrial quedara atrás. Su padre siempre quiso que estudiara leyes, pero desde pequeño tiró más hacia las ciencias. Amó la psicología y la biología y abandonó las Islas Británicas para empaparse de la vida francesa cuando el siglo XIX se instalaba en la vejez. Cuando llegó a París, su primera ocupación fue en la obra de construcción de la Torre Eiffel.

La torre Eiffel en 1888

McIntosh era un gran lector, y las noches que no pasaba cortejando torpemente a mademoiselle Dupré las ocupaba en deglutir tomos y tomos de enciclopedias, libros de viajes o revistas científicas. En uno de sus frecuentes sueños, a raíz de una indigesta cena a base de picante, el formidable escocés visitó a una tribu perdida en las selvas de Papua, donde los hombres eran sordos y las mujeres mudas a causa de la endogamia galopante que era norma desde tiempos inmemoriales. Los Womee, pues así los bautizó McIntosh al día siguiente, no utilizaban lenguaje sonoro alguno, y toda su capacidad comunicativa se ceñía al prodigioso movimiento de la zona supraocular de su rostro. Con ella, y en menor parte con otros mecanismos como la sonrisa, el llanto, la exhibición de la lengua, el ladeo de la cabeza, los guiños y decenas de trucos más, los Womee lograban enfadarse, pelearse, reírse, censurarse, sorprenderse… y, en última instancia, quizá enamorarse.

El caso es que durante el día que siguió al sueño, tras repasar mentalmente una y otra vez los usos comunicativos de los Womee, McIntosh inventó las cejas.

Como era de esperar, la noticia corrió a toda velocidad por Francia entera, y por medio mundo, y, en pocos días, quien más quien menos tenía su par de cejas de fabricación casera. Nuestro escocés se frotaba las manos, y no por los grandes beneficios de la patente que ya estaba cursada en la pertinente oficina, sino porque ahora podría expresar con la capacidad y energía merecidas su amor a mademoiselle Dupré.

Lástima que unos días después el Comité prohibiera el uso de las cejas y decidiera deportar a McIntosh, quien por otro lado no tuvo problema legal alguno de vuelta a las Islas. Allí, simplemente, no interesaba un invento como las cejas. McIntosh falleció víctima de la pena. A su muerte, el uso de las cejas empezó a normalizarse y no ha hecho sino crecer hasta nuestros días.

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