12 de Septiembre
2007
O lo que es lo mismo, underwater…

Nunca he acabado de sentirme cómodo en el agua. No he subido a muchos barcos, pero definitivamente soy de los que prefieren el avión. Quizá es absurdo sentirse más seguro a 10.000 metros de altura que a cuarenta de la costa, pero nadie dijo que fuéramos seres cien por cien racionales (espera… ¿o sí?)
El caso es que hace unos días recibí un bautizo: el de submarinismo. Una inmersión de quince minutos en aguas de la ma-ra-vi-llo-sa Costa Brava (Aiguafreda, para más señas) que cambiaron algunas de mis sensaciones sobre el medio acuático. Y mira que la cosa no empezó muy bien… Yo sabía que el momento de bajar me iban a atacar los nervios: ya lo he dicho, nunca he acabado de sentirme cómodo en el agua, así que me puse a hiperventilar como una parturienta. Superado el episodio, abajo. Y, joder… qué panorama. Es increíble ver cómo, a tiro de piedra de la orilla, hay tanta vida y tanta… cosa: peces, erizos, algas, rocas, ¡montañas!
La sensación corporal, la relativa ingravidez, el control sobre la sencilla (pero efectiva) maquinaria que cargas, la mínima (pero efectiva) capacidad de comunicación, el paisaje, la novedad, todo pone su granito de arena para que la experiencia sea más que agradable. El próximo paso, sí, es hacer el curso blablabla-nosequé (PADI Open Water Diver) para poder practicar submarinismo sin monitor. Será de cara a la primavera, pero ya tendré con quién ir porque hay dos (1 - 2) que se lo han tomado muy en serio… ¡¡¡Yaaaaaaaarrrrrhhh!!!

Creo que es la primera vez que sale una foto mía actual en este blog…
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