Posiblemente estoy mediatizado por aquello de vivir de cerca la Liga española y no las demás, pero a día de hoy considero a Barcelona y Real Madrid como los dos mejores equipos del mundo. Sin discusión. Los otros grandes campeonatos pueden aportar a Manchester United, a Chelsea, a Arsenal, a Inter, a Milan… la Champions puede señalar al Schalke, o a quien sea. Pero ninguno está a la altura de los dos monstruos. Así que, además de su larga rivalidad, azulgranas y blancos pelean ahora más que nunca por la supremacía mundial. Ahí es nada… Lo hacen desde dos propuestas diferentes. El Barça está marcando época desde hace años. Cogió carrerilla con el fichaje de Ronaldinho, y en cuanto Guardiola se sentó en la banda del Camp Nou todo ha sido una borrachera de títulos y buen juego. Muy buen juego. He oído y leído a algunos periodistas veteranos hablar del mejor equipo que han visto jamás. Ojito, eh, que eso es mucho decir… El Madrid está ahí, que no es poco. Le ha discutido ligas al Barça de manera espectacular, apretando los dientes como nadie esperaba. Poulidor fue un gran ciclista sin amarillo, y así era un poco la cosa en el Bernabéu últimamente, al menos hasta la Copa. Este Madrid, con una plantilla brutal, reúne muy poco premio por culpa del Barça. Cuestión de ciclos. Florentino trajo el verano pasado al entrenador idóneo para revertirlo, porque nadie hace suyo de mejor manera aquello de que el fin justifica los medios que Jose Mourinho. Mou, el enemigo público número uno del Barça. El extraductor, el peón de Robson que ha acabado siendo la mayor vedette del circo. Mou, The Special One.
Sí, toca hablar de fútbol. De lo de Sudáfrica. Y como es algo que debe ser escrito en caliente… allá vamos, antes de que pase más tiempo.
Mi primer recuerdo de un Mundial es Italia ’90. Apenas recuerdo partidos o jugadas concretas, son más bien imágenes mentales de aquella tele, de aquel verano, de cómo recreábamos los enfrentamientos en un pequeño trozo de césped, de cómo me llamaban Maradona (por el pelo rizoso, no os engañéis), de cómo Italia cayó con Argentina en semis… De España poco: la falta que nos mete Stojković y ya está. En USA ’94 ya recuerdo la colección de cromos, el gol de Goiko, la cagada de Salinas (con audio, por favor…), el cabreo de Luis Enrique, las rastas de Larsson, etc. Eso sí, recuerdo que no vi el partido de cuartos de final. Debía de estar jugando a fútbol…
Francia ’98 me pilló a medio camino entre Barcelona e Irlanda. Antes de irme me dio tiempo a despedir a España, que hizo las maletas en la primera fase pese al 6-1 a Bulgaria. En Dún Laoghaire recuerdo los goles de Francia, pero sobre todo la semi entre Holanda y Brasil. En 2002, llegaron los madrugones y la rabia de los penaltis, y en 2006 el lado profesional. Y ahora, 2010. Un Mundial al que no sólo llegábamos, como siempre, con buenos jugadores, sino con el posiblemente mejor equipo del mundo. Jugadores, además, acostumbrados a ganar todos ellos, tanto con la selección como con sus clubes. Una generación de oro.
No podemos decir que hemos ganado el mejor Mundial de la historia. La final, sin ir más lejos, debió de ser bastante insufrible para los no implicados. Nuestra media goleadora, por otro lado, no ha sido para tirar cohetes: 1-0 en los cuatro choques de eliminatoria directa. Y el juego en general ha estado dos peldaños por debajo del de la Eurocopa.
Pero, bendito Boskov, fútbol es fútbol, y a la hora de ganar lo demás se suele retirar de la mesa. Además, España ha sido posiblemente la mejor selección del torneo, junto con la inesperada (aunque eso es mucho decir de los que según Lineker siempre ganan) Alemania. Ha tenido un delantero excepcional con Villa, desgraciadamente apagado en el tramo final; ha superado la complicadísima situación de Torres; ha vuelto a colocar los focos en el mediocampo; ha hecho suspirar a medio planeta por una pareja de centrales; ha confirmado que Casillas sigue siendo el rey; y ha dado la alternativa a los que serán los jefes mañana: Busquets, Llorente, Pedro…
Hace mucho, creo, que los Mundiales no emocionan del todo. El torneo de este año tenía que ser el de Messi, porque una ley no escrita de los Campeonatos del Mundo es que necesitan un rey. Pelé es la máxima expresión del idilio futbolista-Mundial, pero otros como Cruyff tuvieron su momento (abortada por Alemania, claro), y la jugada de todos los tiempos de Maradona aún resuena en muchas cabezas.
Hemos palmado, el Inter nos ha metido tres. Han jugado mejor que nosotros (mucho mejor) y las semis se ponen cuesta arriba. Cuando Piqué se casca los últimos 20 minutos siendo la referencia en ataque, algo va mal, y es que sentar a Ibra y sacar a Abidal es un suicidio si luego no sacas a Henry o Bojan. Gente con capacidad para rematar las pocas opciones que puedas tener ante un Inter encerrado. En fin, el análisis es sencillo: toca remontar, ganar de dos en casa. No es imposible, y menos contra un equipo que vendrá a cerrarse lejos de su afición y que con un gol pronto puede venirse abajo. Pero este post no sólo quiere hablar del partido, como se puede deducir desde el título…
El otro día fui con mi hermano al Camp Nou a ver el Barça-Depor. Bojan marcó en el minuto 15 y a la media hora el Barça había generado tanto juego, y tan bueno, que el 1-0 se quedaba muy corto. El Depor apenas había pasado de medio campo y Riki, la única referencia en punta, hacía llorar. Es decir: Barça on fire, rival desinfladísimo y una segunda parte para sentenciar disfrutando. ¿Estaba ganado el partido? No, claro. Nunca hay un partido ganado. Sencillamente, pintaba bien. Pero al lado de mi hermano, el dodotis culé: un señor de ¿50 años? que tras el 1-0 pedía calma, exigía más goles para estar tranquilo, recriminaba cada fallo del Barça… en lugar de disfrutar del fútbol y animar, que es lo que hay que hacer en un campo de fútbol.
Mi generación, los culés nacidos en los 80, hemos sido afortunados: no recordamos Sevilla y para nosotros la varita mágica de Cruyff, extendida luego a Rijkaard y Guardiola, ha estado siempre ahí. No hemos vivido las malas épocas, por mucho que tragar con tres Champions merengues fuera duro. El mejor equipo del siglo XXI probablemente sea el Barça, así que para nosotros confiar en nuestro equipo debería ser natural.
En lugar de eso, el dodotis se hereda. La inmensa mayoría de culés saca pecho tras el pitido final, pero agacha sistemáticamente la cabeza antes de cada gran cita. ¿Vamos al Bernabéu? Uy, palmamos seguro. ¿Semis contra el Inter? Nos follan fijo. Y así siempre. Pues no, señores. Podemos perder, porque nadie es infalible, pero antes del partido somos favoritos como el que más y tenemos que aprender a comportarnos como tal. Desde el respeto, Guardiola style, pero si no aprovechamos este impresionante momento del Barça para presumir de equipo… apaga y vámonos.
Fuera dodotis. ¿Vamos a ganar al Inter? Pues no lo sé, pero espero, creo y confío en que sí. Y si me equivoco no pasa nada. El ya dije yo que palmábamos me sirve de tan poco…
Pues vale, igual tiene un carácter complicado, quizá es un fiestero, un egocéntrico, es posible que dinamite el vestuario y el verano que viene lo estemos vendiendo por la mitad… pero sólo pensar que puede meter un golito como éste:
36 kilos por Overmars, 35 por Saviola… ¡Bienvenido, Zlatan, has salido barato!
Mayo de 1999, Camp Nou, Barcelona. Manchester United y Bayern de Munich se ven las caras en el partido de fútbol más importante del mundo en años impares. Los ingleses, sin Roy Keane y Paul Scholes, buscan su segundo título; los alemanes el cuarto. Lothar Matthaus, capitán del Bayern, quiere ganar más que nadie: perdió su primera Copa de Europa en 1987 (ya llevaba el brazalete), en una final contra el Oporto que los alemanes ganaban a falta de un cuarto de hora. En un suspiro, en los minutos 78 y 80, Madjer y un tal Juary se llevarían la copa a Portugal.
No pinta mal la noche para Matthaus: Mario Basler marca en el minuto 6 y el Bayern está justo donde quiere. Con el capitán y cuatro más atrás (Babbel, Kuffour, Linke y Tarnat), y el doble pivote Jeremies-Effenberg, Hitzfeld cede la iniciativa al United. Pero los ingleses no están afinados de cara a puerta. En la última media hora, Ferguson mueve ficha. Saca a Teddy Sheringham y a Ole Gunnar Solskjaer, dos delanteros, dos cambios cruciales para la historia de esa noche. Ellos van a dar la vuelta al marcador, ellos van a grabar a fuego los minutos 91 y 93 en la memoria de los aficionados de ambos equipos.
La otra parte de la historia es Clive Tyldesley, uno de los locutores deportivos con más nombre en el Reino Unido. Él puso voz al partido para la cadena ITV, dejando algunos de los mejores comentarios que recuerdo…
Podéis ir directamente al minuto 89:45 de partido, momento en que el cuarto árbitro anuncia tres minutos de prolongación. Momento en que la hinchada del United ruge con un saque de banda inofensivo. Momento en que algo se pone en marcha. Beckham, Neville, corner. Los ingleses lo celebran como si fuera gol. Tyldesley, premonitorio, se pregunta: Can Manchester United score? They always score! Effenberg resopla. Schmeichel, el portero danés del United, sube a rematar el centro de Becks. Ni la huele, pero Giggs, quién sabe cómo, acaba metiendo un balón al área que Sheringham acierta a rematar. Empate a uno, 36 segundos por encima del minuto 90, qué gol más feo…
Al saque del Bayern, el Manchester responde con un robo rápido y un pelotazo arriba de Neville que recoge Solskjaer. Tapado por Kuffour, no se lo piensa dos veces y saca un centro. “O la meto a la olla, o se va a corner”, se dice. Pues eso, a la esquina. Se repite la escena: Beckham bota el corner, pero esta vez no buscará a Schmeichel porque, claro, el portero se ha quedado en su área. Y entonces, Tyldesley: Is this their moment? Beckham… into Sheringham… and Solskjaer has won it! Después, unos segundos de silencio, magnífico silencio para oír las voces de miles de ingleses, para ver la celebración de Schmeichel y la cara de los alemanes. Y luego, la frase: Manchester United have reached the Promised Land.
El resto es imaginable. Kuffour, quién lo iba a decir, llora; un metro y noventa y tres centímetros de Jancker también. Atónito, Lennart Johansson, presidente de la UEFA, ordena cambiar los adornos de las orejas de la Copa, que ya lucían los colores del Bayern. Lothar Matthaus, sustituido en el minuto 81, se muere un poco en la banda. Aguantará una temporada más en el club, con la idea de ganar, por fin, la Champions, pero el Real Madrid será demasiado rival en las semifinales del año 2000. En 2001 el Bayern sí ganará la Copa, pero Matthaus ya estará en el retiro dorado, en el Metrostars de la MLS.
El Manchester United tiene su pedazo de historia imborrable, y Tyldesley también. ¿No sería justo que mañana nos tocara a nosotros?
Hace un par de años que este blog no habla de fútbol. Reconozco que soy bastante ventajista con el tema: vibro como el que más cuando mis equipos (Real Oviedo y FC Barcelona, y por este orden) ganan, pero no me quita el sueño que pierdan. Y la verdad, llevaba mucho tiempo adormecido, posiblemente desde que la chispa de Ronaldinho se marchó vete a saber dónde. Es decir, bastante antes de que se fuera a Milan…
Pero este año es diferente. Este año, sí. Este año me vuelve el fútbol…
Hoy el Barça le ha metido cuatro al Bayern de Munich, quizá el equipo potencialmente más peligroso contra el que hemos jugado esta temporada. Y me explico. Hasta ahora, la verdad, no nos hemos cruzado con ningún coco. El Real Madrid vino al Camp Nou a mancharse el escudo, la Copa no nos ha cruzado con nadie relevante y la Champions, todos lo sabemos, acaba de empezar. Como seguro que dicen los que saben de fútbol, el verdadero nivel del Barça se verá en este tramo final. Con la visita al Bernabéu, con los últimas rondas europeas, con la final de Copa ante un equipo extraordinariamente motivado… De momento estamos respondiendo bien a todo: a la presión resultadista merengue, al rodillo mediático de la capital que se empeña en alargar la Liga, a un bache de resultados ante rivales significativos. Hoy, quizá, era la primera prueba de fuego, y se me antoja difícil un escenario mejor.
El Bayern, decía antes, es quizá el equipo potencialmente más peligroso contra el que hemos jugado esta temporada. El Barça era el gran favorito, pero sinceramente creo que sin las bajas de Lucio, Klose, Lahm, y Van Buyten, y el invento de Klinsmann de meter a Butt por Rensing, la cosa podría haber cambiado. Al menos hubieran aguantado mejor el arreón inicial y tenido más fe en algún contragolpe durante la primera mitad.
Pero seamos claros, no ha sido así. El Bayern ha jugado con lo que tenía, el Barça también, y durante 45 minutos de evangelización hemos triturado cualquier resistencia. Lo que más me gusta de hoy es tener bien claro que arriba estaban Henry, Eto’o y Messi, que un poco más atras estaba Iniesta, pero que seguramente mañana no tendré ni la más mínima idea acerca de la defensa. ¿Qué cuatro jugaban atrás? No lo sé, no los he visto. Bueno, corrijo: no los he mirado.
Lo único malo de este Barça es que acaba los partidos en la primera parte, y la segunda sobra. Guardiola, además, se entesta en hacer los cambios muy tarde, cosa que evita un lucimiento de 14 en lugar de 11. Ya me dirás si hoy no era oportuno sentar a Messi en el 60 para darle media hora a Bojan, o cambiar a Iniesta (que el de arriba nos lo cuide hasta final de temporada…) por quien sea en el descanso mismo. Oye, hablemos de Iniesta… Andresito también tiene, como el equipo, un solo defecto: es blanco. Esa similitud con el máximo rival es lo único negativo del que ahora mismo es, sin duda, el mejor jugador del mundo. Si Iniesta chutara un poco mejor anotaría el doble de goles y estoy convencido de que le quitaría mucho brillo a Messi, Eto’o y compañía. Pero es mejor así. Si Casillas decía aquello de “No soy galáctico, soy de Móstoles”, Iniesta responde con un aún mejor “Pues yo de Albacete”…
Y así están las cosas. A la Liga y a la Copa les falta el último remate; es hora de ponerse el babero y de centrarse en la Champions. De viajar a Munich con el mismo planteamiento que aquí para meter un gol rápido y obligar al Bayern a rendirse ante la perspectiva de tener que enchufarnos seis. De esperar luego al Chelsea en semis: el 1-3 de Anfield creo que deja poco lugar a la discusión. Y de, si pasamos, cruzar los dedos. No para ganar, eso ya es mucho pedir, sino para poder tener una preciosa final contra el Manchester. Creo que merecemos jugarnos esta Champions contra el mejor…