El tabaco dejó un trono vacío: molestar en el metro ya no es lo mismo desde que no se puede fumetear en cogote ajeno. Varias modas han intentado tomar el relevo del cigarro, pero normalmente flaqueaban y no eran capaces de asumir la responsabilidad. Hasta que llegaron ellos…
No es extraño ver en las películas (ochenteras) americanas la típica pandilla de bad boys con un radiocasette enorme al hombro. Ese mamotreto desprendía cierto aire de autoridad, y contagiaba tanto a quien lo cargaba como a los que estaban cerca. De la misma manera actúan hoy algunos en el metro, sólo que ellos van equipados con un mínimo aparatejo cuya principal función es mantener conversaciones a distancia, no escuchar música. La estética del radiocasette, vista hoy, está un poco desfasada; la del móvil a todo trapo es lamentable desde el minuto uno, y sin embargo no es nada extraño verlo cada dos por tres. Y claro, lo grave no es que haya un móvil escupiendo música, no… lo grave es que en el 99% de los casos esa música es mala. Mala de cojones. Básicamente reggaeton, aunque no siempre. Y también en el 99% de los casos, el mismo tipo de personaje: joven, en grupo y con esa cara de estar de vuelta de todo. ¿No conocen la existencia de los auriculares? ¿O es que disfrutan molestando a los demás? ¿Tanto placer proporciona exhibir tu analfabetismo en público?
En próximos capítulos de La vida en el metro: Te mataría por pegarte a mí para poder colarte y Nonono, ¿cómo me va a importar que leas mi periódico descaradamente?.
Hasta hace sólo unos días, Alemania era el sitio del mundo en que los cánticos y gritos eran más variados y originales (cosas del fútbol). El viernes supongo que Pamplona, con San Fermín a la cabeza, empezaría a hacer la competencia. Bueno, pues desde hoy ya hay otro foco de catarsis colectiva: Valencia. Llega el Papa. Yo en las noticias de Antena3 (me va la marcha) ya he oído el remix del ‘A por ellos, oé’, versión papal. Sólo hay que cambiar la última estrofa por un ‘Benedicto dieciséeeeeeis’…