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Hace justo un año me iba al (hasta ahora) mejor viaje de mi vida: Islandia. A uno de los cuatro lugares del mundo que no me quiero morir sin pisar y con una compañía espectacular. Islandia sigue siendo un recuerdo maravilloso, un país que siempre estará ahí, y al que espero volver por lo menos una vez. Es un país especial. La historia de Jón Gnarr lo demuestra…
Jón Gnarr es actor, humorista y, desde el 15 de junio, alcalde de Reykjavík. El vídeo de arriba es un cachito de su campaña electoral, basada en una premisa: da igual lo que prometamos, no lo vamos a cumplir. Un poco como los políticos de verdad, pero sin pelos en la lengua. En cualquier otro lugar del mundo probablemente Gnarr no hubiese pasado del centenar de votos; pero en la Islandia seriamente sacudida por la crisis financiera, desengañada y valiente (habrá quien diga inconsciente), su Best Party logró la mayoría en las elecciones a la alcaldía. Se hizo con 20.666 votos, casi el 35%, y con ellos obtuvo seis escaños que le dieron la palabra para negociar.
Gnarr había prometido en su programa electoral sandeces del tamaño del Vatnajökull: toallas gratis en las piscinas públicas, un Disneyland a las afueras de Reykjavík, liberar de drogas el Parlamento (pero en 2020, eh, sin prisas…), un oso polar para el zoo de la ciudad (¿?), exiliar a los delincuentes financieros en un barco anclado en medio del mar… Y cuando la gente le votó, cuando llegó la hora de pactar con los partidos de verdad, no se detuvo. Lanzó otro órdago, negándose a pactar con todo partido cuyos miembros no hubieran visto The Wire, la serie de David Simon. Y aquí cito al maestro Casciari, porque yo (perdona Hernán, perdona Jón) tampoco he visto The Wire:
Echo de menos Islandia…
Siempre lo he dicho: los cambios de theme son la medicina ideal para hacer revivir un blog cuando las cenizas ya casi apagan el fuego. Dos meses son mucho robo de oxígeno para cualquier fuego, así que rediseño en mano vamos a limpiar cenizas y avivar esto. Cenizas como las de Islandia, que están volviendo locas a media Europa…
Nos hemos saltado, nada es gratuito, marzo. Con su efemérides. Cinco añitos de blog…
Último post islandés, el del adiós a la gran isla.

Noveno amanecer en Islandia. Hoy es 29 de agosto y nos toca visitar, esta vez en serio, Reykjavík, que hemos dejado para el final. Será un día de compras y de relax, porque la experiencia de Mývatn nos ha convencido de que debemos probar el Blue Lagoon. Así que de buena mañana nuestro Grand Vitara se para ante el primer y último peaje que abonaremos al gobierno islandés, justo a las puertas de la capital. No repetiré las dimensiones de Reykjavík, ya sabemos que es una ciudad pequeña. En busca de souvenirs damos con la principal calle comercial, Laugavegur, que desemboca al oeste cerca de un pequeño lago, el Tjörnin. A su alrededor están algunas universidades, el ayuntamiento y, un poco más allá, el parlamento nacional. En Laugavegur compramos y comemos, dejando luego atrás Reykjavík rumbo al Blue Lagoon con la sensación de que es una ciudad maja. Nos queda una asignatura pendiente: probar su afamada vida nocturna. Queda como deberes para otro viaje…
Penúltimo día completo en Islandia, que se inicia con un empacho de coche. Casi seis horas de Grand Vitara que nos llevan desde la parte central del norte (Akureyri) hasta el medio oeste, en la península de Snæfellsnes. Una zona dominada por Snæfellsjökull, volcán y glaciar protagonista de la novela de Julio Verne Viaje al centro de la Tierra. En ella, un profesor alemán, guiado por las escrituras del sabio islandés del siglo XII Arne Saknussemm, se aventura a adentrarse en el volcán islandés acompañado de su sobrino y de un guía local, en busca del centro de la Tierra.

Con Goðafoss tan cerca, la primera cosa tras desayunar está clara: visitar la cascada de los dioses. Cuenta la leyenda que en el año 1000 el lögsögumaður (una especie de cargo relacionado con el mundo del derecho) Þorgeirr Ljósvetningagoði decidió que Islandia debía abandonar los ritos paganos escandinavos y convertirse al cristianismo. Como muestra, lanzó sus estatuas con las figuras de los dioses nórdicos cascada abajo, y de ahí el nombre. Nosotros no hemos lanzado nada: visita corta con una de las pocas fotos de equipo… y rumbo a Mývatn.


¿Desayuno islandés? Cascadas. Ración doble con Hafragilsfoss y Dettifoss. Esta última es quizá la más espectacular de todas las que hay en el país (en realidad cada una tiene un la más que la hace especial). Dettifoss es fuerza bruta, agua sucia… explicar lo que transmite es complicado, una mezcla de estímulos para la vista y el oído difícil muy especiales. Con los datos en la mano, Dettifoss es la cascada más caudalosa de Europa. No es especialmente alta (44 metros), pero sí ancha (100), arrastrando una media de 200 metros cúbicos por segundo, con picos de hasta 500 en épocas de deshielo. La espuma que levanta, dicen, se puede ver a un kilómetro de distancia. Hafragilsfoss es más discreta, pero mucho más accesible. Casi como un tobogán gigante.
El hotel de la pasada noche ha resultado bastante flojo, la verdad, pero nos ha permitido consultar el pronóstico del tiempo para lo que nos queda de viaje. Vale, no es para tirar cohetes, pero por lo menos hoy Islandia nos respeta. Así que… tira millas. Nos vamos al lago Lagarfljót (el Ness islandés, con monstruo y todo) y al Hallormsstaðarskógur, aparentemente, la única acumulación de árboles en toda la isla con la suficiente entidad como para ser llamada bosque. Ah, y por supuesto a una cascada: Hengifoss. Sí, estamos en lo de siempre, puede parecer que Islandia es sólo cascadas, y en cierta manera es así (las palabras clave son cascada y oveja), pero nunca te cansas. El lago y el bosque no matan. Acostumbrados a bosques de verdad, a bosques frondosos, Hallormsstaðarskógur es bastante chiste. De hecho, hay uno que dice así: “¿Qué debes hacer si te pierdes en un bosque islandés? Ponerte de pie…” Es una idea bastante aproximada de lo poco que te marcan aquí los bosques. Digamos que Hallormsstadarskógur no es Lothlórien…
El clima en Islandia es muy clave. Un viaje con mal tiempo y otro con bueno pueden ser tan diferentes como para acabar odiando o amando la isla. A nosotros el tiempo nos ha tratado de maravilla… hasta hoy. Así que no podemos, o no deberíamos, quejarnos de un día (uno) de lluvia. Pero el caso es que la lluvia nos ha estropeado uno de los planes más importantes: Vatnajökull.
Vatnajökull: 8100 km² de hielo, con un espesor medio de unos 400 metros, llegando a un máximo de mil. Para hacernos una idea más fácilmente: es el trozo de hielo más grande fuera de los polos, tiene tres veces el tamaño de Luxemburgo y pesa unos… tres billones de toneladas. La idea de aproximarnos a un gigante así (de grande y de bonito) es casi más motor que nuestro Vitara. Grand Vitara, perdón…

De los 13.058 kilómetros de carreteras que tiene Islandia, sólo 4.397 son asfaltados. En los 8.661 restantes no hay ni rastro de alquitrán. Así que una cosa inevitable, pero interesante a la vez, de un viaje como éste es tener que cambiar los planes sobre la marcha. Improvisar. La idea de hoy era visitar Hekla, pero está demasiado lejos. Así que nos vamos a Laki. En cualquiera de los dos casos toca someterse a los requerimientos de una carretera marcada con una F… y aquí creo que toca hablar un poco del sistema viario islandés.
Una pena irse de Nupar, realmente una casa muy bonita. Hemos podido dejar nuestra firma en el libro de visitas, una costumbre muy propia de las casas de alquiler en este país. Es curioso echarle un ojo y ver la de gente que ha pasado por aquí. Mucho idioma ininteligible (¿islandés, noruego, danés?), mucho holandés escribiendo en inglés, pocos españoles… Algún dibujo y alguna recomendación útil con restaurantes y demás. Y hasta alguna luna de miel. Curioso…