13/10/06
Aterrizar. Aterrizaje. Semana de aterrizajes, el primero el miércoles. La luz se ha apagado, encendido, vuelto a encender, vuelto a apagar. Es lo que tienen las tormentas: la luz oscila. ¿Verdad que da miedo? Mucho. Hacía algún tiempo que no esprintaba como hoy. Calle Caspe, 150 metros, lástima de semáforo en rojo… Necesitaba quemar. La luz ha oscilado en las últimas 48 horas al ritmo del teléfono, de los engranajes del cerebro, de la imaginación… Ahora que la luz se ha apagado y que tengo la boca llena de serpientes sólo me queda el consuelo de la verdad, pero la conciencia ha dejado de acompañarme, de modo que no es consuelo.
Amor se llama el juego
en el que un par de ciegos
juegan a hacerse daño
Y cada vez peor
y cada vez mas rotos
y cada vez mas tú
y cada vez mas yo
sin rastro de nosotros
Ni inocentes ni culpables…
Daño. D-a-ñ-o. No sé si estamos en la ‘d’ o en la ‘o’… No busqué. Créeme, no busqué. Y pese a que encontré, siempre supe que jamás sería un viento para mis velas, pero supongo que me dio igual. En aquel momento tú eras roca aterciopelada. Pero 51 caracteres después dejaste de ser roca y volviste al barro, y la luz brilló apenas unos segundos, unos segundos a los que yo puse música, Pachelbel, y mil cosas más. Pero no. Roca somos y en roca nos convertiremos, y ahora ya ni con terciopelo, y yo corro, a ver si así se me cansa el cuerpo y se me duerme la mente, porque me da miedo lo que viene ahora, esa roca sin terciopelo, el purgar por no hacer nada, el amar, el querer, la barrera, la suciedad que se me supone, las operadoras, los horarios, las huidas, la culpa, la lepra…
Con el crudo en las bodegas
volveré a buscar
todo el tiempo vivido
que hemos perdido
sin protestar
Voy a probar primero
al olvido, a lo ajeno
voy a pasar a retiro
de un tiro
el culpable de mi soledad
No sé qué quiero
pero sé lo que no quiero
sé lo que no quiero
y no lo puedo evitar
Puedo seguir escapando
y aún lo estoy pensando
lo estoy pensando
pero estoy cansado de pensar
El marinero de río
no tiene calor ni frío
la ciudad no tiene puerto
y se siente muy vacío
(ay, qué pena)
últimamente ha perdido
su capacidad de sorpresa
en un vaso de cerveza caliente
fue que se la olvidó
(en un vaso de cerveza caliente
fue que se la olvidó)
Quiero elegir del mapa
un lugar sin nombre a donde ir
será el lugar donde viva
lo que quede por vivir
(eso es mucho tiempo)
Por eso de cada viaje
me traigo el equipaje perdido
por eso es que he decidido
nunca olvidar, nunca olvidar
No sé qué quiero
pero sé lo que no quiero
sé lo que no quiero
y no lo puedo evitar
Puedo seguir escapando
y aún lo estoy pensando
lo estoy pensando
pero estoy cansado de pensar
No sé lo que tengo
pero sé lo que no tengo
sé lo que no tengo
porque no lo puedo comprar
Puedo seguir cantando
pero sigo esperando
sigo esperando
pero estoy cansado de esperar…
La noche se pone cómoda en el cielo al mismo ritmo que el silencio en el ambiente, rotos apenas una por las linternas y otro por los roces de los pies y los brazos con la fina tela mientras buscan un sitio donde asentarse. Tres cuerpos hay, pero el protagonista es ese cachito blanco de paraíso que ha viajado en el anonimato para tener, quién se lo iba a decir, su minuto de gloria. El cachito blanco de paraíso aloja cuatro ojos que se deslumbran mutuamente y sueltan amarras mucho antes de que las cuerdas vocales hagan su corto pero efectivo trabajo. Esos ojos marcan el camino, de hecho. Serán los mismos que días después, sobre el banco hueco de madera, se vuelvan a encontrar. Serán los mismos que, dejando atrás el banco, guíen los cuerpos hasta la oscura seguridad del Edén. Serán también los mismos que además de mirar se cerrarán, acto de vital importancia, y dejarán paso a unas manos semitemblorosas para con la tarea que tienen: unas pieles nuevas. Pieles roncas de gritar, calmadas ahora por las caricias. Todo estaba escrito ya, porque la televisión que duerme a menos de dos metros finge ser un teleprompter telepático, un Platón para Aristóteles, un papá que calla y deja hacer sin quitar ojo. Ese fluir inunda de luz la oscuridad y de susurros y jadeos la noche, ese fluir lo llena todo y le da un significado a lo que está pasando, porque las cosas cuando son fáciles son mejores. Y muchos, muchos días después aquello es un vino viejo que jamás podrá volver a beberse, pero cuya etiqueta deslumbra a quien se atreve a mirarla. Nunca habrá un vino como ese, nunca más… Y las cosas, esas cosas, no son por sí mismas, son cubos semivacíos esperando un significado. Y la cara, mi cara, también espera…
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