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Sé poco de El mundo: es un libro de Juan José Millás, y con él ganó el premio Planeta hace dos años. Cuando digo que sé poco quiero decir que sólo lo he leído. Normalmente suelo deglutir mucha información después de leer un libro (o ver una película, o escuchar una canción, o…) que me encante, pero esta vez creo que me quedaré así, sin buscar más referencias ni opiniones. Porque cuando uno acaba de leer El mundo de Millás, cuando uno sale del mundo de Millás, no sabe cuánta realidad y cuanta ficción hay en esa… ¿biografía? Había leído muchos relatos cortos de Millás, y una novela, pero El mundo es otra cosa. Es, en teoría, la historia de su vida, sin demasiadas ataduras cronológicas y con esa aura de irrealidad que siempre desprende Millás.
Cuando alguien escribe siempre se desnuda un poco, todo escritor asume cierto grado de exhibicionismo si somete su texto al ojo público. Da igual de lo que hables, siempre hay algo de ti mismo en todo. En el caso de una biografía, evidentemente, aún más: todo es desnudez. Pero nunca había leído, y creo que nunca leeré, algo tan extremo como lo que hace Millás en su novela. Se desnuda, se quita la piel y se retrata con una intensidad sólo comparable, claro, a la que él ve en su calle cuando la mira desde la casa del Vitaminas.
Es un libro espectacular por lo que cuenta, pero aún lo es más por cómo lo cuenta. El lenguaje de Millás es un átomo, él es el centro y las palabras que escoge son partículas que orbitan a su alrededor, y que se van cruzando en el momento justo, saludándote, dejándote con la boca abierta, porque sabe recuperar y mezclar las expresiones y las imágenes como nadie.
Hay que leer a Millás…
No hay nadie como Eduardo Mendoza para explicar qué es, cómo es Barcelona. Tanto si quieres conocer la ciudad porque nunca has estado como si vives en ella, Mendoza es tu hombre. Lo es a través de dos novelas: La ciudad de los prodigios y Sin noticias de Gurb.

La ciudad de los prodigios es una especie de historia de Barcelona entre los años de sus dos exposiciones universales: 1888 y 1929. Son los años de actividad de Onofre Bouvila, un chaval de pueblo que llega a la capital con una mano delante y otra detrás y acaba convertido en una de las personas más poderosas no solo de la ciudad, sino de todo el país. A través de ese ascenso conocemos de primera mano la evolución de Barcelona en esos 40 años. Mendoza mezcla realidad y ficción, y abarca aspectos políticos, sociales y culturales.
Sin noticias de Gurb es otro cantar: novela ligera (se publicó originalmente por entregas en El País durante un verano pre-olímpico), cargada de humor, aunque no por ello libre de crítica social. Gurb y su compañero, ambos alienígenas, aterrizan en Cerdanyola con la intención de investigar no-recuerdo-qué. El caso es que Gurb desaparece, y el protagonista se pasa todo el libro intentando dar con él. Cachondeo asegurado.
Ni uno ni otro tendrían sentido en otra ciudad que no fuera Barcelona. Los clichés burgueses, los lugares, la mezcla de pasado y futuro de la historia de Onofre Bouvila son muy barceloneses, mientras que en el segundo caso, personajes como el señor Joaquín y la señora Mercedes son imposibles en cualquier otro lugar. Volviendo al principio… posiblemente haya mejores cronistas de Barcelona que Eduardo Mendoza, quizá incluso las que yo digo no son siquiera las mejores novelas barcelonesas de Mendoza. Así que, por favor, se aceptan discrepancias. Pero eso sí, en cuanto tengáis un rato, leed a Bouvila y a Gurb.
Hay libros que desaparecen. No digo los que pierdes, los que dejas y nunca vuelven (la gente que no devuelve libros no tiene corazón), los que colocas debajo de la mesa para que no baile (supongo que hay gente que lo hace, y tienen aún menos corazón que los que no devuelven…), los que olvidas en el metro, los que se te mojan por descuido y mezclan sus palabras, quizá formando otro libro aún mejor. No, me refiero a libros que desaparecen, literalmente. Yo tenía unos cuantos libros que no tengo, y sospecho que se han ido. Han huido. No soy el único: el otro día una amiga detectó, demasiado tarde, la fuga de El Principito. Quizá esté en algún lugar de su casa, sí, pero también es posible que ande en busca de otros libros que le hagan compañía. Quizá un atlas universal que le ayude a hallar su planeta, quizá un cuento de hadas en que encontrar una princesa para su reino…
Reconozco que lo mío es aún más grave: he sido yo quien ha huido de sus libros. Siguen en mi antigua habitación. Seguro que unos pocos, pongamos por ejemplo los de Saramago, son conscientes del abandono y sus motivos, y lo llevan con ejemplar conducta; otros, los de Agatha Christie, seguramente, haya acabado deduciendo lo sucedido; los de Cortázar es posible que tarden más en echarme de menos, pero cuando lo hagan seguro que inventan un precioso cuento con que digerir la realidad; finalmente, la inmensa mayoría vivirá ajena a mi huida. Los iré recuperando poco a poco, deseando que el día de mañana no sean ellos los que hagan las maletas.
Recordad a los libros huidizos, y atadlos en corto. Si huyen los corazones, ¿por qué no iban a hacerlo los libros?
Si entráis por aquí de vez en cuando sabréis que este otoño se estrena la película basada en el libro de José Saramago Ensayo sobre la ceguera. Para quienes no hayáis leído la novela, además de recomendar que lo hagáis rápidamente, os la resumiría más o menos así: una epidemia de ceguera se extiende por una ciudad sin nombre, comprometiendo la organización y el grado de civilización de sus habitantes. Imaginaos cómo sería un día en vuestra ciudad si de repente todo el mundo se fuera quedando ciego.
En realidad, el libro es una metáfora sobre la moral humana. Para cualquier persona con dos dedos de frente que lea el libro, la ceguera es un recurso narrativo. No es un libro sobre ciegos. Pero hay quien piensa que sí. El amigo Marc, lequerico fundador para más señas, me pasaba ayer esta noticia de La Vanguardia.
Lo primero que me parece triste es que, tal y como se dice en la misma noticia, el libro, escrito hace 13 años, se publicase sin polémica alguna. Pero a la película sí. Parece que hay que hacerle más caso…
No sé si este buen hombre habrá leído el libro o visto la película. Quien sí lo haya hecho sabrá que los ciegos que lo eran antes de la epidemia tienen cierta ventaja sobre el resto, ya que están acostumbrados a vivir sin ver, y que un grupo de ellos se dedica a extorsionar a sus compañeros de internado. Nadie está diciendo que los ciegos auténticos sean malos, sino que pueden serlo. Es como si en Alemania pidiera retirar las películas sobre el Holocausto, no vaya a pensar alguien que todos los alemanes gustan de matar judíos…
No puedo dejar de pensar que estas cosas sólo pasan en Estados Unidos. Así que tampoco veo descabellado que el tal John Paré vaya a tener razón en lo de los despidos…

Ayer, por fin, acabé de leer La caverna. No es el mejor libro de Saramago, pero eso ya lo asumí hace tiempo. Creo que desde que cerré Ensayo sobre la ceguera supe que para leer algo tan grande tendría que volver a abrirlo. Pero La caverna no es un mal libro, ni mucho menos. Tiene todas las bondades y carencias de Saramago, lo cual ya justifica una lectura de casi 450 páginas.
Yo defenderé siempre a Saramago. Se puede decir, y se dice, que lo que cuenta en cuatro centenares de páginas lo puede contar en la mitad, y es cierto. Pero yo pienso que prefiero 200 hojas de paja, de buena paja saramaguiana, con sus refranes y sus reflexiones, que una historia directa. No es un escritor de acción, al fin y al cabo.
Se puede decir, y se dice, que sus personajes son demasiado sabios, y es cierto. Cipriano Algor, su hija Marta, Isaura Madruga, hasta el más gris Marcial Gacho o incluso el perro Encontrado son personajes absolutamente sabios. Saramago trata especialmente bien a sus mujeres, dotándolas de cualidades supremas como la inteligencia, la paciencia, la bondad… las dos de La caverna, Marta e Isaura, son claros ejemplos. ¿Personajes poco creíbles? No menos que cualquiera de casi cualquier otro libro. Lo de Saramago y sus criaturas es casi realismo mágico al nivel de la saga Buendía en Cien años de soledad, ese negro lunar en mi bibliografía…
Se puede decir, y se dice, que algunas obras del Nobel portugués son demasiado irregulares, inconstantes, y es cierto. La caverna alarga la introducción, aplazando el clímax del nudo hasta donde apenas nos queda sitio para el desenlace. Pero también es muy propio de Saramago, y muy respetable, dejar a sus personajes colgando. A los ciegos los dejamos con un mundo en reconstrucción que nunca sabremos cómo acaba; al club de la balsa de piedra los abandonamos cuando menos ganas teníamos; y lo mismo con esta peculiar familia de alfareros. También clama al cielo todo el espacio dedicado a describir las famosas seis figuras (juro haberlas visto ante mí, a veces en casa, a veces en el autobús… qué miedo el asirio de las barbas, leñe…), cuyo papel es equívoco; o el mismo perro Encontrado, cuya aparición parecía prometer más de lo que luego fue.
Se podrían lanzar muchas críticas, y probablemente estaría de acuerdo con todas. Pero leeré de nuevo La caverna dentro de algunos años, lo sé, y recomendaré leer a Saramago siempre. Me consuela saber que no todo es una buena historia, que la literatura no es un reloj suizo donde todo encaja milimétricamente, que una idea contada con mimo puede acariciar más los sentidos que decenas de giros y torceduras de guión.
Página 234 (de mi edición)

Ya hace tiempo que me cuesta salir de una librería sin comprarme, claro, un libro. Me encanta ir a mirar, a chafardear: los grandes, los de bolsillo (mis favoritos), los comics, los de ajedrez, los de idiomas, las biografías… Y siempre acabo cogiendo uno que ya no suelto hasta casa. No es ningún problema, al contrario. La verdad es que es raro que me gaste más de diez euros en un libro porque tengo predilección por los de bolsillo, que son más cómodos de leer. La única pega es que no tengo tiempo para leerlos. Y cuantos más compro, menos tiempo tengo para absorber lo que voy comprando… Para colmo, lo más normal del mundo es que tenga un par, mínimo, de libros pendientes. Perdón, corrijo: lo más normal es que tenga varios pares pendientes… Ahora mismo, ya abandonados desde hace meses pero a media lectura, están:
- Cien años de soledad, lo que ya tiene delito, porque es la segunda vez que lo interrumpo
- Game over (no recuerdo exactamente el título), un libraco sobre la historia de Nintendo que compré por Amazon de segunda mano
- …alguno más que me dejo
Estos ya los doy por perdidos, la verdad es que están muy bien, pero los fui dejando y ahora son irrecuperables. Los volveré a atacar desde cero algún día… También a medio leer, pero aún frescos, tengo los siguientes:
- La caverna, que ya en su día interrumpí, aunque ahora lo he cogido con más ganas
- Historias del calcio, ideal para tomar y dejar, porque es una recopilación de artículos de prensa (que, por cierto, recomiendo encarecidamente a quien le guste el fútbol)
- Marie Curie y su tiempo, una biografía que no pinta demasiado interesante y que huele ya a cadáver
Y en la recámara, comprados esta misma semana:
- La conjura de los necios, que ya leí en su día, luego presté a un amigo… y nunca más se supo; éste lo compré porque es un imprescindible
- Poemas, de Ángel González; diría que es el primer libro de poesía que me compro… voluntariamente
- Les misérables, así, dos mil paginillas en francés… este es un reto personal y tardaré en empezarlo, pero espero que me guste porque me encantaría leerlo del tirón
Y en el salón, esperándome, The Sandman. Llevo dos de diez y ya considero que es una de las mejores obras que he leído nunca.
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Me encanta la música. Es más, necesito la música. Uno de los muchos motivos porque me gusta es porque no me provoca envidia sana. Me explico… Es altamente improbable que algún día logre domar mis dedos hasta el punto de hacer que toquen, con coherencia, un instrumento. Así que vivo la música desde el punto de vista del espectador, cómodo. El problema, por ejemplo, es la literatura. Me encanta leer, pero me gusta escribir, así que muchas veces, cuando leo, comparo. Uno aspira a escribir algún día algo bueno, siendo bueno todo aquello que no provoque sonrojo cuando es leído semanas después, y no puede sino deprimirse cuando lee algo realmente bueno. Pensaréis que es un planteamiento estúpido, porque hasta a mí me lo parece… Eso sí, esa envidia sana no me quita de disfrutar de cosas como ésta:
Lucas, sus largas marchas (Julio Cortázar, Un tal Lucas)
Impresionante…
Comiendo en la oficina ayer, con el informativo de LaSexta de fondo, oí una noticia de lo más… surrealista. Un reportero virtual de la cadena había presenciado una manifestación virtual frente a la sede virtual de Paloma Sainz, candidata (real) del PSOE a la alcaldía de Oviedo, manifestación que había derivado en un ataque virtual, moto virtual quemada incluida, y acabado con una intervención de los antidisturbios. Todo ello, con pancartas de De Juana a la cárcel.
Bueno, o algo así… es que ahora ya no sé si lo he soñado o no…
Los que me conocen saben que por trabajo y afición, estoy bastante internetizado. Con esto quiero decir que no soy un tecnófobo, y que hablo con cierto conocimiento de causa. ¿Qué aporta Second Life? Seguro que muchas cosas, algunas buenas. ¿Qué peligros tiene? Muchos. ¿Qué hacer? Nada.
Está claro que los humanos inventamos multitud de objetos y sistemas, y que el mundo del entretenimiento es un terreno con infinidad de posibilidades (en el Primer Mundo sobra mucho dinero…), de modo que apenas hay barreras para la creación de ocio. No quiero demonizar a Second Life porque soy de los que opina que somos las personas quienes hacemos malas a las cosas, y no al revés. Pero quizá el hombre debería dejar de confiar tanto en sí mismo. ¿Para qué volcarnos en una vida virtual si tenemos tantas y tantas cosas que hacer en la real? He encontrado este vídeo de Saramago que me ha parecido interesante:
Pero más interesante me resulta uno de los comentarios dejados bajo el vídeo en YouTube:
Nunca he entendido eso de virtual reality, pero he leído muchos libros y finalmente he llegado a la conclusión de que lamentablemente no estoy tan lejos de esos en las computadoras, ya que lo que ellos sueñan con un teclado yo lo leo.
Sabias palabras, ¿no? Me encanta que me gusten y que a la vez desmonten todo lo que he dicho más arriba…
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La cosa va de libros. De un libro, vaya. Ojo a las instrucciones:
1. Coge el libro que tengas más a mano, sin pensar cuál es
2. Ábrelo por la página 123
3. Busca la quinta frase o párrafo (yo he optado por la frase)
4. Postea el texto en tu blog junto a estas instrucciones
Y es resultado es… “Alguien se habrá enterado”. Bueno, el libro es uno de los que acostumbro a tener siempre a mano, casi nunca está en su sitio, siempre está encima de algo. La verdad es que resultado es un poco pobre, prácticamente cualquier frase tiene más jugo que esa, pero el juego es el juego… ¿Alguien se anima?