La caverna, Saramago

23/7/08

La caverna, de Jose Saramago

Ayer, por fin, acabé de leer La caverna. No es el mejor libro de Saramago, pero eso ya lo asumí hace tiempo. Creo que desde que cerré Ensayo sobre la ceguera supe que para leer algo tan grande tendría que volver a abrirlo. Pero La caverna no es un mal libro, ni mucho menos. Tiene todas las bondades y carencias de Saramago, lo cual ya justifica una lectura de casi 450 páginas.

Yo defenderé siempre a Saramago. Se puede decir, y se dice, que lo que cuenta en cuatro centenares de páginas lo puede contar en la mitad, y es cierto. Pero yo pienso que prefiero 200 hojas de paja, de buena paja saramaguiana, con sus refranes y sus reflexiones, que una historia directa. No es un escritor de acción, al fin y al cabo.

Se puede decir, y se dice, que sus personajes son demasiado sabios, y es cierto. Cipriano Algor, su hija Marta, Isaura Madruga, hasta el más gris Marcial Gacho o incluso el perro Encontrado son personajes absolutamente sabios. Saramago trata especialmente bien a sus mujeres, dotándolas de cualidades supremas como la inteligencia, la paciencia, la bondad… las dos de La caverna, Marta e Isaura, son claros ejemplos. ¿Personajes poco creíbles? No menos que cualquiera de casi cualquier otro libro. Lo de Saramago y sus criaturas es casi realismo mágico al nivel de la saga Buendía en Cien años de soledad, ese negro lunar en mi bibliografía…

Se puede decir, y se dice, que algunas obras del Nobel portugués son demasiado irregulares, inconstantes, y es cierto. La caverna alarga la introducción, aplazando el clímax del nudo hasta donde apenas nos queda sitio para el desenlace. Pero también es muy propio de Saramago, y muy respetable, dejar a sus personajes colgando. A los ciegos los dejamos con un mundo en reconstrucción que nunca sabremos cómo acaba; al club de la balsa de piedra los abandonamos cuando menos ganas teníamos; y lo mismo con esta peculiar familia de alfareros. También clama al cielo todo el espacio dedicado a describir las famosas seis figuras (juro haberlas visto ante mí, a veces en casa, a veces en el autobús… qué miedo el asirio de las barbas, leñe…), cuyo papel es equívoco; o el mismo perro Encontrado, cuya aparición parecía prometer más de lo que luego fue.

Se podrían lanzar muchas críticas, y probablemente estaría de acuerdo con todas. Pero leeré de nuevo La caverna dentro de algunos años, lo sé, y recomendaré leer a Saramago siempre. Me consuela saber que no todo es una buena historia, que la literatura no es un reloj suizo donde todo encaja milimétricamente, que una idea contada con mimo puede acariciar más los sentidos que decenas de giros y torceduras de guión.

Afortunadamente existen los libros. Podemos tenerlos olvidados en una estantería o en un baúl, dejarlos entregados al polvo o a las polillas, abandonarlos en la oscuridad de los sótanos, podemos no pasarles la vista por encima ni tocarlos durante años y años, pero a ellos no les importa, esperan tranquilamente, cerrados sobre sí mismos para que nada de lo que tienen dentro se pierda, el momento que siempre llega, ese día en el que nos preguntamos, Dónde estará aquel libro
Página 234 (de mi edición)

La caverna, de Jose Saramago

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Fiebre de libros

1/3/08

Ignatius Reilly

Ya hace tiempo que me cuesta salir de una librería sin comprarme, claro, un libro. Me encanta ir a mirar, a chafardear: los grandes, los de bolsillo (mis favoritos), los comics, los de ajedrez, los de idiomas, las biografías… Y siempre acabo cogiendo uno que ya no suelto hasta casa. No es ningún problema, al contrario. La verdad es que es raro que me gaste más de diez euros en un libro porque tengo predilección por los de bolsillo, que son más cómodos de leer. La única pega es que no tengo tiempo para leerlos. Y cuantos más compro, menos tiempo tengo para absorber lo que voy comprando… Para colmo, lo más normal del mundo es que tenga un par, mínimo, de libros pendientes. Perdón, corrijo: lo más normal es que tenga varios pares pendientes… Ahora mismo, ya abandonados desde hace meses pero a media lectura, están:

  • Cien años de soledad, lo que ya tiene delito, porque es la segunda vez que lo interrumpo
  • Game over (no recuerdo exactamente el título), un libraco sobre la historia de Nintendo que compré por Amazon de segunda mano
  • …alguno más que me dejo

Estos ya los doy por perdidos, la verdad es que están muy bien, pero los fui dejando y ahora son irrecuperables. Los volveré a atacar desde cero algún día… También a medio leer, pero aún frescos, tengo los siguientes:

  • La caverna, que ya en su día interrumpí, aunque ahora lo he cogido con más ganas
  • Historias del calcio, ideal para tomar y dejar, porque es una recopilación de artículos de prensa (que, por cierto, recomiendo encarecidamente a quien le guste el fútbol)
  • Marie Curie y su tiempo, una biografía que no pinta demasiado interesante y que huele ya a cadáver

Y en la recámara, comprados esta misma semana:

  • La conjura de los necios, que ya leí en su día, luego presté a un amigo… y nunca más se supo; éste lo compré porque es un imprescindible
  • Poemas, de Ángel González; diría que es el primer libro de poesía que me compro… voluntariamente
  • Les misérables, así, dos mil paginillas en francés… este es un reto personal y tardaré en empezarlo, pero espero que me guste porque me encantaría leerlo del tirón

Y en el salón, esperándome, The Sandman. Llevo dos de diez y ya considero que es una de las mejores obras que he leído nunca.

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Cortázar, sus malditos cuentos

21/9/07

Me encanta la música. Es más, necesito la música. Uno de los muchos motivos porque me gusta es porque no me provoca envidia sana. Me explico… Es altamente improbable que algún día logre domar mis dedos hasta el punto de hacer que toquen, con coherencia, un instrumento. Así que vivo la música desde el punto de vista del espectador, cómodo. El problema, por ejemplo, es la literatura. Me encanta leer, pero me gusta escribir, así que muchas veces, cuando leo, comparo. Uno aspira a escribir algún día algo bueno, siendo bueno todo aquello que no provoque sonrojo cuando es leído semanas después, y no puede sino deprimirse cuando lee algo realmente bueno. Pensaréis que es un planteamiento estúpido, porque hasta a mí me lo parece… Eso sí, esa envidia sana no me quita de disfrutar de cosas como ésta:

Lucas, sus largas marchas

Todo el mundo sabe que la Tierra está separada de los otros astros por una cantidad variable de años luz. Lo que pocos saben (en realidad, solamente yo) es que Margarita está separada de mí por una cantidad considerable de años caracol. Al principio pensé que se trataba de años tortuga, pero he tenido que abandonar esa unidad de medida demasiado halagadora. Por poco que camine una tortuga, yo hubiera terminado por llegar a Margarita, pero en cambio Osvaldo, mi caracol preferido, no me deja la menor esperanza.

Vaya a saber cuándo se inició la marcha que lo fue distanciando imperceptiblemente de mi zapato izquierdo, luego que lo hube orientado con extrema precisión hacia el rumbo que lo llevaría a Margarita. Repleto de lechuga fresca, cuidado y atendido amorosamente, su primer avance fue promisorio, y me dije desesperanzadamente que antes que el pino del patio sobrepasara la altura del tejado, los plateados cuernos de Osvaldo entrarían en el campo visual de Margarita para llevarle mi mensaje simpático; entre tanto, desde aquí podía ser feliz imaginando su alegría al verlo llegar, la agitación de sus trenzas y sus brazos.

Tal vez los años luz son todos iguales, pero no los años caracol, y Osvaldo ha cesado de merecer mi confianza. No es que se detenga, pues me ha sido posible verificar por su huella argentada que prosigue su marcha y que mantiene la buena dirección, aunque esto suponga para él subir y bajar incontables paredes o atravesar íntegramente una fábrica de fideos. Pero más me cuesta a mí comprobar esa meritoria exactitud, y dos veces he sido arrestado por guardianes enfurecidos a quienes he tenido que decir las peores mentiras puesto que la verdad me hubiera valido una lluvia de trompadas. Lo cierto es que Margarita, sentada en su sillón de terciopelo rosa, me espera al otro lado de la ciudad.

Si en vez de Osvaldo yo me hubiera servido de los años luz, ya tendríamos nietos; pero cuando se ama larga y dulcemente, cuando se quiere llegar al término de una paulatina esperanza, es lógico que se elijan los años caracol. Es tan difícil, después de todo, decidir cuáles son las ventajas y cuáles los inconvenientes de estas opciones.

Julio Cortázar / Un tal Lucas

Impresionante…

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Lo virtual

17/5/07

Comiendo en la oficina ayer, con el informativo de LaSexta de fondo, oí una noticia de lo más… surrealista. Un reportero virtual de la cadena había presenciado una manifestación virtual frente a la sede virtual de Paloma Sainz, candidata (real) del PSOE a la alcaldía de Oviedo, manifestación que había derivado en un ataque virtual, moto virtual quemada incluida, y acabado con una intervención de los antidisturbios. Todo ello, con pancartas de De Juana a la cárcel.

Bueno, o algo así… es que ahora ya no sé si lo he soñado o no…

Los que me conocen saben que por trabajo y afición, estoy bastante internetizado. Con esto quiero decir que no soy un tecnófobo, y que hablo con cierto conocimiento de causa. ¿Qué aporta Second Life? Seguro que muchas cosas, algunas buenas. ¿Qué peligros tiene? Muchos. ¿Qué hacer? Nada.

Está claro que los humanos inventamos multitud de objetos y sistemas, y que el mundo del entretenimiento es un terreno con infinidad de posibilidades (en el Primer Mundo sobra mucho dinero…), de modo que apenas hay barreras para la creación de ocio. No quiero demonizar a Second Life porque soy de los que opina que somos las personas quienes hacemos malas a las cosas, y no al revés. Pero quizá el hombre debería dejar de confiar tanto en sí mismo. ¿Para qué volcarnos en una vida virtual si tenemos tantas y tantas cosas que hacer en la real? He encontrado este vídeo de Saramago que me ha parecido interesante:

Pero más interesante me resulta uno de los comentarios dejados bajo el vídeo en YouTube:

Nunca he entendido eso de virtual reality, pero he leído muchos libros y finalmente he llegado a la conclusión de que lamentablemente no estoy tan lejos de esos en las computadoras, ya que lo que ellos sueñan con un teclado yo lo leo.

Sabias palabras, ¿no? Me encanta que me gusten y que a la vez desmonten todo lo que he dicho más arriba…

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Meme (V)

14/12/06

Imagen del libro de Joaquín Sabina - En carne viva

La cosa va de libros. De un libro, vaya. Ojo a las instrucciones:

1. Coge el libro que tengas más a mano, sin pensar cuál es
2. Ábrelo por la página 123
3. Busca la quinta frase o párrafo (yo he optado por la frase)
4. Postea el texto en tu blog junto a estas instrucciones

Y es resultado es… “Alguien se habrá enterado”. Bueno, el libro es uno de los que acostumbro a tener siempre a mano, casi nunca está en su sitio, siempre está encima de algo. La verdad es que resultado es un poco pobre, prácticamente cualquier frase tiene más jugo que esa, pero el juego es el juego… ¿Alguien se anima?

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El Aleph

15/11/06

El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.

Jorge Luis Borges / El Aleph

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El cerebro del rey

10/3/05

Hay un libro, que no he leído, titulado “El cerebro del rey”. Lo escribió no hace mucho Nolasc Ascorín, un nombre que llama mucho la atención; a mí, no sé por qué, siempre me ha parecido más llamativo el título del libro. Cuando dice el rey, se refiere al ser humano, y si no tengo mal entendido intenta explicar cómo funcionan nuestras celulitas grises. Esto viene al caso porque hoy, mientras estaba trabajando, me ha venido una cosa muy de repente a la cabeza: ayer tenía que haber devuelto un libro a la biblioteca. Se me ha olvidado, hoy no me ha dado tiempo, así que mañana la señora me penalizará con tarjeta roja de dos días… Pero la cosa es que me he quedado extrañado: ¿por qué estando en el trabajo, pensando en cómo hacer esto y cómo hacer lo otro… ¡flash!, te viene a la mente algo que no tiene nada que ver?

En el mundo en el que estamos, cien por cien audiovisual, nos hemos acostumbrado a que nos mastiquen el conocimiento cada vez más a través de la imagen, y sobre todo de la imagen truculenta: gráficos, vídeos, infografías, etc. Es decir, nos cuesta yo creo cada vez más entender algo sin una representación gráfica al lado. Y a mí siempre me ha llamado la atención que tengamos una cosa ahí arriba que en teoría lo controle todo… pero que no hayamos conseguido descifrarla: nuestro cerebro, el del rey. Supongo que sería una especie de meta-ciencia, ¿no? Aprender sobre algo que es con lo que aprendemos… suena enrevesado. El caso es que yo seguiré sin saber por qué me he acordado de mi libro.

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