Sabina volvió el jueves a un radiante Sant Jordi para hacer lo que no pudo hace unas semanas: cantar. Y cerró la noche con dos horas y media de música, más cortas que la falda de la Magdalena. ¿Veredicto? Ay, Joaquín…
No he leído ninguna crítica (cuando acabe de escribir esto buscaré alguna), pero la sensación que me dejó el concierto fue de ay, Joaquín. Ay, qué mayores estamos. Ay, cómo cuestan algunas canciones (y lo digo claramente por La del pirata cojo, cortada y descafeinada). Porque sí, porque te vi algo encorsetado, te vi disfrutar poco de la noche, te vi con ganas de hacerlo bien, pero sin tanta pasión como otras veces. No sé si era porque echabas de menos al Nano, o si los grandes escenarios ya no tocan. Pero faltó un pelín de algo.
De todas maneras, como muy poco de Sabina es igualmente mucho, y como la fila dos es un auténtico lujo, la noche fue como para no quejarse. El Joaqui pasó de puntillas por Vinagre y rosas: Tiramisú, Embustera, Clicquot, Praga y creo que ya está… Yo eché de menos a Carmela, pero la verdad es que todos íbamos allí por los grandes clásicos. Y los hubo, claro: Princesa, Quién me ha robado el mes de abril, Por el bulevar de los sueños rotos, Aves de paso… Eso sí, ni rastro de Calle Melancolía y Ruido. ¡Imperdonable! Para compensar, se sacó alguna joyita de la manga. Qué grande ese Ganas de…, qué buenísimas las Pastillas para no soñar, qué redonda es Peor para el sol, qué grata sorpresa El caso de la rubia platino, qué guiño ese Contigo iniciado en catalán…
Eché también de menos a Olga Román. La nueva, Mara Barros, tiene voz y descaro, pero está un poco sobreactuada y sobre todo le falta la clase de Olguita. Especialmente en Una canción para la Magdalena… El resto de la banda estuvo correcta, y ya pueden ponerse las pilas porque por desgracia Sabina cada vez delega más. García de Diego se atrevió con Amor se llama el juego, una canción que tiene que cantar el Joaqui, sí o sí.
Por lo demás, magia pura. Sólo por oír cantar Medias negras, Noches de boda o Rosa de Lima a dos palmos ya merece la pena el año de espera, la cancelación y lo que se ponga por delante. Cuarenta y veinte son los que son, Joaquín, y se notan sobre todo en las miradas. Me quedo con tus ojos empañados al despedirte.
Ay, qué bueno eres…