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…y es el olor de tu pijama, que aún flota por la cama, lo que me sube otra vez arriba, después de oír esa historia que nadie debería contar en primera persona, esa historia que en el fondo siempre es la misma, y que nosotros nunca haremos nuestra porque no nos gusta, así de sencillos somos, así de lógicos y básicos y primarios, no nos gusta y no la queremos porque nos pone plomos en la cintura y nos manda al fondo, y subo otra vez arriba, estaba diciendo, algo achispado por las estrellas, las de la noche y las otras dos, subo ahora que el viaje va a empezar y que no sabemos dónde anda la pista de aterrizaje, ni nos interesa, porque ya vendrá, porque lo único que queremos es flotar en el aire para ver las cosas desde el cielo, o en el agua para verlas desde el fondo, pero siempre lejos del ruido del suelo que nos tiñe de gris, que nos envenena, que nos desespera.
Nuestras bocas ya han sido debidamente presentadas, los labios primero, después tímidamente las lenguas y finalmente, tirando el protocolo por la borda, han aparecido los mordisqueos, los juegos de jugos centrifugados, las narices clavando la bandera del triunfo en la cara ajena, las frentes enfrentadas, los ojos cerrados… Nuestros cuerpos se estudian, saben que son el uno pasto del otro, que más pronto que tarde intercambiarán calor y sudor. Las yemas de los dedos se preparan para recibir miles de sensaciones, y por eso tiemblan imperceptiblemente. Casi a ciegas, porque ya hemos dejado la luz para quien la necesite, porque ya nos hemos ido a las sombras, empezamos el ritual, ése que la Humanidad lleva siglos repitiendo pero que nunca nadie ha sido capaz de ejecutar como tú y yo vamos a hacerlo esta noche de verano. Fuera quizá llueva, o nieve, o incluso sea de día. Quizá caigan meteoritos o se extingan millones de especies. Quién sabe… el universo no puede quitar los ojos de donde estamos tú y yo, no es capaz de retirar la mirada de la cerradura por la que ya se ve cómo las camisetas yacen en el suelo, ellas, pobres, primeras víctimas, lentamente acompañadas del resto de la tela que nos alejaba, que nos escondía, que nos afeaba. En todos los rincones de la casa se te oye respirar, en todas las esquinas de la ciudad se puede notar la maraña de tu pelo. Perdemos la vista y el gusto, cerramos el caudal de nuestro oído y nuestro olfato de manera que sólo nos percibimos mutuamente, nos quedamos con la piel como único medio de expresión, el tacto cómo única manera de conocimiento, y nos sobra. Nos basta con saber que el tiempo no cotiza en este mundo que acabamos de crear, nos basta con no saber qué parte de mi cuerpo es ahora mismo más tuya que mía, nos basta con esperar la explosión, y con andar el camino que hasta ella hay saboreando cada paso. Subimos, subimos, y nunca caeremos. Hoy, ahora, nos aúpa la adrenalina del momento; mañana lo harán las risas.
Suelo saltarme los semáforos cuando voy en bicicleta, pero ahora decido disciplinarme y me quedo en la línea de ruedas que espera el verde. No es civismo, es que acabo de ver una melena que bien podría ser la suya, asoma por debajo de un casco negro, negro con negro, y acaba casi en el asiento de esa moto negra, más negro, que ya ha arrancado, verde ahora, que ya se va. La sigo, claro que la sigo, aunque tenga que atravesar de derecha a izquierda la calle la sigo. La sigo cuando gira Balmes abajo, la veo entrar en Pelayo, la pierdo al llegar a Ramblas, pero intuyo que ha bajado de nuevo, que va hacia Colón, y así es, porque un semáforo me la acerca, y aunque sigo sin saber si es ella no paro de pedalear, y me subo a la acera, libre de semáforos y de buses rojos y de taxis antófilos y de otras motos que no son negras pero que también me dan miedo. Ya estamos en Colón, ya hemos dejado atrás Colón, ya llegamos a la Barceloneta, ya vuelvo a la calzada, ya se espesa el tráfico, ya serpenteamos entre los coches, ya me levanto en la bici para ponerme a su altura, ya me salto el ámbar, ya se escapa, ya me quedo en el suelo, ya sale el conductor del Ford con las manos en la cabeza, ya se oye la ambulancia. Y horas después, lo que se oye es silencio de hospital; y días después, lo que se ve es la luz del sol desde la quinta planta; y semanas después, lo que se huele es la rabia de la sala de rehabilitación; y un mes después, por fin, lo que se toca es el aire de Barcelona con la palma de la mano abierta. Mañana me compraré una moto. Porque ella tiene una bici, y quizá no tanta suerte como yo…
Ir a la piscina, con el bañador sediento de agua y la toalla dándonos calor en la espalda. Merendar, hoy triángulos de nocilla en rebanadas de pan de molde con generosos bordes, mañana onzas de chocolate, pasado un bocadillo de queso. Jugar a fútbol, a mil juegos de mesa, pasear por el bosque. Escuchar y cantar juntos las primeras canciones importantes de la vida. Aprender a mirarse, a sentir, a decir, a callar. Enfadarse mil veces, reconciliarse mil más. Dormir al aire libre, reírse de los relojes, subirse a un árbol. Cogernos de la mano, secar lágrimas. Vivir. Nunca hemos pasado un verano juntos, pero creo que es hora de sacar la agenda…
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¿Te acuerdas de mí? Nos encontramos por primera vez hace años bajo el agua, en aquel andén esperando un tren. Qué ojos tras las gafas, casi se me acaba el oxígeno… ¿Te acuerdas de mí? Nos encontramos en el altar, al son de los acordes del Canon. Qué dos “Sí, quiero”, te juro que sonaron aún mejor que Pachelbel… ¿Te acuerdas de mí? Yo conducía… ¿Te acuerdas de mí? “Señor”, me dice el médico. “Señor, déjelo. No creo que pueda oír su voz…”
A los pájaros que vigilan tu camino los tengo bien enseñados, y me confiesan cosas. Cosas cotidianas, nada grave, ningún secreto: cómo llevas el pelo, cuántas veces te despistas y te equivocas de calle, cuándo cruzas en rojo… A cambio, les cuento historias de cuando éramos niños. Aquí sí se me escapa algún secreto. Y a los pájaros, sobre todo al petirrojo más joven de los tres, se les cae la baba con nuestras aventuras. ¿Te imaginas a un pájaro con la babilla colgando? Es para verlo, te lo aseguro. A veces me gustaría preguntarles si conservas el trocito de papel que te di, ¿recuerdas? Pero no lo hago, porque no los quiero meter en problemas, porque al fin y al cabo sería intolerable que un petirrojo, o incluso el tucán, o aún más la majestuosa águila que tanto me costó amaestrar tuvieran que hacer de detectives con algo tan pequeño, tan borroso, tan diluido. Así que me olvidó de los pájaros, y trabajo con los monos. Cuatros chimpancés, dos bonobos y un lémur. En realidad no sé si son monos, o simios, o primates, nunca lo he sabido y alguien arrancó esa página de mi Wikipedia. Yo los llamo monos y ellos me chillan, y nos entendemos. ¡No todo el mundo puede decir lo mismo! Así que trabajo con ellos. Los tengo día y noche escondidos en la habitación del fondo, a salvo de miradas indiscretas, porque sé que si alguien los descubre tendría que dar demasiadas explicaciones. Están frente a la máquina de escribir, quemando teclas, y la inmensa mayoría de las centenares de hojas que me dejan pulcramente cada noche encima de mi escritorio son una maraña de frases sin sentido. Claro, qué les vas a pedir, son monos… O simios, o primates. No tienen conocimiento ni para distinguir vocales de consonantes, y de intentar leer algunas de esas hojas he acabado con luxaciones en la laringe (suponiendo que se puedan tener, pues entiendo tanto de luxaciones como de monos, pero juraría que la sensación era netamente de luxación en varios casos). El caso es que sé que alguna vez, de la incontenible e incansable furia con que teclean día noche, saldrá una frase, quizá sean dos, o tres… Frases que soy incapaz de encontrar en mi cabeza, pero que los monos (sí, definitivamente lo son) acabarán desenterrando. Yo las escribiré en un papel, y éste en un sobre que el petirrojo entregará en mano. Y cuando me leas, cuando leas mi papel, sabrás qué hacer con el tuyo…
Esta noche a la Luna le faltaba un trozo, y es probable que sea mi culpa, porque le pegué un mordisco mientras te soñaba caminando por las calles de este laberinto, un mordisco destinado a ti, un mordisco que te debo desde siempre, y que quizá algún día, por el bien de la Luna, te acabe dando… Hoy he descongelado un beso tuyo, no he podido aguantar más, y por un momento he sido el más feliz del mundo, por mucho que eche de menos lo jugosos, lo sabrosos, lo húmedos y picantes que eran los besos en directo, y mientras lo sacaba de la funda he visto con horror y vértigo que ya sólo me queda un último cachito de ti en el congelador, que solamente tengo otra ración, que ni siquiera el gélido frío que quedó tras nosotros ha podido conservarnos para siempre… ¿Qué queda por decir cuándo se ha dicho casi todo? Mañana, dicen, lucirá el sol, pero yo me iré en busca de hielo. Tengo algunas ideas sobre cómo utilizarlo…
No me da vergüenza salir así a la calle, disfrazado de nosotros. Esta noche todo el mundo tiene derecho a quitarse la careta, así que lo hago y me lanzo a buscarte. Sé que estás en la ciudad, en algún rincón, con el mismo disfraz pero de otro color, e intuyo que tú también me buscas, así que jugaremos a ese juego, entre la lluvia de confeti y la música. Quizá, en el fondo, deseando no encontrarnos…
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Los piratas – M
No es tan raro que te sientes en ese banco del aeropuerto, siempre en ése, pues desde él lo controlas todo. No es tan raro que te sientas como en casa cuando en él te acomodas, y que cada vez más a menudo dejes tu mente volar. No es tan raro que allí te pasara lo que te paso aquel día… Aunque casi has borrado de tu mente a la persona que fuiste, alojando nuevas formas de hacer, a veces aquella persona pasa como un destello: en una palabra (siempre mágica…), en una risa, en un gesto. O, claro, en una mirada. Ella conoce el camino de regreso, pero tú pasas pacientemente la planta del pie por la arena que cubre sus márgenes, desdibujándolo… Y, sin embargo, aquel día, en aquel banco, saliste a volar. Descuidaste el camino. Y ella lo vio. El de regreso. Y cuando volviste y la viste con los ojos humedecidos por una sonrisa te enfadaste. Gritaste. Y borraste, de nuevo, el camino de regreso… Lo harás siempre, pues así son las cosas en el mundo que nos ha tocado vivir.
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Ismael Serrano – El camino de regreso

Llevo ya rato despierto, y no es por la luz que se filtra por la ventana, no… llevo ya rato despierto, pellizcándome mentalmente, porque no me lo creo. Pero sí, la luz se filtra por la ventana y es la luz de la cuidad de la luz. Luz mortecina, de mañana de otoño. Tú sí duermes, quién sabe con qué sueñas. Quizá sólo estés mirando por la ventana, que es un sueño en sí mismo, con sus adoquines, sus charcos, sus rótulos tan trabajados, sus cúpulas… ¿Qué hacemos aquí? Me gusta pensar en nuestra huida, en haber venido a encontrarnos y no a perdernos. Me gusta pensar que la ciudad nos abraza, cubriendo las carencias de sus gentes nos abraza. Nos llueve, nos contamina, nos hiere a veces los oídos, nos retrasa y nos asusta, nos cuida sin que nos demos cuenta, nos alecciona, nos relaciona, nos corrige, nos desespera, nos hace llorar y reír, gritar y suspirar. Nos enamora. En la ciudad, que no es nuestra ni lo será. En la ciudad del pintor que cada día, desde su atalaya de barrio, nos dibuja. En alguna ciudad…