A los pájaros que vigilan tu camino los tengo bien enseñados, y me confiesan cosas. Cosas cotidianas, nada grave, ningún secreto: cómo llevas el pelo, cuántas veces te despistas y te equivocas de calle, cuándo cruzas en rojo… A cambio, les cuento historias de cuando éramos niños. Aquí sí se me escapa algún secreto. Y a los pájaros, sobre todo al petirrojo más joven de los tres, se les cae la baba con nuestras aventuras. ¿Te imaginas a un pájaro con la babilla colgando? Es para verlo, te lo aseguro. A veces me gustaría preguntarles si conservas el trocito de papel que te di, ¿recuerdas? Pero no lo hago, porque no los quiero meter en problemas, porque al fin y al cabo sería intolerable que un petirrojo, o incluso el tucán, o aún más la majestuosa águila que tanto me costó amaestrar tuvieran que hacer de detectives con algo tan pequeño, tan borroso, tan diluido. Así que me olvidó de los pájaros, y trabajo con los monos. Cuatros chimpancés, dos bonobos y un lémur. En realidad no sé si son monos, o simios, o primates, nunca lo he sabido y alguien arrancó esa página de mi Wikipedia. Yo los llamo monos y ellos me chillan, y nos entendemos. ¡No todo el mundo puede decir lo mismo! Así que trabajo con ellos. Los tengo día y noche escondidos en la habitación del fondo, a salvo de miradas indiscretas, porque sé que si alguien los descubre tendría que dar demasiadas explicaciones. Están frente a la máquina de escribir, quemando teclas, y la inmensa mayoría de las centenares de hojas que me dejan pulcramente cada noche encima de mi escritorio son una maraña de frases sin sentido. Claro, qué les vas a pedir, son monos… O simios, o primates. No tienen conocimiento ni para distinguir vocales de consonantes, y de intentar leer algunas de esas hojas he acabado con luxaciones en la laringe (suponiendo que se puedan tener, pues entiendo tanto de luxaciones como de monos, pero juraría que la sensación era netamente de luxación en varios casos). El caso es que sé que alguna vez, de la incontenible e incansable furia con que teclean día noche, saldrá una frase, quizá sean dos, o tres… Frases que soy incapaz de encontrar en mi cabeza, pero que los monos (sí, definitivamente lo son) acabarán desenterrando. Yo las escribiré en un papel, y éste en un sobre que el petirrojo entregará en mano. Y cuando me leas, cuando leas mi papel, sabrás qué hacer con el tuyo…