Veo

Y te vi. En sueños, claro. O no, espera… no, mejor retrocedo: te vi despierto. Tras la barrera primero, luego teñida de azul, de azul magia, y morí, ya lo dije, de una foto al corazón. El pelo reposando en los hombros, los ojos disparando decibelios y la boca a punto de impartir una lección de sonrisas. Pero vamos a los sueños, a los primeros que he tenido con ojitos sanos, los primeros sin dioptrías deformantes. Estabas tú, morena. Tanto tiempo después de la última vez que te vi moverte, vez que, claro, no recuerdo. Estabas y estábamos, porque yo te llevaba de la mano a algún rincón de mi memoria. No recuerdo mucho cómo te soñé, apenas guardo la imagen de tu coleta… Pero sí sé que maldije lo más preciado que tenemos todos, que es despertarnos cada mañana. Lo maldije porque rompió el único espacio que compartimos, el de los sueños. La vida nos separa. En la vida eres azul, en los sueños… blanco y negro.

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Jorge Drexler y Paulinho Moska – Dos colores

Once segundos

…sin entender muy bien lo que dices (tic) pero atento a los ruidos que te envuelven porque (tac) en ellos está la clave de mi próximo paso, irreflexivo (tic), consistente en levantar la cabeza del papel y (tac) hacer como que no soy yo, como que no (tic) te espero, como que la casualidad nos ha juntado (tac), y bostezo de oírme, y me (tic) tiraría de los pelos si no tuviera (tac) las manos ocupadas en quitarme (tic) pájaros de la cabeza, (tac) malditos pájaros de la cabeza (tic)…

En el polvo

Sales de trabajar y te veo desde la otra orilla. La nariz te brilla a kilómetros, así que eres un blanco fácil entre la marea gris. Acaba de llover y te empeñas en respirar ese olor que dices que tiene Barcelona cuando las nubes han dejado de funcionar, cuando el sol las estropea a ritmo de arco iris. No quieres llegar a casa, lo sé, ni yo tampoco, porque sé que dedicaría la tarde a vagar por el pasillo y suspirar, dejando que mis dedos cobrasen vida para escribir tu nombre aprovechando el polvo de la mesa, del armario, del espejo donde aún no te has visto. Así que nos vamos al mar, a que nos meza desde la orilla con su incansable indecisión, ahora vengo, ahora me retiro, ahora vuelvo… Y lloramos por lo que nos separa. Y reímos después, porque al fin y al cabo somos tan iguales…

Vell calaix

Cuando escriba así, seré mayor…

Has passat a la dimensió de la possibilitat… i m’han començat a tremolar les cames. Podríem anar desant les llengües i els melics perquè aquest joc antic de llums i d’ombres, d’esquizofrènia compartida, embut de pors, no ens portarà enlloc i comença a agradar-me. Per què no gires i te’n tornes, com qui no sent i no sap, com els bons minyons escarnits després de ser renyats (espatlles caigudes, braços penjant i cap acotat), cap al vell calaix on et guardava?

Jacqueline dixit…

Niño siete

Anoche tuve un sueño. Paseando por la calle me cruzaba con un niño. Se llamaba de alguna manera que, extrañamente, no soy capaz de recordar. En realidad no estoy seguro al cien por cien de que fuera un niño, quizá fuera una niña. El caso que es estaba quieto, mirando, un poco a la derecha y un poco a la izquierda. No pude reprimir la necesidad de preguntarle cosas, y a medida que esas preguntas se colocaban en los huecos de mi cabeza, mi memoria intentaba rescatar las respuestas de algún lugar lejano, como si yo mismo pudiera recordarlas. Empecé queriendo saber por qué estaba solo; después seguí: dónde vivía, quiénes eran sus padres, dónde había nacido… No recuerdo si me respondía o no, sólo sé que a través de sus ojos me transmitía una sensación de sometimiento a la tristeza que espantaba. De cerca, su cara me resultaba familiar… Resultó ser que tenía siete años, recién cumplidos, y estaba buscando su fiesta de cumpleaños. Yo, no sé cómo, supe en el acto que el niño, o la niña, no iba a tener esa fiesta… Y entonces, sin mediar palabra, ambos empezamos a caminar en direcciones opuestas. Mis pies me llevaron a una playa de arena blanca y olas espumosas, absolutamente vacía. Me senté en un roca y pensé en el niño, o la niña, durante horas. Me había parecido un niño sano, listo como el hambre, lleno de paz y con esa inocente sabiduría que destilan algunos mocosos cuando apenas levantas dos palmos del suelo. Y sin embargo, un niño del que, en definitiva, nadie se quiso hacer cargo, dejado de lado en las calles de una gran ciudad, condenado a cumplir años sine díe, como el resto de los humanos, pero sin derecho a celebrarlos, como si de un amor imposible se tratase…