12 de Diciembre
2006
Ahora ya hace frío, y cuesta esperarte. Normalmente siempre lo hago de pie, hasta no hace mucho a la intemperie y desde unos días atrás cobijado, modestamente, bajo la marquesina. Nunca te acabo de pillar la hora, maldita sea… Y mira que estaría bien que nos pusiéramos de acuerdo, porque así todo sería más fácil, pero cuesta. Tú no tienes un tránsito muy regular y creo que a mí se me pegan las sábanas muy a menudo…
Dentro, lo primero que hago, religiosamente, es pasarte la tarjeta. Luego me siento y espero a que empieces a toser y en seguida a rodar. Tengo suerte: empiezas y acabas a pocos metros de casa y eso me asegura un sitio el 95% de los días. Prontito por la mañana se agradece, créeme… Con el culo puesto, llega la hora de decidir, si música o si libro. Tengo tristemente olvidado al periódico. Lo subsanaré, palabrita. Seguro que me queda mejor un periódico…
Nunca has sido un moderno. Sigues en la gama media y eso guarda un poco de encanto, una cierta sensación de inmovilidad. Como cuando, día a día, entran por la puerta las mismas personas, que van a los mismos lugares. Como tú… La cosa suele empezar con ese hombre, que tiene preferencia clara por el rincón de atrás, ventanilla, por favor, si es posible, y que lleva siempre un libro de la mano. Bajito, coleta, mediana edad… Silencioso menos cuando algún día le ameniza el trayecto esa chica, quizá de la misma quinta, quizá un poco más joven, que viste tan peculiar y lo mira todo desde unos ojos enormes. Sólo con ella le pone los cuernos a su libro, y sólo lo cierra cuando nos acercamos a Madrid y le toca (supongo) entrar a trabajar…
En esa zona trasera mandan los niños. Seis, siete, ocho años. Y sus padres. Treintañeros otoñales o cuarentones novatos en constante pelea con esos moquillos, esos desayunos que no entran, esas voces, berridos, lloros… Suyos, de padres, madres, hijos e hijas, son los tronos, los asientos cuádruples que permiten (ligeramente) el juego, esa música que amansa a las fieras. Está la madre con su niña, ambas graciosísimas, como dibujadas por un lápiz de manga antiguo, que congenian con aquella otra madre que siempre lleva la sonrisa en la boca pese a que el niño no para un segundo. Es diferente cuando toca el turno de guardia a los maridos, pulcramente sentados al lado de sus hijos, pero a la vez tan incómodos en el rol social que, durante quince o veinte minutos, han de asumir. Digamos que se encuentran en un gran ascensor. La excepción es ese padre, que suele llegar más bien apurado de tiempo, lengua fuera, y que acostumbra a convertirse en digno jefe de los boy-scouts. En muchos de esos casos dejo la mente volar: el veo-veo nunca estuvo hecho para discromatópsicos…
Al poco suben los teenagers, sentados juntos pero separados por la barrera digital autoimpuesta, al son de sus mp3 buscan la calle por la ventana, quizá finjan ese aire distraído, los dos o tres chicos quizá muriéndose por una mirada (un mundo), las dos o tres chicas acicaladas seguramente con esa fragancia que huele a dejarse querer. O al revés… A veces garabateando deberes de último segundo, a veces leyendo libros que un profesor hará que odien a base de una hoja en blanco y preguntas cronometradas, a veces de pie, las más sentados…
Y avanzas, y te llenas la tripa de currantes, de oficinistas, de estudiantes con piercing bajo el labio, de rubias de las que jamás dirías que leen tratados de informática en inglés, de jóvenes con barba de dos días, desaliñadamente pulidos y con no demasiado mal gusto para la lectura, maletín en mano, de algún que otro jubilado, y luego te vacías, poco a poco, y llegas a donde yo dejo de verte y entonces sí, entonces veo que empieza mi día…

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