Contaba José Saramago que su abuelo, ante la cercanía de la muerte, salió al huerto a abrazarse con los árboles. A despedirse de ellos. Dicen que el propio Saramago, acorralado por la leucemia, despertó algo más lúcido el viernes, el día de su muerte, quizá en un intento de decirle adiós a los suyos. De despedirse de Pilar.
Saramago es el eterno anciano, el Nobel que publicó su primer libro con 25 años, pero el segundo con 44. El que empezó a fabricar sus joyas rozando la edad de la jubilación, canto a la esperanza para los embriones de escritor. El que ha sido capaz como pocos de asomarse al hombre y a la mujer, a la condición humana. El que siempre ha puesto sus cartas sobre la mesa, el autoexiliado. El único autor que me ha hecho sentir que estaba hablando con él mientras lo leía, el azote de los guiones y los puntos y aparte. El artesano de los personajes, tantas veces carentes de nombre como llenos de recovecos, quizá demasiado semidioses, quizá demasiado grises. El escritor que disfrutaba contando, que divagabundeaba maravillosamente por las esquinas de sus historias, que perdía el hilo a la perfección.
Se fue Saramago y la Iglesia ladra, luego sigue cabalgando el mayor portugués del siglo. Se va Saramago y nos deja un poco más ciegos, un poco más lejos de la sencillez que debería ser la vida.
Se va, se fue Saramago. Adiós, Don José…


