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El tabaco dejó un trono vacío: molestar en el metro ya no es lo mismo desde que no se puede fumetear en cogote ajeno. Varias modas han intentado tomar el relevo del cigarro, pero normalmente flaqueaban y no eran capaces de asumir la responsabilidad. Hasta que llegaron ellos…
No es extraño ver en las películas (ochenteras) americanas la típica pandilla de bad boys con un radiocasette enorme al hombro. Ese mamotreto desprendía cierto aire de autoridad, y contagiaba tanto a quien lo cargaba como a los que estaban cerca. De la misma manera actúan hoy algunos en el metro, sólo que ellos van equipados con un mínimo aparatejo cuya principal función es mantener conversaciones a distancia, no escuchar música. La estética del radiocasette, vista hoy, está un poco desfasada; la del móvil a todo trapo es lamentable desde el minuto uno, y sin embargo no es nada extraño verlo cada dos por tres. Y claro, lo grave no es que haya un móvil escupiendo música, no… lo grave es que en el 99% de los casos esa música es mala. Mala de cojones. Básicamente reggaeton, aunque no siempre. Y también en el 99% de los casos, el mismo tipo de personaje: joven, en grupo y con esa cara de estar de vuelta de todo. ¿No conocen la existencia de los auriculares? ¿O es que disfrutan molestando a los demás? ¿Tanto placer proporciona exhibir tu analfabetismo en público?
En próximos capítulos de La vida en el metro: Te mataría por pegarte a mí para poder colarte y Nonono, ¿cómo me va a importar que leas mi periódico descaradamente?.

Sol. Sol, y Barcelona se llena de chanclas. La ciudad se da la vuelta y se pone a mirar al mar. Las Ramblas, tercer río, se desborda por momentos con su caudal sobrealimentado de turistas. Es el momento Bicing (léase tal cual, por favor, nada de baising…), el momento de pedalear haciéndole cosquillas en las baldosas, el momento de escucharla hablar decenas de idiomas. No importa dónde ni cuándo estés, si hay sol en Barcelona siempre oirás una risa, siempre verás un beso, siempre podrás aparecer en el segundo plano de esa fotografía.
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Los delinqüentes – La primavera trompetera
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Últimamente tengo claros cuáles son los países que quiero visitar. La lista no es muy larga, pero sí bastante ambiciosa: Japón, Nueva Zelanda, Islandia y Canadá. Las cuatro puntas del mundo, como quien dice… Estados Unidos estaba en un segundo plano, pero las circunstancias me han llevado allí este verano. No ha sido un viaje planeado con mucha antelación, como sí lo será el próximo (¿Islandia 2009?), pero la verdad es que nos hemos desenvuelto bastante bien. Sobre todo teniendo en cuenta que, a 48 horas de tomar el avión, no teníamos alojamiento en la Gran Manzana…

Pero como somos gente de recursos (oi, Marc?), lo solucionamos. A nuestra manera, pero lo solucionamos… Bueno, el caso es que con Marc pillamos la maleta y nos marcamos un atracón de vuelos: Barcelona-París-Boston, dos días en la capital de los Celtics, Boston-Nueva York, siete días en pleno Manhattan, Nueva York-Boston para cascarnos una mariscada histórica, y finalmente Boston-Amsterdam-Barcelona.
Boston es bonita, muy estética y cuidada. Una ciudad bastante europea, con sus casas antiguas (todo lo antiguas que pueden ser las cosas en USA), sus parquecitos, su pasión por el mar… Merece la pena dedicarle un par de días. Los campus de Harvard y del MIT son visita obligada, y supongo que aún más en septiembre-octubre, cuando el curso ya ha empezado. También la zona más cercana al puerto, con el Faneuil Hall y el Quincy Market, el parque Boston Common, o la siempre presente Little Italy, mucho más bonita que la de Nueva York. Casi obligatorio es pasarse por algún restaurante de los muchos que ofrecen seafood, es decir, marisco, y cascarse una señora langosta o, como en mi caso, un delicioso pastel de cangrejo. Tremendo…
Pero bueno, el plato fuerte del viaje no era ni la langosta ni Boston, sino Nueva York. Una ciudad a la que hay que ir, sin duda. ¿Qué tiene que la hace tan especial? Pues me pasa un poco como con Barcelona: que no lo tengo claro. Sé, por ejemplo, lo que me encanta de París: sus calles (desde los carteles hasta el diseño de los edificios, pasando por los adoquines), el olor que tiene por la mañana y la gente (sí, me gustan los franceses, qué le vamos a hacer…); con Nueva York no lo tengo claro. Quizá es la sensación de llevar dos días en la ciudad y sentirse casi-casi uno más, gracias a la gente, que es absolutamente educada y bastante acogedora, a la brillante disposición de las calles (yo tenía mis reticencias con eso de 42st St., 6th Av., etc, pero en menos de una semana ya sabes ubicarte perfectamente en una ciudad ocho veces mayor que Barcelona), a la tremenda multiculturalidad…
O quizá sea Central Park…

3,4 km2, con un lado largo de 4 km, 25 millones de visitantes al año, campos de beisbol, museos, estanques, enormes explanadas de cuidadísimo césped, castillos, Strawberry Fields…

Sorprende ver tanta naturaleza junta en medio del corazón del capitalismo, es realmente alucinante pensar cómo algo tan grande y jugoso permanece ajeno a la especulación inmobiliaria. Y se agradece, claro. Porque la sensación de meterse en mitad del parque y poder no oír ni ver coches y rascacielos es genial…

Más cositas, en breve:
- Chinatown, y en especial Canal St., es espectacular de día. Supongo que es lo más parecido a un bazar turco que hay en los Estados Unidos…
- La noche neoyorquina mola; más que por las discotecas (que a mí, limitado musicalmente, no me convencieron, aunque merece la pena conocer el percal), por el ambiente de pubs, de música en directo, de actuaciones…
- …y es que de actuaciones saben un rato: en el metro, en un parque, en la calle, en el cumpleaños de una amiga, en cualquier sitio te puede saltar un americano con ganas de showtime, haciendo malabares, volteretas, ventrilocuismo, y siempre con una labia y un sentido del humor impresionantes… ¡puro showtime!
- Tiendas, tiendas, tiendas… especial mención a los centros Apple, al Toys’r'us de Times Square y a la NBA Store
- ¿Empire State Building o Top of the Rock? Top of the Rock, claramente; verás Central Park como nunca…
- Ah, y se puede comer relativamente bien, sobre todo si te gustan las pizzas…
Escribir sobre Nueva York agota casi tanto como visitarla. Es una ciudad con montones de cosas sucediendo a la vez. Hay que ir a verla. Al menos una vez.
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El otro día hablaba de mi relación con el Bicing, el servicio público del ayuntamiento de Barcelona que pretende introducir la bicicleta como medio de transporte habitual. En la maravillosa Wikipedia hay un completo artículo en catalán (que podéis traducir aquí si lo necesitáis) sobre el Bicing, no sólo con una buena descripción del servicio, sino además con una cronología del mismo, una enumeración de los problemas que presentaba y aún presenta y una sección de estadísticas muy curiosas de leer.
Barcelona, claro, no es la única ciudad con un servicio similar. El invento surgió en Dinamarca (el frío estimula las neuronas, tiene que ser eso…) a finales de los 80 y principios de los 90. No debió de ser fácil empezar, o al menos eso se desprende del programa piloto llevado a cabo en Cambridge, Reino Unido: las 300 bicicletas (todas) fueron robadas el primer día.
A través de la propia Wikipedia se puede acceder a información de otros sistemas en muchas ciudades del mundo, parece ser que principalmente europeas, todos prácticamente iguales pero con matices. La entrada más completa pertenece a la Wikipedia francesa. Os dejo con unas fotitos, que está bien eso de comparar qué bici mola más…





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Tengo la teoría de que hay momentos en que Varcelona cobra vida y me quiere morder el culo, como hacen los perros en los dibujos animados. Por suerte tengo un carnet de bicing y puedo sortear mandíbulas a cierta velocidad (confieso que hoy, con los auriculares puestos, valiente rebeldía…), pero no está de más dejar de tentar a la suerte. De manera que me cojo los bártulos y me voy de vacaciones unos días, con lo que este blog quedará temporalmente huérfano.
Para que no se diga: os dejo la lavadora encendida (es la primera por la derecha), quizá a alguien le apetezca mirarla. También, of course, una canción…
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Imagen :: stevec77
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Es curioso que cuando vuelvo a escribir aquí después de un tiempo (o dos…) me suelen salir título en inglés. Qué absurdo… Bueno, para los despistados, este mesecito de vacaciones blogueras se ha invertido en rellenar con tags todos los posts, unificar URLs, agrupar imágenes en una misma carpeta, añadir algún que otro estilo a mi maltrecho CSS, perpetrar una limpieza étnica en las categorías…
Aparte de eso, he respirado, he escrito mucho en otras partes, me he prometido (sin anillo) con un proyecto a muy largo plazo (espero que sea a menos de lo que yo creo que será, toma claridad), me he perjurado no volver a hacer lo que me había jurado no dejar de hacer (o viceversa…), he pedaleado por las calles de dos ciudades (qué culpa tengo yo si la gente sólo ve una…), he pensado, pensado, vuelto a pensar… Y suspirado. Y decidido que este blog tendrá pocas vacaciones, porque se lo merece.
Y no he dejado de ser ligeramente críptico, qué quieres que te diga…
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No es un sitio frío, no es caliente, no es pequeño, no es grande, el idioma te hace sentir extraño pero a la vez puedes comunicarte, suena a moderna pero huele a antigua…

Schiphol. Bonito nombre, con las dos ‘h’ repartiendo juego… Es un aeropuerto feo, pero funcional, que al fin y al cabo es lo que cuenta. Es la primera vez que estoy en un país cuyo idioma no conozco, pero sé (y compruebo) que no será un problema. Todo el mundo habla un correctísimo inglés, desde el personal del mismo aeropuerto hasta el colectivo homeless en pleno. Algo que me hace pensar en cómo es posible que en España, segunda potencia mundial en eso de recibir turistas extranjeros, el conductor de un autobús que hace el recorrido entre el centro de Barcelona y el aeropuerto no sepa ni decir las horas en inglés…

Damrak. La primera calle que piso es una avenida turística en la que localizo el primer McDonald’s de la tarde. ¡Bien, Nuggets a dos euros! Luego me siguen llegando estímulos a montones: a) el mar está en todas partes, lo que supongo que a su vez provoca que no haya mucho metro y sí tranvía, aunque no acabo de entender si éste es un medio de transporte o un método para controlar la inmigración; me explico: uno, barcelonés de adopción, está acostumbrado a torear en las calles con pocos peligros, siendo los más gordos i) los trileros y ii) las cagadas de perro, y por fortuna a ambos colectivos, con años de práctica, se les acaba identificando e incluso evitando (aunque a veces las cagadas de perro te atrapan cual arenas movedizas…), de manera que un ataque súbito de tranvía puede resultar mortal de necesidad para el recién llegado; b) la gente es muy guapa, y no estoy hablando sólo de las chicas; además, cuando van en pareja, los neerlandeses y neerlandesas (que así deben llamarse) son una especie de dioses nórdicos bajados del cielo, y para colmo los puñeteros y las puñeteras van siempre muy bien vestidos; el toque multirracial, una curiosa mezcla arabeasiática, abre las puertas a quienes que no quieran un armario de 1,90 en casa, o piensen que los ojos excesivamente claros son síntoma inequívoco de enfermedad crónica y contagiosa; y de paso, una buena noticia para mí, ya que esa mezcla étnica ha bajado (supongo) la media de altura nacional, con lo que no me sentí un enano entre tachenkos; eso y mi sentido arácnido me han hecho volver sano y salvo a casa evitando morir aplastado por un neerlandés ebrio o arrollado por un tranvía… Al final de Damrak se llega a Dam, una plaza que no está exactamente en Amsterdam, sino que aparece súbitamente cuando estás en Amsterdam: te la puedes encontrar en cualquier momento, siempre está allí. Muy curiosos sus bancos, con tableros de ajedrez dibujados encima. Las fichas las pones tú…

Bicicletas. Bicicletas de una persona, bicicletas de dos personas, bicicletas de seis personas (lo juro), bicicletas sin persona (éstas estaban aparcadas), bicicletas-taxi, bicicletas de alquiler, bicicletas de paseo, más bicicletas de paseo, bicicletas con señor, bicicletas con señora, bicicletas y más bicicletas… a veces uno tiene la sensación de estar en la peli ‘Pájaros’. Nunca había visto tantísima bicicleta junta… Así, no es de extrañar que una tienda, no recuerdo en qué calle, tuviera en su puerta un rótulo con la frase ‘No bikes here!‘, un aviso que en España sería surrealista. Me recordó a aquel momento en que Guido le dice a Giosuè que pondrán en su librería un cartel impidiendo la entrada a arañas y visigodos…

Agua. Si una cosa hay en Amsterdam en mayor cantidad que bicicletas, es agua. Agua por todas partes y puentes por doquier. El conjunto es muy agradable y, qué narices, no me digas que no es mejor ir a buscar a tu novia en barco que en coche… Creo que es principalmente el agua lo que le da un toque especial a la ciudad. Y los edificios. Amsterdam tiene unos edificios preciosos de principio a fin. Me encantan…

Rincones. ¿Alguien estaba esperando que dijera algo del Barrio Rojo? Vale, pues llega el momento. Antes tengo que explicar que no planeé en absoluto este viaje; con esto quiero decir que no sabía nada de Amsterdam hasta que lo vi con mis propios ojos. Y una vez allí, lo único que hice fue comprar un mapa. Y, armado con él, echar a andar. Por suerte, rápidamente se distingue lo que es visitable de lo que no, esto es, las zonas residenciales del casco antiguo. Como en toda buena ciudad que se precie (y que tenga mar, claro), la vidilla está cerca del puerto. En ese sentido, Zeedijk (1) y alrededores son el punto neurálgico del viejo Amsterdam, de la ciudad pesquera de ayer, y también del Amsterdam liberal (prostitución y consumo de marihuana) de hoy. Repito: yo no sabía donde estaba el Barrio Rojo. Así que paseando, me metí de repente en una calle. Tiene guasa porque en teoría buscaba una iglesia y la calle tenía nombre de santa (C/ de Santa Ana – Sintannenstraat), cuando de buenas a primeras veo una casa normal, con una puerta normal, con una ventana grande (hasta el suelo) pero normal… y una señorita en tanga y sujetador dentro. ¿Mi primera reacción?: “Joder, ¿qué hace esta tía medio en pelotas en casa?” ¿Mi segunda reacción?: “Hostia, qué tonto eres…” Y eso, el resto de la calle, un verdadero escaparate de carne. Francamente, mejor así que en una esquina… Más insigne que las señoritas de Amsterdam es Anna Frank. Sinceramente, no sabía que su famoso diario había sido escrito en esa ciudad, perdonen la incultura. Así que pasee un buen rato por delante de ese pedazo de historia (2). En los puntos (3) y (4) están quizá los rincones que más me gustaron de Amsterdam. El primero es un patio de vecinos, formado por unas 30 ó 40 casitas, en pleno centro comercial. De hecho, está a tiro de piedra de la calle Kalverstraat, la más cara del Monopoly neerlandés y llena de tiendas-globalización de principio a fin. Pues bien, esta comunidad forma parte de lo que antiguamente fue una congregación de beguinas (no tenía ni idea de lo que era eso hasta que lo vi allí…), y realmente es como un remanso de paz en medio del jaleo, además de conservarse en un muy buen estado. Un rincón precioso. El punto (4) no tiene tanta historia: es, sencillamente, un banco. El sol de marzo, las magníficas vistas al Binnen Amstel y un poco de música hicieron el resto… Y para pasear, nada como la zona (5) conocida como 9 Straatjes, una ensalada de puentes, canales, gente, tranvías, tiendas… Amsterdam en estado puro.

Cuantas más ciudades conozco, menos entiendo Barcelona…
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Cuando Leonor deja de cantarte ‘Semilla negra’ al oído (por obra y gracia de la codificación MP3), puede pasar que te veas asaltado por una ensalada de silbatos. Eso ha pasado hoy en las Ramblas a eso de las ocho menos algo. Los de los pitos (y las pancartas) eran casi un centenar de vecinos de Barcelona que se quejaban. Ruidosamente, pero de manera muy tranquila a la vez, y mientras tanto repartían unos folletos que paso a copiar íntegramente:
Nuestro alcalde nos impone 3 equipamientos conflictivos (narcosala, prisión para jóvenes en régimen abierto y un albergue para toxicómanos) en un radio de 700 metros en nuestros barrios, donde 20.000 jóvenes de todas las edades estudian, olvidando su compromiso electoral de participación ciudadana. Nuestros barrios son residenciales, alejados de las zonas turísticas de Barcelona. El propósito de la administración es desplazar a los consumidores de drogas para ocultarlos de la gente y el ambiente agradable del centro de la ciudad, creando un ghetto en nuestras casas, donde los niños y los ancianos se esfuerzan para poder vivir en paz. Apártese de las rutas multitudinarias para los turistas y visítenos, en nuestros barrios podrá encontrar: la escultura “Els mistos”, obra de Claes Oldenburg y Coosje Van Bruggen, la iglesia románica de Sant Genís (año 931), la mejor muestra de urbanismo Bauhaus en el barrio de Montbau, el jardín neoclásico (S XVII) del Parc del Laberint y si le apetece comer (sin los precios del centro de la ciudad) auténticas ‘tapas’ podrá encontrar gran cantidad de bares y restaurantes. Metro L3 (verde) estaciones Vall d’Hebrón y Montbau.
El texto está en cinco idiomas (castellano, inglés, francés, italiano y alemán), pero curiosamente no incluye versión en catalán. De todas maneras, me ha llamado la atención otra cosa: el ‘anzuelo turista’. ¿Qué le importa a un turista una narcosala, una prisión y un albergue? Nada. Quizá ni vuelva a Barcelona. Pero no nos engañemos: los lugareños tampoco hacemos nada. Que un vecino de Vall d’Hebron / Montbau me dé el folleto a mí o a una familia de Southampton es casi lo mismo… De modo que, puestos a entregar papeles, vamos a ser prácticos, debieron pensar. En primer lugar, y dado el cabreo con el Ayuntamiento, vamos a dar ‘mala imagen’. Eso sí duele, y más cuando se propaga por Las Ramblas. En segundo lugar, vamos a ver si cazamos unos cuantos ingleses ávidos de birra y bravas, que un empujoncito al comercio local nunca va mal.
En resumen, que esta gente no ha inventado la pólvora, pero me ha parecido una manera genial de protestar… [+ info sobre la protesta]
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Ha llegado a nuestras barcelonesas calles la zona verde, o área verde, como la llama el Ayuntamiento. El matiz es importante, ya que la RAE apenas diferencia entre las definiciones de ‘zona‘ y ‘área‘, pero si buscas ‘zona verde‘ sale una cosa bien distinta…
La cosa es que el resultado, al menos en mi calle, es bastante desalentador. O al menos dispar. Durante la mañana y el mediodía, perfecto, porque he contado hasta 15 plazas libres cuando generalmente no había ninguna; pero a partir de las 20.00, cuando ya no hay que pagar, la calle está de nuevo llena.
El problema será el mismo para los que apenas usamos el coche: no habrá sitio a las horas en que más gente quiere aparcar. Y además saturaremos un transporte público ya bastante maltrecho y del que no he oído que quieran ampliar. Con todo, lo peor ha sido que mientras pintaban de verde las calles a algún despistado se le ha colado el bote de Titanlux azul y han aparecido muchos chaflanes teñidos de ese color. ¿Área azul, zona azul? Cosas que pasan…
RePostAndo: ¿Alguna vez habéis pensado dónde pondrían los urbanos las multas si decidiéramos arrancarnos los limpiaparabrisas? Meditemos…
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